I042002a
Fecha: 20030204
Título: Milagros y cambio de vida
Original en audio: [19 min. 37 seg.]
Hermanos:
Nos encontramos en este evangelio que es una doble sanación, o una sanación dentro de otra, o una sanación dentro de una resurrección.
Aquella mujer, por el tipo de enfermedad que tenía, no quería que la cosa se supiera. Humanamente es perfectamente explicable. Tenía que resultar especialmente duro para ella, por tantos años de padecimiento, por tanto dinero que había perdido y por lo vergonzoso de su propio mal.
Además, la Ley de Moisés decía que cuando una mujer tuviera su periodo tenía que aislarse, tenía que retirarse de la comunidad. Ahí en el libro del Levítico estaba prescrito que todo lo que tuviera que ver con ese periodo de la mujer tenía suceder así como aparte, tenía que retirarse la persona.
De modo que si ella estaba padeciendo esta hemorragia continua, pues estaba condenada según la Ley a un aislamiento continuo.
Este aspecto es muy interesante: ella se sentía no sólo avergonzada como mujer por el tipo de mal que padecía, sino que conocía, seguramente, la Ley, y sabía que según la Ley, una mujer que tuviera aunque fuera solamente su periodo normal, tenía que abstenerse de tocar, tenía que abstenerse de tratar a otras personas, mucho menos tocar a un hombre.
De manera que la solución que ella encontró fue la de obrar de un modo discreto, como a escondidas. Sin embargo Jesús es dueño del poder con el que sana. Jesús no es un curandero, Jesús no es una fuente de fuerzas mágicas. Para Jesús es tan importante y más importante el encuentro que el mismo milagro.
Y esto es lo primero que tenemos que subrayar hoy. Desde luego que el Señor seguramente reconocía o presentía el tipo de dolencia que podía tener esta mujer y la vergüenza que ella podía sentir. Y sin embargo, de alguna manera desnuda ese mal, ¿para que? Para que suceda el encuentro, para que la sanación no sea como algo mágico que pasó. Jesús no solamente quiere arreglarle el problema, quiere cambiarle la vida.
Llevamos dos afirmaciones: primera, para Jesús más importante que el milagro es el encuentro; y segunda, más que quitarle el problema, quería cambiarle la vida.
Eso explica la manera cómo obra el Señor. Por eso quiere que no sea solamente un encuentro de tacto y de ropa; por eso quiere que ella oiga la voz de Él; por eso quiere darle el corazón a través de los ojos; por eso quiere marcar un momento de transformación de la vida.
Vayamos más al fondo: tenemos esta afirmación: "Jesús no sólo quería quitarle el problema, quería cambiarle la vida". ¿Cuál es la gran diferencia ahí entre esas dos posibilidades? Cuando a mí me quitan un problema, yo después hago con mi vida lo que yo quiera. Ese es el problema cuando la gente se centra sólo en la sanación.
Hace poco, a nuestro convento de Bogotá fue un señor angustiadísimo, angustiadísimo; iba con la esposa, le habían dicho que yo podía ayudarle a sacarle un mal espíritu que la esposa tenía. Y la esposa, efectivamente, presentaba una sintomatología por lo menos extraña de perturbaciones, de un sueño muy irregular y de unas señales que le aparecían en la piel.
A mí me han servido mucho los consejos que en este sentido da el Padre Gabriel Amorth, que entiendo que todavía es exorcista en ejercicio en la diócesis de Roma, es decir, tiene permiso del Papa para hacer exorcismo. Debe ser un hombre sumamente conocedor de estos temas y un hombre de gran virtud.
El padre Gabriel Amort dice que hay que cuidar mucho la liberación para que vaya junto con la conversión. Porque la gente quiere la liberación, pero no quiere conversión; quiere que le quiten el problema, pero no quiere cambiar la vida.
Y eso fue lo que sucedió con esta pareja. No sé. Yo apenas los vi entrar les pregunté: "¿Ustedes qué son? Yo, pues, me hacía un poquito el tonto y les decía: "-¿Ustedes qué son? ¿Ustedes son hermanos, son amigos, son qué?, ¿nada?", "-somos esposos", "-¿se han casados por la Iglesia?", "-no, Padre. Ella está afligida, está atormentada por un demonio, esperamos que usted la libere".
"-¿Están casados por la Iglesia?" "-No". "-¿Se han confesado?" Él, hace dieciocho años, ella, hace dieciséis que no se confiesa. Además, tampoco se podrían confesar, porque están viviendo en unión libre.
Entonces yo me le quedo mirando a este señor y le digo : "Si Dios libera a tu esposa de eso que tú crees que es un demonio, porque además falta ver si es un demonio, pero bueno, supongamos que sí de veras hubiera un demonio perturbándola, "si Dios libera a tu esposa de ese mal hoy, ¿qué pasa con ustedes?" "Pues, que seguimos la vida normal, seguimos tranquilos".
