I043003a
Fecha: 20010131
Título: La Carta a los Hebreos tiene dos propositos
Original en audio: [23 min. 39 seg.]
Amados Hermanos:
Estamos promediando la cuarta semana ya del tiempo ordinario. Durante estas cuatro semanas, en la primera lectura de los días que litúrgicamente se llaman ferias, es decir, los días que usualmente llamamos "de entre semana", hemos venido escuchando la Carta a los Hebreos, ese ha sido el texto que nos ha venido acompañando.
La Carta a los Hebreos no es un documento de fácil lectura, pero tampoco es impenetrable. Se llama así porque los destinatarios de esta Carta son algunos convertidos al cristianismo, que seguramente, muy probablemente eran levitas, pertenecían a la tribu de Leví, allá en el pueblo de Israel.
Eran levitas en su origen, y por consiguiente, tenían un encargo, un oficio sacerdotal; su vida era el Templo de Jerusalén, la Alianza de Moisés.
Los antiguos sacrificios, habiéndose convertido al cristianismo, ahora quedaban, por decirlo así, como en el aire, porque ya no podían seguir ofreciendo ese culto que había quedado superado por el sacrificio de Cristo, y por eso sentían como una nostalgia, como una pesadez de corazón que los estaba volviendo lentos en la fe, lentos en la respuesta al Señor.
La Carta a los Hebreos tiene por eso dos propósitos, y es bueno saberlo antes de que terminemos la lectura que se hace durante estas cuatro semanas porque, repito, hasta esta cuarta semana estaremos escuchando la Carta a los Hebreos.
Esta Carta tiene dos propósitos: primero, mostrar la superioridad del sacrificio de Cristo, del culto de Cristo. Por encima de todo lo que se había dicho en el Antiguo Testamento, el sacrificio de Cristo es superior, es más grande, es más santo, y sobre todo, es eficaz y definitivo.
Es el sacrificio que logra lo que no habían logrado los antiguos sacrificios según la Ley de Moisés, y es el sacrificio último, definitivo; después de él ya no hay nada más.
¿Cómo se demuestra esto? Se demuestra a lo largo de toda esta Carta, que seguramente nos resulta un poco más familiar en este momento, porque la venimos escuchando y leyendo durante estos días.
El segundo propósito de la Carta a los Hebreos es: después de mostrarle a estos destinatarios, a estos exsacerdotes hebreos, demostrarles que todo eso tenía que quedar atrás, es tratar de consolidarlos en una vida nueva, en una vida según la fe, una vida vigorosa, una vida generosa, y por eso habíamos escuchado hace unos pocos días esos textos magníficos, donde se recuerda a los campeones de la fe.
Usted recuerda seguramente ese capítulo once de la Carta a los Hebreos, que tal vez es es de los que sentimos más cercano a nosotros, donde nos habla de todo lo que tuvo que pasar Abraham.
Y va recordando, y todos los que sufrieron por Dios, y todos los que en fe caminaron por Dios, y todos los que fueron perseguidos, y fueron peregrinos, y fueron empobrecidos, y fueron marginados, pero permanecieron estables porque estaban fundados en la fe que sólo Dios puede dar.
Esos son los dos propósitos de la Carta a los Hebreos: hablar de la eficacia y del carácter definitivo del sacrificio de Cristo, y afianzar, consolidar, robustecer: "No se me vayan a dejar ganar por el desánimo, no vayan a dejar que la depresión, que el desgano, que la negligencia, que la pesadez de alma les vaya a ganar".
En este sentido, la Carta a los Hebreos es un gran documento, porque aunque nosotros no somos seguramente judíos según la carne y la sangre, aunque nosotros no somos levitas, como los destinatarios de esta Carta, nosotros sí que pasamos por esas crisis.
Nosotros experimentamos, lo mismo que estos destinatarios de la Carta, que hay momentos en que se nos acaban las fuerzas, se nos acaban las razones para luchar, se nos acaba la batería, se nos acaban las pilas, y en ese decaimiento y en es tristeza y en esa pesadez de alma, tomar la Carta a los Hebreos nos sirve para levantar el corazón, así como se dice en el prefacio de la Misa: "Levantemos el corazón".
La Carta a los Hebreos es para eso: para levantar el corazón. Que hay momentos de crisis, que hay momentos que nos sentimos como estos ex-sacerdotes, nos sentimos que hemos perdido mucho por Cristo y que es muy poco lo que hemos ganado con Cristo.
