Epif006a
Fecha: 19990103
Título: “Epifania es la manifestacion del Senor”
Original en audio: 10 min. 34 seg.
La palabra que le da nombre a esta fiesta de nuestra Iglesia, viene de la lengua griega. La epifanía del Señor. Epifanía es la manifestación del Señor. El misterio del nacimiento de Jesucristo estuvo como oculto. La Epifanía es la manifestación de eso que estaba oculto.
Podemos decir, entonces, que Jesucristo durante toda su vida fue una Epifanía, porque Él fue, durante toda su vida, la revelación; el que nos reveló, el que nos mostró, ante todo, cómo es Dios Padre.
Manifestándonos al Padre, Jesús hizo que nosotros pudiéramos encontrarnos con el Padre, hizo también que el Padre pudiera abrazarnos como a hijos; o sea que celebrar la Epifanía del Señor, es celebrar un misterio que es propio de toda la vida de Cristo.
Pero en este día particular, se trata de La Epifanía de Cristo, o mejor, de la primera Epifanía de Cristo a los pueblos no judíos. Jesús nació de la raza judía, como heredero de aquel pueblo que tiene sus raíces en Abraham.
De este modo, Nuestro Señor Jesucristo es el cumplimiento de las promesas que Dios le había dicho a Abraham, y de las promesas que Dios le había otorgado a tantos dentro del pueblo de Abraham.
Pero Jesús es más que eso, Jesús cumple esas promesas, pero Jesús manifiesta también la gloria del Padre para otros pueblos, que somos nosotros. O sea que esta fiesta de la Epifanía nos recuerda como los orígenes de la manifestación de la gracia de Dios a nosotros.
Pienso que la mayoría no pertenecemos por la carne y por la sangre al pueblo Judío, pero que sí hemos recibido la misma promesa, y que sí hemos recibido el cumplimiento desbordante de esta promesa.
Por eso dice San Pablo que había como un misterio, un designio, una sorpresa de Dios; y esa sorpresa, ese misterio, ese designio es lo que aparece aquí, en el texto que hemos leído de la Carta a los Efesios.
Dice San Pablo: “Dios me dio a conocer por revelación su designio” Carta a los Efesios 3,3. “La revelación es esta: que vosotros, los gentiles, aceptando el Evangelio participáis en Cristo Jesús de la misma herencia, del mismo cuerpo, y de las mismas promesas que el pueblo de Israel” Carta a los Efesios 3,6.
Todos nosotros que por origen no estábamos cobijados por esa promesa maravillosa, por gracia, por la sobreabundante gracia de Dios, ahora podemos participar de ese designio, y podemos gozarnos en esas mismas promesas.
Y también, nosotros así hemos llegado a ser descendencia de Abraham. Cada uno de nosotros es como una de esas estrellas numerosas que Abraham vio en los cielos. Cuando Dios le iba hacer las promesas a Abraham, le dijo: “Mira, si puedes contar las estrellas, podrás contar tu descendencia” Génesis 15,5.
Y luego le dijo: “Mira, si puedes contar las arenas, podrás contar tu descendencia” Génesis 32,12. Nosotros somos numerosos como esas arenas del mar; numerosos como esas estrellas del cielo; nosotros somos del cumplimiento de esa promesa bendita que Dios le dijo a Abraham.
En nosotros, en nuestra fe, en nuestra manera de acoger a Jesucristo, se cumple aquello que Dios le dijo a Abraham, y se cumple de una manera excelente, no porque nosotros vengamos por la carne y la sangre de Abraham, sino porque Dios nos ha regalado una fe semejante, y concorde, y homogénea con la de Abraham.
Esa fe nuestra, la fe que hizo que Abraham fuera Abraham y padre del pueblo Judío, esa es la misma fe que nosotros recibimos con la efusión del Espíritu Santo.
Y esa es la fe que hace que nosotros seamos descendencia de Abraham; esta es la fiesta que nosotros estamos celebrando. ¿Y Cuáles fueron los orígenes de esta maravillosa gracia que se extendió por fuera del pueblo judío para abarcar a todas las naciones, a todo el que crea, a todo el que acepte a Jesucristo?
