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Fecha: 20010108
Título: La Epifania y la Navidad
Original en audio: 12 min. 40 seg.
Esta fiesta del Bautismo del Señor cierra el tiempo de Navidad y abre la primera parte del tiempo llamado Ordinario, o tiempo durante el año. Podemos preguntarnos: ¿por qué la Navidad alcanza hasta el Bautismo? Es una Navidad larga: desde esa preparación de Adviento, hasta el Bautismo del Señor.
La verdad es que la fiesta del Bautismo del Señor es un eco más de la Epifanía, y esta es como la prolongación de la Navidad.
Vamos a tratar de explicar, con la ayuda del Señor, estas ideas. En la Navidad celebramos la presencia de Dios en nuestra carne, pero esa Carne, que es la del Hijo de Dios, se convierte por ello mismo en el lenguaje con el que Dios nos va a hablar.
Lo grande no es que Dios haya bajado hasta nosotros, lo grande es que entre nosotros, con nuestra carne, con nuestra sangre, con nuestra historia, Dios se ha mostrado; es decir, nuestra carne ha adquirido un lenguaje que habla del cielo. Lo grande no es que el cielo haya bajado, sino que ahora la tierra habla del cielo.
Es como lo que sucede en la Eucaristía: casi toda la devoción eucarística de mucha gente, seguramente también de nosotros, es maravillarse porque Dios está en este altar, y es cierto: es la Carne verdadera de Cristo, es la presencia real entre nosotros, bendito sea.
Pero lo grande de la Eucaristía no es que Dios venga, sino que nosotros nos vamos; lo grande no es que Él esté, sino que está para recogernos y llevarnos. Es más admirable que nosotros estemos un día en el cielo, a que Dios haya estado un día en la tierra.
Que Dios esté en la tierra es de algún modo comprensible desde su omnipotencia, pero que el hombre alcance el cielo es un nuevo modo de omnipotencia, que respetando la voluntad humana, la rodea, la inunda de amor, ese amor que se llama gracia y la transforma a imagen de su Hijo.
Porque lo más grande no es que el Hijo de Dios se parezca a los hijos de los hombres, sino que los hijos de los hombres adquiramos los rasgos del Hijo de Dios. Por eso en la Navidad celebramos que Dios esté entre nosotros.
En la Epifanía celebramos la elocuencia, la expresividad, la capacidad de lenguaje que tiene esa Carne ahora que es Carne de Dios.
Por eso hay discusiones sobre qué es más importante, si la Navidad o la Epifania. Nosotros, los cristianos de Occidente, hemos celebrado tradicionalmente con más fuerza la Navidad.
Los cristianos de Oriente, que han seguido esta lìnea de predicación que acabo de compartirles, sacan una conclusión que a mí también me parece más lógica: es más importante la Epifanía; pero no es asunto de discutir.
Una pregunta que también tiene sus diferencias entre Oriente y Occidente: ¿Qué es más importante, la invocación del Espiritu Santo, o las palabras de la consagración, en términos de la presencia de Cristo en la Eucaristía? Desde un punto de vista, son más importantes las palabras, y desde otro punto de vista, es más importante la epíclesis, la invocación del Espítitu.
Pero no cambiemos nuestro tema. Estamos diciendo que la Navidad y la Epifanía son como los dos polos de un mismo misterio, la Navidad, Dios entre nosotros; la Epifanía, es la elocuencia que lo nuestro adquiere hasta el punto de hacer que Dios en medio de nosotros como una anticipación de nuestra presencia en los cielos.
La Epifanía entonces, es, pues, la elocuencia de la Navidad. Ese pensamiento le sirve a uno, la Epifanía es la elocuencia de la Navidad, es decir, la Epifanía es el lenguaje que dice la Carne de Cristo, lo que expresa esa Carne Santísima.
Uno cree que la Epifanía se reduce a aquello de los Magos de Oriente, es un error muy grave, es entender poco de la Epifanía, esa fue una Epifanía; pero es que en realidad la Epifanía celebra la elocuencia de la Carne de Cristo, la elocuencia de la Navidad y la elocuencia de ese Recién Nacido que tuvo varios momentos, uno lo de los Magos, porque esos Magos llegaron y se postraron y recibieron ese mensaje.
