I036002a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20110129

Título: Si permanecemos unidos a Jesucristo, aunque vengan tiempos dificiles, la victoria es segura

Original en audio: [4 min. 22 seg.]


La palabra que sin duda une las lecturas de este sábado de la tercera semana del tiempo Ordinario es la palabra fe, una palabra muy corta en nuestra lengua castellana, pero muy larga en el camino que nos hace recorrer, un camino que precisamente se hace llevadero y se hace posible a través de la "fe".

Por lo menos esto es lo que nos enseña la primera lectura de hoy, tomada del capítulo once de la Carta a los Hebreos. La fe como aquello que nos pone en camino, la fe como aquello que nos sostiene en el camino, la fe como aquello que nos defiende en el camino, la fe como aquello que nos alimenta en el camino.

Todo esto depende precisamente de ver la vida humana como un camino, una comparación que por lo de más es bien común. La vida humana es un camino y ese camino, si quiere tener una dirección, necesita esa lámpara, la lámpara de la fe.

La fe crece de muchos modos, pero sobre todo crece con los testimonios, por eso en los grupos de oración y en los retiros y en las convivencias hace tanto bien cuando una persona se pone en pie y nos cuenta lo que Jesús ha hecho en su vida, cuando alguien nos dice lo que la Palabra de Dios ha traído a su existencia, cuando alguien nos cuenta, por ejemplo, cómo le fue cuando visitó un santuario, digamos el santuario de la Virgen de Chiquinquirá, cuando alguien comparte lo que experimentó cuando hizo una buena confesión.

Ya San Pablo había dicho en el capítulo décimo de la Carta a a los Romanos que la fe viene de escuchar, la fe viene de oír, necesitamos el testimonio.

Y eso es lo que nos da el capítulo once de la Carta a a los Hebreos: nos da numerosos testimonios de personas que vivieron la fe con todas sus implicaciones, personas que hicieron de la fe esa lámpara, esa protección, esa defensa, ese alimento del que hablábamos hace un instante.

Entre ellos, sin duda, destaca el primero entre los creyentes, al que llamamos "nuestro padre en la fe", es decir, Abraham.

Son tantas las cosas que admirar en la fe de Abraham, sobre todo porque su propia vida carecía como de dirección, carecía de sentido; era un hombre, hasta cierto punto, exitoso, el estándar de riqueza de aquella época estaba sobre todo en los rebaños, en el ganado, en las posesiones y en este sentido Abraham tenía buenas cosas que contar.

Pero todo eso finalmente no llena su vida, y él siente que como no tiene un heredero, pues todas esas riquezas van a quedar en manos simplemente de sus siervos, ¿y cuál es el significado de todo eso? ¿Cuál es el sentido de todo ese esfuerzo?

Dios le hace una promesa, a este hombre tan mayor, Dios le hace una promesa, y Abraham cree en esa promesa y se apoya en Dios y sale adelante.

Ese es el tipo de fe que también nos reclama Jesucristo en el evangelio de hoy cuando calma la tormenta, por algo regaña a sus discípulos llamándolos "hombres de poca fe" San Marcos 4,41.

Y en ese regaño hay una invitación a que nosotros sepamos que, si estamos con Cristo, nada nos puede suceder; aunque llegue lo peor de la tormenta, aunque llegue lo más agudo de la crisis, aunque silbe el viento y brame el mar, nada podrá dañarme.

Si estoy con Jesucristo, si permanezco aferrado a Él, si Él se ha subido a mi barca, aunque parezca estar dormido, aunque parezca que se ha olvidado de mí, si yo estoy con Él y Él está conmigo, la victoria es segura, la victoria es plena.

Con esa convicción, sigamos nuestro propio peregrinar, porque la meta a la que se nos llama es alta y grande y santa y bella.