Co23001a
Fecha: 19980906
Título: Pedirle a Dios que nos regale la sabiduria de la cruz
Original en audio: 9 min. 6 seg.
La primera lectura nos invita a pedir sabiduría.
Sólo como un regalo se pueden comprender los designios de Dios, porque los planes, incluso los de las mismas personas que conocemos, a veces nos resultan incomprensibles; cuánto más los planes de Dios que es infinito en sabiduría, que es infinito en poder y en misericordia.
Y en verdad esta sabiduría es necesaria para comprender la palabra de Jesucristo. Cuando Jesús habla de renunciar a los bienes, de posponerlo todo para ser discípulo de Él, yo pienso que la mayoría de nosotros sentimos que esas palabras quedan casi incomprensibles.
A lo sumo las aplicamos a algunas personas dentro de la Iglesia, como decir: "Bueno, eso le corresponderá a las monjas, eso le corresponderá a los misioneros, que se van a lejanas tierras y tiene que dejarlo todo para ser discípulos de Jesucristo".
Pero Jesús no estaba diciendo aquí: “Monja que no deje el papá, la mamá, la familia, no puede ser monja”, sino estaba diciendo: “El que no deje todo, no puede ser discípulo mío", discípulo de Jesucristo. De manera que se necesita la sabiduría de Dios para comprender esto qué quiere decir.
Cuánta falta nos hacen las palabras de San Pablo en este momento, cuando decía: Enseñamos una sabiduría escondida, oculta ante los ojos del mundo, pero preciosa ante Dios" 1 Corintios 2,6-7.
En el fondo se trata de la sabiduría de la Cruz. ¿Y qué podemos hacer nosotros, cómo podemos entender esa sabiduría, cómo podemos recibirla? Esa es una pregunta que uno puede hacerse; la otra es: ¿Qué es ese ser discípulo de Jesucristo? ¿Por qué es tan valioso que resulta ser más valioso que los hermanos, las hermanas, la esposa, el papá, la mamá, todo el mundo, incluso que nosotros mismos?
Yo creo que hay una frase que ya estaba en el Antiguo Testamento, en el libro de los Salmos, que puede ser provechosa aquí:"Tú gracia, Señor, vale más que la vida", "tú gracia vale más que la vida" Samo 62,4.
Mientras no tengamos el punto de referencia de lo que significa esa gracia, es decir, mientras no tengamos alguna idea de lo que se gana entrando en la órbita de la gracia, cualquier esfuerzo que hagamos por Cristo nos parecerá excesivo.
Un ejemplo muy sencillo que uno como sacerdote lo tiene con frecuencia: Cuando las personas no han tenido una experiencia del amor de Dios, sienten que cualquier cosa que hagan por Dios es mucho y que Dios les está pidiendo mucho: "Ojalá la Misita corta, ¡por qué no aprenderán a hablar cortico? Veinte o veinticinco minutos".
Y no es una ni dos personas las que he conocido que caminan parroquias a ver dónde es la Misa corta, hasta que por fin encuentran el Padre de los veintiún minutos: "¡Ese es el padre que me sirve a mí!"
Cuando no se tiene una referencia de la gracia de Dios, cualquier cosa que se haga por Dios nos parece excesiva. Al contrario, cuando esa experiencia del amor llega, a veces a las mismas personas que antes le regateaban a Dios tres minutos, cinco minutos, esas mismas personas, cuando se convierten al amor, sienten que ningún tiempo es suficiente.
Y son las mismas personas que a veces nos encontramos en congresos, en reuniones, en grupos, de oración, en Eucaristías especiales.
Yo he presidido algunas Eucaristías que tardan mucho más de los veintiún minutos. Algunas Eucaristías que superan una hora y dos horas y la gente está feliz. No tiene que ser necesariamente el caso de esta Eucaristía, no quiero suscitar preocupación.
Pero en todo caso hay Eucaristías que han sido muy largas, hemos orado mucho, hemos cantado mucho, hemos pedido unos por otros, hemos comulgado, hemos adorado, y la gente, feliz; y desde luego, también el que preside la Eucaristía, feliz, y ese tiempo no se sintió, y ese tiempo se agradeció, ¿por qué? Porque había amor.
Cuando llega esa sabiduría, que entonces ya entendemos que es vecina del amor de Dios, cuando llega la experiencia del amor de Dios a nosotros, entonces entendemos que ante ese amor y ante esa sabiduría, cualquier otra cosa es demasiado pequeña, demasiado pequeña. Cuando no se tiene esa experiencia del amor, todo parece demasiado difícil.
De manera que Jesús quería que la gente escrutara el propio corazón. Mucha gente acompañaba a Jesús, Él se volvió y les dijo, si Jesús hubiera tenido un asesor de imagen como esos que tienen los políticos modernos, le hubiera dicho: "No,Jesús, la embarraste, ¡cómo se te ocurre! ¡Ya teníamos la multitud que iba detrás de ti!"
Pero Jesús, me parece a mí que muchas veces se nos muestra como antipopulista, Jesús será todo menos un populista, no es un demagogo. No. En más de una ocasión encontramos este tipo de intervenciones antipopulares, impopulares, o como las queramos llamar, de Jesucristo. Son palabras dichas como para que se vaya todo el mundo.
¿Por qué hablaba Cristo así? Porque era necesario que cada uno palpara su propio corazón y supiera si tenía solamente para los cimientos de la vida cristiana, o si tenía para hacer todo el edificio; si tenía para dar la batalla, o si tenía solamente para la primera escaramuza, el primer combate.
Cristo quiere que uno palpe el corazón, y Cristo quiere que uno a veces se devuelva, y esos que se devuelven y esos que se apartan aparentemente del camino de Jesucristo, ¿no le duelen a Él?
Pues esto se parece a ese otro evangelio que comentábamos alguna vez, cuando dijo el Señor que bendecía a Papá Dios porque le había revelado el Evangelio a los sencillos y lo había ocultado a los instruidos.
Esos instruidos, esos sabios y entendidos que no entienden el Evangelio y que se van viendo un chispero, esos que les toca devolverse, esos que ya no van a estar más con Jesús porque dicen: "No le entendí nada; me voy", esos se van de la carne de Jesús, se van de mirar a Jesús, pero no se van del amor de Jesús.
Me explico. Todas esas personas que comprenden que no tienen una vida realmente cristiana, no es gran cosa lo que tienen, ni tienen cómo acabar el edificio, ni tienen cómo dar la batalla, esas personas, todas esas personas, que tal vez hemos sido nosotros mismos, que a veces tenemos que volver desengañados a la casa y al propio corazón y decir: "Mi vida es una gran mediocridad", esas personas, que somos nosotros, no hemos sabido del amor de Dios.
Al contrario, alejados de la presencia física de Cristo, sentirán, sentiremos el frío, sentiremos el hambre, sentiremos la ceguera.
Jesús a veces nos echa a que sintamos el frío, a que sintamos la noche, a que descubramos la ceguera. Porque el que ya se dio cuenta que era ciego, ya empezó a ver, y cuando ya la persona siente el frío y se da cuenta de que no tiene, entonces pide, y cuando pide con humildad y con fe, entonces se entra a ser verdaderamente discípulo del Señor.
Jesús, envía sobre nosotros el Espíritu, que nos dé una experiencia sabrosa, una experiencia profunda, una experiencia imborrable de su amor. Así entenderemos qué significa ser discípulo tuyo, así entenderemos qué significa ser hijo de Papá Dios.
Amén.