Pero hay otra Epifanía, las bodas de Caná, cuando los discípulos “vieron y creyeron” San Juan 2,11, como dice San Juan: "Vieron el signo que había realizado Cristo y creyeron en Él" San Juan 2,11.
Es importante ese milagro, porque San Juan dice: “Fue la primera señal que realizó Cristo y sus discípulos creyeron en El” San Juan 2,11; y luego hay otra Epifanía de la Carne de Cristo, que es la del Bautismo. En el fondo, el Bautismo del Señor es una Epifanía.
En resumen, lo que nosotros estamos celebrando en el tiempo de la Navidad, es la presencia de Dios entre nosotros, y la elocuencia que nuestra historia adquiere cuando Dios habla a través de ella, como una anticipación de lo que nosotros seremos, ¡porque se vive la Navidad de una manera tan superficial!
Así entendemos por qué hoy se celebra el Bautismo, claro, el Bautismo es una de las Epifanías de la Navidad, es una de las Epifanías del Recién Nacido. Pero hay una particularidad que tiene esta Epifanía del Bautismo, como todos sabemos.
Cristo, bautizado, va al desierto a superar las tentaciones que había vivido el pueblo; y vuelve del desierto, guiado por el poder del Espíritu, a sanar al pueblo, a educar, al pueblo, a exorcizar al pueblo, a conducir al pueblo.
¿Para que? Para llevarlo al misterio de la Cruz, y desde la Cruz, y desde la Pascua, a la Jerusalén celestial; es decir, que todas las epifanías son importantes, pero de algún modo esta es la más importante, porque esta es la que abre el ministerio de Cristo. Eso es lo que estamos celebrando con esta Epifanía, con esta manifestación.
Con esta presentación maravillosa del amor, comienza el ministerio público de Cristo, aquí termina, con el Bautismo, la vida oculta. Y eso significa que esta no es la última de las Epifanías primeras, sino que es la primera de las Epifanías últimas; es decir, esta es la Epifanía que ya no tiene revocación, que ya no tiene retroceso, de aquí en adelante todo será Epifanía.
Desde el Bautismo, desde que empieza la llamada vida pública del Señor, todo será epifanía; todo lo que Él diga, lo que Él haga, sus milagros, y por supuesto, su Pasión y su Cruz, todo es manifestación, todo es lenguaje de Dios desde este momento. Por eso, de algún modo, esta fiesta del Bautismo del Señor es la gran Epifanía, porque desde ahora todo será Epifanía.
Esta Epifanía tiene la voz del Padre Celestial, una voz que retumbó a las orillas del Jordán y que ahora retumba en nuestros corazones: “Tu eres mi hijo” San Lucas 3,22; vino una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto” San Lucas 3,22.
Y eso lo conmueve a uno mucho, porque uno entiende que sólo el amor hizo expresivo a Dios, sólo el amor abrió las puertas del misterio de Dios.
Recordamos las frases de San Juan: "A Dios nadie le ha visto nunca". Cristo, que está en Él, nos lo ha dado a conocer; nadie lo ha visto, pero se dejó ver por el amor, el amor hizo visible a Dios, por amor pudimos verle.
Por eso cuando uno piensa que después del Bautismo todo es Epifanía, y cuando uno piensa en que en el Bautismo Papá Dios dijo: “Este es mi Hijo, el amado” San Lucas 3,22, entonces uno piensa, ¿qué era lo que Dios nos estaba dando? Nos estaba dando "el amado", “este es el predilecto", "este es el amado".
Hay que seguir escuchando esa expresión en cada paso de la vida de Cristo; hay que seguir oyendo esa voz; hay que seguir recibiendo a ese Rey; hay que seguir reconociendo al amado. Cuando veamos la Cruz, cuando veamos al Crucificado, tenemos que saber que hemos crucificado al amado del Padre.
Hermanos, vienen a la mente, cómo no habrían de venir las palabras del Apóstol San Pablo en su Carta a los Romanos: “El que nos dio a su propio Hijo, ¿cómo no nos va a dar con Él todas las cosas?” Carta a los Romanos 8,32.
La Epifanía del Bautismo ya no termina, sino que se perfecciona en la Cruz; no termina, sino que se perfecciona en la gloria de la Resurrección, y no termina, sino que se perfecciona, se habrá de perfeccionar en el cielo, en nuestro cielo..