¿Ves? Cuando uno quiere que le quiten el problema es porque uno quiere seguir siendo el piloto de la propia nave, uno quiere seguir siendo el piloto de la propia vida.
Jesús nos obliga a un encuentro con Él, porque quiere mejorarle el piloto a la nave de tu vida. Si Él se limita solamente a un milagro, solamente a una sanación, lo más probable es que la misma salud que Él te da tú la utilices para ofenderlo a Él.
Por eso la importancia de estas dos enseñanzas que hemos dicho, primera: Cristo no quería solamente curarla, sino quería un encuentro; más que el milagro, quería el encuentro.
Y segunda: no sólo quería quitarle el problema, sino quería cambiarle la vida, por eso le dice: "Vete en paz y con salud" San Marcos 5,34. Ella no estaba pidiendo esa paz, solamente estaba pidiendo la salud.
Pero Jasús le dió un añadido, un tremendo añadido: la paz, que Santo Tomás de Aquino dice: Ees el resumen de todos los bienes, porque la paz sólo existe como tranquilidad en el orden".
Conviene que nosotros nos preguntemos qué le pedimos a Dios: ¿que nos quite problemas?, ¿o que nos cambie la vida? Y conviene preguntarnos, porque muchos aquí somos evangelizadores: ¿cómo tratamos nosotros a las personas? Porque es muy posible que nosotros vendamos la idea de un Dios que quita problemas y nos dé pena presentar a un Dios que cambia la vida.
Esa fue la sanación, pero la sanación está metida dentro de otro milagro que de pronto es más grande. El jefe de la sinagoga le pide a Jesús, yo creo que es de las súplicas más entrañables que puede haber, cuando un papá pide por su hijo.
Yo me acuerdo de una vez, un viaje que hice en avión, creo que esto la haya compartido en otra ocasión. A unos dos puestos de mí, iba un señor que llevaba cargado un bebé. Nunca supe si era niño o niña. Ese hombre no miraba el paisaje, no miraba la ventanilla, no tomaba un vaso de agua. Sólo quería que ese avión fuera un cohete que volara rápido, que se fuera ya, que aterrizara ya.
Y la razón era que apenas tocó tierra el avión y él se pudo bajar, estaba una ambulancia esperándolo. Indudablemente la ambulancia era para ese niño o esa niña. Este hombre viajaba, me parece que era de Manizales, viajaba a Bogotá. Tenían que hacerle un tratamiento de urgencia a su bebé.
Me quedó tan grabada en el alma la expresión de ese hombre, que no pensaba en nada, no le importaba nada, únicamente su niño, abrazado.
Dios ha querido que el amor de papá, que el amor de mamá, sea tal vez el amor más intenso que se pueda sentir en esta tierra. Y es un amor de esa naturaleza el que se acerca a Jesús para decirle las palabras que hemos oído; le dice: "mira, mi niña está en las últimas; pon las manos sobre ella para que se cure y viva" San Marcos 5,23.
¡Qué petición tan humilde y tan profundamente necesitada! La respuesta del Señor es inmediata. Jesús se fue con él, ¡ojo!, acompañado de mucha gente. Porque si hay una cosa interesante en este pasaje es cómo Jesús empieza acompañado de mucha gente. pero Él sabe que el milagro sólo puede suceder acompañado de poca gente. Y vamos a ver que ahí hay una enseñanza para nosotros.
Nos suceda el episodio de la mujer que ya hemos comentado, mientras termina la curación de la mujer, la noticia de la casa: "Ya no molestes al Maestro" San Marcos 5,35; "se ha muerto tu hija" San Marcos 5,35. Dos noticias brutales.
¡La diplomacia de esta gente! "Tu hija se ha muerto" San Marcos 5,35; "ya no molestes más" San Marcos 5,35, brutales, brutales. Pero es la brutalidad, en últimas, la brutalidad de la muerte.
El hombre queda en silencio, Jesús responde por él. Esa parte me parece tan tierna del corazón de Cristo. Fíjense el hombre no dice nada. Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y dijo al jefe de la sinagoga, no le dejó pensar, no le dejó hablar: "mira, no temas; basta que tengas fe" San Marcos 5,36. Jesús habló por él, Jesús salió a defenderlo.
Esto me parece maravilloso y me parece muy propio de Jesús: salió a defenderlo cuando ya a él se le había muerto la esperanza, cuando ya a él se le había muerto su ilusión, cuando ya no tenía nada.
Eso me parece bellísimo, porque uno tiene muchos momentos así, en que ya a uno se le mueren las fuerzas, en que ya no hay nada. Y es emocionante pensar que en ese momento, Jesús toma la voz de él, toma la causa de ese papá que ya no podía decir nada más, toma la causa de él y le dice: "no temas; basta con que tengas fe" San Marcos 5,36.
