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Fecha: 20000102
Título: La Fiesta de la Epifania
Original en audio: 5 min. 55 seg.
Hermanos:
Esta es una fiesta muy bella porque esta llena de luz: la luz de una estrella que conduce a estos sabios de Oriente hacia el regazo de María, hacia el cuerpo de ese pequeño Bebé, el Rey de Israel.
La luz que entrevió el profeta Isaías y que le hizo exclamar esas expresiones bellísimas, repletas de poesía y hermosura que hemos escuchado en la Primera Lectura: "Levántate, sonríe, Jerusalen, que ya llega tu luz, y brilla en ti la gloria del Señor" Isaías 60,1.
Estas palabras de consuelo y de sanación para los judíos que estaban deportados y que se sentían decaídos, para esos que no creían que Dios pudiera restaurar el reino de David, esas palabras se cumplieron plenamente cuando Jesús, que es el Sol que nace de lo alto, Jesús, el que dijo: "Yo soy la luz del mundo" San Juan 8,12, nació en Belén, en la ciudad de David, y brilló en Jerusalén como Rey, sobre todo desde el trono de la Cruz.
Pero en este día de luz hay también tiniebla, el mismo profesta Isaías lo dice: "Aunque cubran la tierra las tinieblas, y la noche envuelva a las naciones" Isaías 60,2. La Palabra de Dios es profundamente realista, la Biblia no es un cuento de hadas, no es un mundo imaginario en el que no existen problemas.
Más bien lo que nos presenta la liturgia de este día es una tierra envuelta en tinieblas, pero una tierra que tiene las señales suficientes para llegar donde Jesús, porque Jesús mismo es la Señal suficiente que nos lleva hacia Dios Padre, hacia la plenitud de salvación, hacia la plenitud también de nuestra realización como personas.
Esa es la vida humana, en la perspectiva del cristianismo; no es un jardín sin problemas, tampoco es un desierto, un cementerio árido donde todo se ha perdido; es una noche, sí, porque hay dolor, porque hay traición, porque hay pecado, y ¿quién de nosotros podría negarlo?
Es una noche, pero una noche donde hay señal: estrellas, luces, que si nos dejamos guiar, nos conducen hasta la luz mayor que es Jesucristo y en esa luz, la señal definitiva del plan de Dios en nuestra vida.
De aquí podemos sacar una enseñanza maravillosa para nuestro tiempo: esta fiesta de la Epifanía del Señor es una gran celebración de esperanza para nosotros los cristianos; la esperanza no se construye con una noche cerrada y negra, la esperanza no se necesita en un paraíso de delicias; el mundo no es ni un paraíso de delicias ni una noche cerrada y negra.
El mundo es esto que nos ha dicho la Escritura: la tierra cubierta de tinieblas, las naciones envueltas por la noche, pero el Señor irradiando su luz y su gloria desde Jerusalén.
Tener esperanza no es negar el mal, pero tener esperanza sí es derrotar el mal, porque aquel que le otorga al mal la última palabra, ha entregado su capacidad de bien. Hoy más que nunca, nosotros los cristianos tenemos en la luz de Jesucristo la fuerza para la esperanza.
No estoy hablando de ilusiones, de fantasías, estoy hablando de esas señales que hay que saber descubrir en la noche pero que nos llevan hacia hacia Jesús, y que nos convierten también a nosotros en luz. El mismo Cristo dijo: "Vosotros sois la luz del mundo, y no se puede esconder una ciudad construída sobre un monte" San Mateo 5,14.
Hermanos míos, acojamos la luz abundante de Jesús, escondamos todo nuestro ser ante el Sol de Jesucristo, que ese Sol pueda tranformar, embellecer, broncear toda nuestra vida.
No le ocultes nada a Cristo, que tus negocios sean alumbrados por Él, tus proyectos llenos de su luz, tus afectos, amistades y diversiones llenos de la claridad de Jesús; toda tu vida transparencia ante Él, llena de su resplandor, para la gloria del Padre y para que tu conduzcas a otros también hacia ese esplendor y hacia esa vida. Amén.