Claro, eso es una blasfemia decirlo, pero hay veces en que uno realmente se siente así: "Todos los amigos que yo tenía, todas las diversiones que yo tenía, todas las cosas que yo hacía y ahora, en cambio, nadie me llama, nadie se acuerda de mí". Como decía una muchacha en su sencillez: "Nadie me quiere, todos me "odean"".
Hay un momento en el que es difícil, y uno necesita robustecerse, necesita coraje, y eso es lo que hace la Carta a los Hebreos. La Carta a los Hebreos nos da coraje, nos da gasolina de dos maneras, que es lo mismo que se hace para poner a marchar a una persona, o para poner a marchar a un carro.
Usted ve que hay dos maneras de poner a marchar a un carro cuando el motor no le sirve: uno es agarrarlo por medio de una cuerda o cadena y jalarlo, tirar de él e irlo llevando remolcado; la otra manera es: conseguir una pila de gente que vaya empujando atrás del carro; o jalar o empujar.
Cuando el motor no sirve, hay que conseguir una cabuya, soga, cuerda y jalar; o hay que conseguir unos voluntarios que empujen.
Así hacemos también con nosotros: hay veces que Dios nos mira y dice: "A este señor se le acabó el motor", a esta señorita se le acabó el motor. Eempezó bien, iba bien pero se le acabó el motor, se le acabó el impulso; ese motor está como trabado y entonces toca empujarlo, o toca jalarlo, las dos cosas".
Vamos a ver cómo se las arregla Dios para hacernos esa operaciones, claro, lo mejor del cuento sería que uno tuviera tan buen motor, y tanta salud en su motor que nunca tuvieran que hacerle eso, pero como a todos nos pasa que se nos acaban las pilas, entonces Dios, que ya sabe eso, aplica esos dos remedios: a veces jala y a veces empuja.
¿Cómo se las arregla Dios para jalar? ¿Qué es jalar? Jalar es poner algo delante de nosotros que nos atrae, que intenta movernos.
Dios nos jala a través de los buenos testimonios, Dios nos jala mostrándonos las delicias de su amistad, la sabiduría de su Palabra, la belleza de la santidad; Dios nos jala mostrándonos el premio a la perseverancia, dejándonos gustar un poquito de lo que va a suceder, un poquito de lo que tiene reservado para nosotros.
Dios nos jala dejando en nuestra boca caer unas goticas de la dulzura del cielo; con esas goticas uno dice: "Umm, esto está muy bueno, ¿cómo será lo que sigue?" Y uno toma un poquito de impulso y se anima y entonces camina un poco.
Eso es la obra de Dios que en ese momento nos está jalando, nos está moviendo, poniendo algo por delante de nosotros para que nosotros digamos: "Quiero ir hacia allá", como tratando de despertar nuestra voluntad para que nos movamos hacia allá. Dios nos regala un poquito de su dulzura y así nos movemos.
Así pasa, por ejemplo, cuando Dios regala de sus consolaciones. Muchos de nosotros somos tardos, desordenados para la oración, pero de pronto un día: "Bueno, voy a hacer un poco de oración", y uno siente como que lo hubiera visitado el Espíritu Santo, y siente que le salen palabras, y siente que Dios enciende la hoguera del amor.
Se siente tan feliz de orar, y uno dice: "Oiga, tan bella que es la oración y yo tan poquito tiempo que le estoy dedicando; yo debía darle más tiempo a la oración".
¿Qué hizo Dios conmigo? Me jaló. A través de una cuerda que se llama el gusto, la consolación, Dios me jaló y dijo: "Mire, hombre, dedique más tiempo a lo bueno". Esto lo utiliza Dios con todas las personas en todas las etapas de la vida espiritual.
Así por ejemplo sucede que una persona está perdida en un vicio, como puede ser el vicio del alcohol, pero un día le salieron tan mal las cosas que no pudo emborracharse.
Como no pudo emborracharse, le tocó llegar temprano a la casa, como llegó temprano a la casa y no trasnochó ni se emborrachó, se despertó temprano, y entonces se resolvió a ir con sus hijos al parque y pasó una mañana deliciosa con los hijos, y de pronto se hace esta reflexión: "¡Cuántas mañanas he perdido yo con mis hijos! ¡Qué bello es esto! ¿Qué bonito ser familia! ¡Yo debería cambiar mi vida!"
Ahí Dios le lanzó como el que enlaza a una pieza de ganado, atrae y tira a ver si se anima, y la persona va viendo.
