Ca01001a
Fecha: 19971130
Título: La Igesia se prepara para las Bodas con el Divino Esposo
Original en audio: 10 min. 37 seg.
En este tiempo litúrgico, hermosamente solemne, de alguna forma la Iglesia celebra lo que es: una esperanza que camina, una luz, una promesa. Puede decirse que en la Cuaresma celebramos la victoria por aquello que hemos sido; puede decirse que en la Cuaresma recordamos el Egipto del que hemos salido, y en la Pascua miramos aquello que vamos a hacer.
Multiplicamos por eso en la Pascua los cánticos y los aleluyas, porque nuestro futuro está en el gozo permanente del Reino.
Y el tiempo de la Navidad vuelve nuestra mirada hacia el misterio de la Carne santísima del Verbo, asumida una vez y para siempre como puente y primicia de aquel día feliz en el que nuestra pobre carne pueda ser divinizada por la misma gracia que trajo a Dios del cielo a la tierra.
Un mismo amor trajo a Dios del cielo a la tierra y nos lleva a nosotros de la tierra al cielo. Pero en este Adviento, no miramos el Egipto del que hemos salido, ni la tierra a la que un día llegaremos, sino que de alguna manera celebramos lo que somos. La Iglesia misma es un Adviento. La Iglesia misma como que se retrata, como que se dibuja en estas lecturas.
Me parece que aquello que dice San Pablo a los Tesalonicenses refleja bien la situación del cristiano en esta tierra, porque desde luego, cuando digo aquí “Iglesia”, me refiero directamente a quienes peregrinamos por esta tierra.
Le dice San Pablo a los Tesalonicenses: "Habéis aprendido de nosotros cómo proceder para agrada a Dios, pues proceded así y seguid adelante" 1 Tesalonicenses 4,1. Esta es la voz que tiene Pablo, esta es la voz de los Apóstoles, esta es la voz de los Pastores.
Nuestros Pastores, en primer lugar nuestros Obispos y en ellos en primer lugar el sucesor de Pedro, con esta voz van animando al rebaño de Jesucristo para que siga su camino en esta tierra.
"Habéis aprendido cómo proceder" 1 Tesalonicenses 4,1. Ese es el pasado de nuestra conversión. "Proceded así" 1 Tesalonicenses 4,1; ese es un imperativo de presente, "y seguid adelante que la Pascua se anuncia" 1 Tesalonicenses 4,1
En el Adviento, pues, celebramos esa realidad humilde y gloriosa a la vez, esa realidad maravillosa pero escondida que es la Iglesia en esta tierra. La Carta a los Hebreos, cuando hace esos maravillosos elogios sobre la fe de los antepasados, dice que el mundo no era digno de ellos y dice que cubiertos con pieles y viviendo en cavernas, pasaron por este mundo porque el mundo no era digno de ellos.
Cubrirse con pieles es sinónimo de la máxima indigencia. El que no tiene ni para un vestido y tiene que pedir prestado el vestido de una fiera. Por cierto, esta fue la pobreza de Juan Bautista, como sabemos. Vivir en cavernas es señal de la máxima indigencia. Aquel que no tiene ni el más humilde techo, todavía recibe de Dios una pequeña, incómoda pero verdadera morada en una caverna.
Cubiertos con pieles y viviendo en unas cavernas, gente que fue despreciada y sin embargo gente de la que no era digno el mundo. Esa el la Iglesia, eso es lo que nosotros somos cuando vamos por esta tierra. Cuando se mira la Iglesia, cuando miramos lo que nosotros mismos somos como bautizados y como Iglesia, a veces uno siente que somos eso, gente cubierta con pieles, gente que vive en cavernas, gente despreciable.
Cuántas veces hemos esperado santidad de nosotros mismos, o de sacerdotes, o de religiosas que nos decepcionan. Cuántas veces la pobre humanidad, y la suciedad del pecado, y la incapacidad, y la mediocridad de la Iglesia nos exasperan, nos deprimen, nos acomplejan, y sin embargo, es el rebaño de Dios, y sin embargo, es el germen firmísimo de esperanza. Dice la Lumen Gentium: "Germen firmísimo de esperanza".
Y sin embargo, a través de esos hombres y mujeres que somos nosotros, con las manos manchadas, con los ojos cansados, con la voz temblorosa, y sin embargo en ese rebaño muerto de hambre, está la imagen de Jesucristo atravesando los siglos hasta que llegue el día final. Hasta que pueda aparecer lo que hasta ahora sólo predicamos y que alguien nos podía exigir.
Alguien, en efecto, nos dice: "Muéstranos ya ese Reino del que tanto hablas; muéstranos esas verdades tan hermosas; muéstranos esas bellezas sublimes que hay en tu corazón". Y la Iglesia mientras está en esta tierra tiene que sonrojarse, tiene que avergonzarse porque no puede mostrar el Reino todavía.
Pequeñas señales aquí y allá aparecen. Cada santo es una señal. Y hay comunidades enteras y hay familias enteras que llegan a convertirse como en señales de Dios. Pero si alguien le pide cuentas, alguien le exige cuentas a la Iglesia: "Muéstrame tu belleza y tus tesoros, la Iglesia lo único que puede responder es aquello del Santo Diácono Lorenzo: "¿Queréis ver mis tesoros?".
Y se fue Lorenzo y mostró a un grupo de pobres a los que estaban repartiendo las limosnas y dijo: "Estos son los tesoros de la Iglesia".
Mientras vamos en esta tierra, por la persecución del mundo, como causa exterior; y por las mediocridades nuestras, como causa interior, la Iglesia aparece como la vio Santa Catalina de Siena: como una mujer humilde y pobre y leprosa.
Y Dios consoló a Catalina, que entonces había empezado a llorar desconsoladamente, y le dijo: "Por tu llanto y por tus sudores yo voy a limpiar esta Iglesia. Y un día la que ves leprosa estará sana, la que ves pobre será muy bella y estará revestida y preparada para las bodas".
Eso es lo que nosotros preparamos en Adviento. Miramos a la Iglesia, la vemos y la descubrimos como la contempló Catalina de Siena y sabemos que ahí esta la señal de esperanza, ahí están las arras de nuestra vida.
Y con ella avanzamos, y por ella lloramos, con ella caminamos, y en ella nos alegramos. Con ella aprendemos y en ella oramos y avanzando con ella y en ella, nuestra Madre la Santa Iglesia. A fuerza de lágrimas y de oraciones, aguardamos, contemplarla un día ya sin mancha ni arruga. El día de las bodas con Cristo, su Divino Esposo.
Emprendamos, pues, resueltamente este Adviento. Emprendámoslo con ánimo santificando este tiempo como quien atraviesa el desierto.