¿Cuál fue el comienzo? La Iglesia reconoce ese comienzo en el relato del evangelio que hemos escuchado, unos magos, unos sabios de oriente, gente que escrutaba en las ciencias, probablemente, en la astrología.
Estos sabios recibieron, en el lenguaje que ellos podían entender, un llamado de Dios a través de una extraña estrella que los fue guiando hacia Jesucristo. Luego, en la Edad Media, teólogos que se preguntaron si esa estrella había sido una verdadera estrella, o probablemente, había sido otro género de señal, dado especialmente por Dios.
Me explico: la noche de la Navidad, la noche en que nació Jesucristo, unos ángeles aparecieron en el cielo, y llamaron a los pastores que estaban durmiendo a campo raso a que fueran a adorar a Jesucristo.
Esos ángeles llaman a los pastores a la adoración, y dicen estas palabras: “Hoy os ha nacido el Mesías, el Salvador” San Lucas 2,11, estas palabras se dirigen a los pastores que pertenecían al pueblo judío.
Como diciéndoles “Él ha nacido para vosotros, el Mesías”. Esas palabras eran comprensibles para los pastorcillos, porque ellos eran judíos, y ellos participaban entonces de la esperanza del Mesías.
¿Pero sabe que es posible, es bien posible, que esa estrella que vieron los ángeles no hubiera sido un astro sideral? Es bien posible que haya sido un ángel, y es posible que ese ángel luminoso que Dios dio no le habló a estos reyes.
Porque el mensaje para ellos no podía decir Mesías, no podía referirse a Mesías, puesto que aquellos pueblos, los pueblos gentiles, los pueblos no judíos, no estaban aguardando a ningún Mesías.
Tenemos indicaciones de que sí se pudo tratar de algún ángel. El movimiento de este cuerpo sideral es completamente diferente a los que conocemos por la astronomía, y además, la presencia de esa luz, infundía alegría.
Como lo cuenta el evangelio, "al ver la estrella se pusieron muy felices" San Mateo 2,10, y esa era gente que escrutaba estrellas y que veía muchas estrellas todas las noches, tal vez, pero esa estrella infundía alegría.
Es probable que Dios haya regalado la presencia de uno de sus ángeles, que no le habló a estos hombres, no les habló a ellos, porque ellos no entendían el lenguaje del Mesías, pero si les habló, porque les comunicó ese lenguaje que todos entendemos.
Quienes hemos tenido la experiencia de ir a países con lenguas completamente extrañas, completamente distintas a las nuestras, sabemos que hay unos pocos gestos que son completamente universales.
Por ejemplo, la sonrisa, en cualquier parte del mundo, una sonrisa franca, una mirada limpia es un lenguaje que se entiende, hay un lenguaje que es universal, el lenguaje de la buena noticia, el lenguaje de la alegría.
Dios, que no podía hablarles de Mesías a estos orientales, porque ellos no conocían el Antiguo Testamento, les habló en el lenguaje que toda persona entiende, les infundió alegría, les dio una luz que les alegró.
Y con esa alegría, con esa palabra mínima, esa palabra que hasta un bebé puede entender, los condujo hasta Jesús y a la adoración de Jesucristo. Yo me pongo a pensar, ¿cuántos ángeles ha mandado Dios a nuestra vida? ¿Cuántas señales de alegría?
Amigos, ¿de cuántos modos nos ha llamado Dios, para que también nosotros vayamos a los pies de Jesús, nos postremos ante Él y le adoremos? Seguramente, Dios seguirá enviando muchísimas señales a nosotros.
Seamos como estos sabios, seamos sabios como estos sabios de oriente, sigamos esas luces, esos besos celestiales. Atención, se trata de una alegría en el cielo, no es una alegría pegada y rastrera a esta tierra y los placeres de esta tierra.
Cuando Dios te regale una alegría que avanza por los cielos, seguramente ahí hay una palabra del Señor que te conduce hacia Jesucristo, para que Él te muestre plenamente el rostro de Dios Padre.
Amén.