La predicación también es un modo que utiliza Dios para esto. Por ejemplo, uno cree que todo lo de la religión es aburrido, de pronto asiste a una predicación y uno dice: "Esa palabra me toca, me sirve, qué buena esa palabra, esa palabra me sirve.
Ah, entonces la religión no es puro aburrimiento, entonces hay algo que Dios tiene para decirme a mí, ¡qué maravilla! ¡voy a ver qué es eso!" Ahí Dios me ha jalado. Así podríamos seguir dando muchos testimonios e infinitos ejemplos.
Pero otras veces Dios también tiene que empujarme. Ustedes ven que cuando un carro se queda sin batería, lo que se hace normalmente no es jalarlo, sino empujarlo.
¿Dios cómo nos empuja? ¿Qué es empujar? Empujar es que Dios se pone a la espalda, en el pasado de uno, y le dice: "¡Eche para allá! ¡No se deuelva!" Dios nos empuja cuando nos muestra lo malo que es el mal.
Esos son los dos mecanismos que usa Dios: Dios nos jala, mostrando lo bueno que es el bien; y Dios nos empuja, mostrándonos lo malo que es el mal.
Por ejemplo, ese señor que pasó el fin de semana con la familia, al otro fin de semana le pagaron la quincena, le salieron amigos de todas partes, se metió la borrachera del siglo, gastó todo su dinero.
Cuando llegó a su casa, la esposa y los hijos salían para la Misa, y él, aunque estaba "término medio", vio a sus hijos y sintió vergüenza de que sus hijos lo vieran convertido en un andrajo humano.
Aunque estaba perdido en medio del licor, se dio cuenta de lo que estaba haciendo, y que eran los mismos hijos que hacía ocho días les había dado un rato de felicidad, y que ahora les estaba dando el peor de los ejemplos.
Este hombre se sintió terriblemente mal, terriblemente avergonzado, se siente lleno de remordimiento, se siente castigado, su conciencia le castiga, su conciencia le hace ver que por ahí no es, que ese no es el camino. A través de ese castigo de la conciencia, ¿qué le está diciendo Dios?: "¡No se devuelva, hombre, no eche para atrás, lo suyo es para adelante, no se devuelva!"
Cuando Dios hace que nos vaya mal cada vez que hacemos algo malo, Dios nos está amando, porque está haciendo que nosotros no nos devolvamos la mal. Si usted lo piensa, seguramente descubrirá que tiene muchos ejemplos que respaldan esto que estoy diciendo; algunos de esos ejemplos son patéticos, son impresionantes.
Me contaba, por ejemplo, una señora: "Teníamos un grupo de amigos, todos éramos más o menos amigos entre nosotros, pero sobre todo éramos amigos de un poquito de animación, un poquito de droga, un poquito de licor, un poquito de rumba. Y se volvió costumbre entre nosotros que cada vez que alguien estaba deprimido, "el acto de caridad" era conseguirle algo de droga.
En una de esas depresiones, uno de los amigos de nuestro grupo, se suicidó. Ante el ataúd, ante el cadáver del amigo, que ya se mató y que ya terminó su historia así, tuvimos que reflexionar: ¡Qué es esto! Es algo espantoso, es un sentimiento terrible, es como un latigazo en el alma, pero ese castigo, ese latigazo, obliga a reflexionar, obliga cambiar".
Eso es lo que nos ha dicho la lectura que hemos escuchado hoy en la Carta a los Hebreos: "Aceptad la corrección, porque Dios os trata como a hijos" Carta a los Hebreos 12,5-6.
Ningún castigo nos gusta cuando lo recibimos, sino que nos duele, pero después de pasar por él, nos da como fruto una vida honrada y en paz; cuando Dios nos deja ver las consecuencias del pecado, las consecuencias de la maldad; cuando Dios muestra que el mal realmente es malo y que eso destruye y despedaza; cuando nos damos cuenta de que no es un juego.
Otro grupito de amigos jovencitos se creían que eran los chicos malos del barrio, y empezó la competencia entre ellos a ver quién hacía más maldades, empezaron con el vandalismo dañando teléfonos públicos, rompiendo vitrinas y cosas parecidas.
Uno de ellos, para parecer el más malo del grupo y ganar autoridad, entró en un grupo satánico, en el grupo, para que demostrara que sí era realmente malo, le dijeron que tenía que cortarse un dedo, entonces él se mutiló un dedo.
