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Fecha: 19980510
Titulo: La Iglesia es un milagro continuado
Original en audio: 9 min. 17 seg.
Amigos:
Este es un domingo hermoso para meditar en el misterio de la Iglesia, como fruto de la Pascua de Jesucristo.
Podemos decir que todo el dolor de la Pasión, fue el dolor de la siembra, y toda la belleza de la Iglesia, es el esplendor de la cosecha; podemos decir que la Iglesia es el proyecto de Jesús. Una Iglesia que no está acabada y que por consiguiente, en su estado actual, no responde por completo a lo que Jesús quería.
No podemos absolutizar el momento presente de la Iglesia, como si esta fuera toda la voluntad o el Reino de Dios. Pero tampoco podemos negar que, en medio de sus dificultades, en medio de las sombras también, que a veces le asechan, la Iglesia es el proyecto amado de Jesucristo, es la razón de ser de sus desvelos, es el fruto precioso de la gracia del Espíritu, que Cristo nos mereció en la Cruz.
Y se puede hacer esta reflexión: la primera lectura nos ha presentado a San Pablo y a su compañero de misión, Bernabé, recorriendo ciudades del Asia menor, lo que hoy es Turquía: Listra, Derbe, Iconio, Antioquía de Pisidia. La Iglesia aparece ahí naciendo de la tierra, la Iglesia aparece ahí brotando de comunidades humanas y de seres humanos concretos.
Surge de un Pablo y de un Bernabé, surge de esos presbíteros y encargados que van quedando en cada lugar, hombres con limitaciones, con fe, con gracia del Espíritu, que van haciendo nacer a la Iglesia, podríamos decir, desde la tierra hacia al cielo. Esa es la primera lectura.
Pero la segunda lectura nos presenta el proceso complementario, el que tal vez no vemos siempre. Dice el vidente de la Apocalipsis: “Yo vi a la Jerusalén nueva, yo vi a la ciudad santa, que descendía del cielo como una novia adornada para su esposo” Apocalipsis 21,2.
Y esta es la morada de Dios con los hombres, y esta es también la nueva creación, y esta es también la Iglesia. Entonces, la Iglesia, el fruto de la Pascua de Jesucristo, brota de la tierra y desciende del cielo.
Es al mismo tiempo una tarea en la que podemos cansarnos, y un don en el que podemos gozarnos; es al mismo tiempo carne nuestra, con todas sus fragilidades, y Espíritu de Dios, con todas sus fortalezas. De la Iglesia podemos esperar terribles decepciones, como las que provoca el corazón humano, y podemos esperar fantásticas, fantásticas donaciones, como las que sólo Dios puede dar.
Nace de la tierra y nace del cielo. Como Jesús, que tiene un doble principio. Primero, antes de los siglos, nace de su Padre Celestial; luego, en el tiempo, nace de la Virgen.
De la Virgen María, como tierra fecunda, nace Jesucristo, flor y lirio de pureza, cuyo fruto precioso nos ha sido dado con la Cruz y la Pascua. De María, como de una tierra fecundada por el Espíritu, nace Jesús.
Pero el mismo Jesús dijo que había que "nacer de nuevo del agua y del Espíritu" San Juan 3,5. Ahora, ese “de nuevo” San Juan 3,5, se dice con una preposición griega “aná”, que no sólo significa nuevo. En griego significa también, “de arriba”. Hay que nacer de arriba.
De manera que toda la Iglesia nace, de alguna manera, de las entrañas de María, de la carne de Jesucristo, pero nace también del don del Espíritu Santo, nace del agua. Agua bendecida por la Palabra, agua santificada por el Espíritu.
Y cada uno de nosotros puede aplicar estas palabras a sí mismo. Lo que nosotros somos, por ejemplo nuestro camino de fe. También nosotros tuvimos un Listra, un Derbe, un Iconio, y hubo una región, hubo una Panfilia y una Antioquía de Pisidia.
Esas ciudades son los momentos claves de nuestra vida, que tienen fecha y tienen hora y tienen sus apóstoles: “A mí me predicó tal persona, yo estuve en tal sitio, yo hice un retiro aquí, yo fui a tal parte, estuve en este encuentro”. Ese es Listra y el Derbe de tu vida, ese es el Iconio, esa es la Panfilia tuya.
Pero tú no has nacido solamente de ese lugar, ni de ese retiro, ni de ese predicador. Tú has nacido, “aná”, tú has nacido de nuevo; tú has nacido de arriba y tú eres de la familia del cielo.
Aunque hayas pasado por esos lugares, y aunque esos lugares hayan pasado por ti, y aunque haya habido personas concretas, también hay algo en ti que no es la voluntad ni de este padre, ni de este predicador, ni de esta comunidad, ni de este sitio.
Hay algo que es puro don del Padre, puro regalo de Dios. Algo que ya no se puede explicar solamente por la conjunción de las cosas; no, no eran simplemente coincidencias. Había un pedazo de cielo que estaba escurriéndose en tu corazón. Había una lluvia, un pequeño aguacero de gracia que estaba cayendo sobre ti en esos lugares.
Y eso no lo estaba dando ni Pablo, ni Bernabé, ni Apolo, ni Cefas. Eso lo estaba dando el Padre Celestial.
Entonces cada cristiano es al mismo tiempo ciudadano de esta tierra, donde se encuentra con su carne y con la carne de los demás, con un mundo que es bello y prometedor pero también limitado; pero al mismo tiempo el cristiano es cielo, es una voz distinta.
Ser verdaderamente cristiano es una sabiduría insondable, porque es trabajar en esta tierra, y saber sin embargo cuán limitada es; es estar en ella, es amarla y estar a favor de ella, y por eso mismo, conocer hasta dónde llega y cuánta falta le hace el cielo.
Por eso esta Iglesia de la tierra y del cielo ha sido bendecida, ha sido primero creada y luego bendecida, y luego fortalecida y preparada por el amor de Cristo.
Esa combinación de cielo y tierra, ese ser carne y donación del Espíritu, ese amar al mundo y saber que es limitado, ¿esa ciencia quién la tiene? Sólo la tiene el amor de Jesús, el amor de Jesús que es el mismo amor que nos ha dicho el evangelio debe habitar entre nosotros.
Amigos, la Iglesia es un milagro continuado. Perfectamente podría, humanamente hablando, revertirse en una pura institución que se cierra sobre sí, y que no da más de lo que da el ser humano. Pero es un milagro continuado.
Esa visión de la Apocalipsis no es solamente para el final. La Iglesia, cuando se reúne, por ejemplo hoy aquí, ve cómo el cielo viene hasta nosotros y se hace Hostia que nos ama y que nos permite amarnos.
La Iglesia es un milagro perenne, un milagro que sólo tiene su imagen en la Eucaristía. Así como la Eucaristía sale de la tierra, de nuestra tierra, de nuestro trigo, pero sólo puede venir del cielo, así también la Iglesia sale de todos nosotros, pero sólo puede venir del cielo.
Bien, alegrémonos en la Pascua del Señor, alegrémonos de ser Iglesia, alegrémonos de poder comer ese Cuerpo, que es al mismo que adoraremos para siempre en el cielo.
Amén.