Yo creo que esto debe reanimar nuestro amor a Jesucristo y reanimar nuestra fe. El Señor puede tomar mi causa.
Les voy a contar cuál es el tipo de oración más angustiosa que yo he hecho y que sigo haciendo, porque me toca más de una vez. Es muy sencillo y se la recomiendo. Bueno, yo creo que se puede recomendar: "Ahí te entrego ese muerto". ¿Saben cuándo rezo yo así? Cuando veo situaciones absolutamente perdidas.
Y eso fue lo que hizo este papá. Él sufrió, pero ya no habló más. Él se dejó llevar de la mano de Jesús. Y Jesús quita a esa multitud y se queda con unos poquitos: el papá, la mamá y tres de los Apóstoles; quita la multitud y se queda con unos poquitos. El hombre se deja llevar por Jesús.
"¡Ahí te entrego a ese muerto!". Yo les recomiendo en situaciones donde ustedes ven todo perdido, todo perdido, ustedes le pueden decir al Señor eso: "¡te entrego a ese muerto!.
Ese muerto puede ser, por ejemplo, un matrimonio que parece perdido. Ahora mismo yo conozco más de uno, pero hay sobre todo un matrimonio que ante los ojos de los hombres ya todo mundo me ha dicho: "Ahí no hay nada que hacer".
Pero es un matrimonio que fue celebrado ante Jesús, ante Jesús. Es que lo grave del matrimonio es eso, que es ante Jesús, es que estamos tomando por testigo a Dios; con Dios no se juega.
El matrimonio fue celebrado ante Jesús, es el sacramento del Matrimonio. Y todo el mundo me ha dicho: "Ahí no hay nada que hacer". Yo reconozco que el hombre cometió muchos errores, yo reconozco que la mujer cometió muchos errores, Pero ¿saben cómo llevo semanas rezando? "Ahí te entrego ese muerto".
Cada vez que me acuerdo de esa pareja a la que quiero muchísimo, le digo a Dios: "ahí te entrego a ese muerto". Yo quisiera poder decirles: "y Dios lo escuchó, todo se arregló". No se lo puedo decir; todavía no tengo esa buena noticia. Pero me parece increíble la manera como Dios está obrando, está deteniendo las fuerzas del mal, porque hay demasiada gente interesada en destruir esa pareja.
Y es lo que yo veo. Yo cierro los ojos y veo a Jesús poniendo escudos y defendiendo a esa pareja, defendiendo a eso que parece muerto. Eso es lo que Jesús hace aquí, Jesús toma ese caso muerto y le defiende de la multitud.
¿Qué dice la multitud? ¡Ojo a la voz de la multitud! "No hay nada que hacer, nada qué hacer". ¡Ojo a la multitud! "Ya la niña se murió, lloremos, la niña se murió"; "no hay nada qué hacer", dice la la multitud.
Por eso Jesús quita a la multitud: "váyanse, quítense, aléjense"; "Ahí te entrego a ese muerto". Jesús llega donde la niña y le habla. Esto también es muy lindo, ¿ah? La despierta con la voz. Esto es muy bello por muchas razones, ¿por qué? Porque es la voz de Jesús la que nos despierta del pecado.
Es muy lindo, porque es la voz de Jesús la que nos va a despertar en el último día. Aquí se lo dijo sólo a esta niña ¿no? Talitha kumi. "A ti te lo digo: ¡levántate!" San Marcos 5,41. Pero en el último día nos lo va a decir a cada uno de nosotros.
¿Cómo será aquello? Fray Luis de Granada tuvo unas predicaciones muy lindas. A él le gustaba meditar mucho en el juicio final, y él decía: ¿cómo será ese último día? Cuando Jesús empiece a despertar a los muertos para comparecer en el juicio", ¿no?
Y empieza Jesús a despertar a cada uno y entonces dice: "Esperanza, ¡levántate!, a ti te lo digo: ¡levántate!"; "Estela, ¡levántate!"; "Tito, ¡levántate!, contigo hablo". La voz de Jesús que levanta. Fíjense que en el libro del Génesis es la voz de Dios la que crea todas las cosas. Aquí es la voz de Jesús la que recrea, la que restaura todas las cosas.
Y la niña se despierta, la niña se levanta y todos quedan admirados. ¡Qué alegría la de ese papá: Puse mi causa en quien podía defenderme y sacarla adelante!".
Pongamos nuestras causas en Jesús. Pidámosle a Jesús que defienda nuestras causas, que defienda nuestros intereses, que se compadezca siempre de nosotros. Y si hay algunos cuantos muertos en nuestra vida, que la voz de Jesús los pueda despertar.
Amén.