Cuando él llegó donde los amigos con el dedo mutilado, otro de los que estaba ahí, que habló conmigo, abrió los ojos por fin, y dijo: "¿Pero qué es esta estupidez en la que estamos? ¿Qué clase de cretinos somos? ¿Esto es ser qué? ¿Esto es ser líder? ¿Hay que hacer esto para demostrarle qué a quién?" Ante ese dedo, ante ese muñón mutilado, este hombre entendió: "Por ahí no es, tengo que tomar otro camino".
Dios utiliza los dos métodos: nos muestra bienes para ver si nos atrae con los bienes, y nos muestra el mal y las consecuencias del mal, a ver si así nos empuja. Cuando nos quedamos sin motor, que no debería suceder, pero sucede, Dios nos empuja mostrándonos las consecuencias del mal.
¿A dónde van a terminar tus amigos? Esta es un pregunta que la mayor parte de los jóvenes detesta hacer.
En este día en que por providencia de Dios coincide la lectura con la celebración de San Juan Bosco, tenemos que hacernos esa pregunta por amor a los jóvenes: ¿te has preguntado en qué van a terminar tus amigos? ¿Hacia dónde están caminando? Tu amiguita, la promiscua esa, la que anda metida con todo el mundo, ¿qué está esperando que le suceda? Tu amiguito, el de la droga, el del crack, el del éxtasis, ¿ése qué está esperando que le suceda? ¿En qué va a acabar?
Cuando Dios nos abre los ojos, vemos en qué va a acabar la gente, entendemos que tenemos una responsabilidad, en primer lugar, con nosotros mismos ante Dios; pero también una responsabilidad con nuestros amigos.
Lo doloroso del caso, y eso es lo que nos ha mostrado la Carta a a los Hebreos, es que uno muchas veces tiene que experimentar casi en carne propia, -porque muchas veces lo que pasa en la familia y en los amigos es como si le pasara a uno-.
Muchas veces uno tiene que experimentar casi en carne propia eso, tiene que vivirlo, tiene que darse cuenta de que sí pasa, y esto duele. Ningún castigo nos gusta mientras lo recibimos; muchas veces tenemos que pasar por humillaciones, por quiebras, por ruinas, por enfermedades.
Entendamos, por favor, que Dios no es que quiera esas cosas como un desquite, sino que muchas veces son la única oportunidad que le damos a Él para entenderle lo que nos ha tratado de decir toda la vida.
Obremos, mis hermanos, como verdaderos hijos de Dios; obremos en su presencia; que no tengan que sucedernos desgracias, ni a nosotros ni a nuestros amigos, y enseñemos a los demás a que obren en obediencia de amor a Dios, y que no tengan que sucederles desgracias.
Cada rato, en los grupos de oración, escuchamos testimonios: llega un hombre repleto de soberbia que creía que podía resolverlo todo y que nunca necesitaba de Dios: "Un hijo mío tuvo un accidente, lo tuvimos dos semanas entre la vida y la muerte, ahí aprendí lo que significa rezar".
¿Por qué siempre tiene que ser así? ¿Por qué tenemos que esperar a que sucedan esas cosas? ¿Por qué no entenderle el primer lenguaje, el lenguaje con el que Dios nos quiere atraer? ¿Por qué no recibirle ese lenguaje y decirle: "Señor, quiero dejarme llevar por ti"?
Este es el lenguaje del amor como aparece, por ejemplo, en el Cantar de los Cantares: "Yo quiero dejarme llevar por el aroma de tu traje, por tu perfume; yo quiero dejarme llevar por tu estilo, por tu loción, por tu aroma, por ti; quiero que tú me lleves, quiero que tú me atraigas; no quiero que me tengas que dar de palos como si fuera una bestia; quiero dejarme llevar por ti".
Pero el corazón humano, aunque diga estas palabras sensatas, es rebelde; tu corazón y el mío son dos corazones seguramente rebeldes, y por eso no basta con que nosotros nos propongamos: "Voy a seguirle a Dios, voy a seguirle el consejo del estilo a Dios"; hay que pedir el Espíritu Santo y decirle: "Espíritu de Dios, hazme dócil, que me guste el bien, que el bien tenga poder en mí".
Y con respecto a todo lo malo que me ha sucedido, aunque parezca locura: "¡Gracias, Señor! ¡Gracias! Por todos los bienes que no me han llegado y por los males que sí me han llegado, ¡gracias, Señor, gracias! Quiero recibir todo el bien que está en eso, y quiero aprender yo y enseñar a los demás que la obediencia del amor es el único camino posible contigo.
Amén.