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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19970420

Título: En la inutilidad de Cristo en la Cruz se manifiesta la raiz de su ser, que es el amor por nosotros

Original en audio: 6 min. 2 seg.


Queridos Hermanos:

Hay como una pequeña tensión entre las dos lecturas, la primera y la del evangelio. En la primera se habla de Cristo como esa piedra desechada que resulta ser piedra angular, como una vida descartada. Y en el evangelio se nos presenta a Cristo como el Pastor de las ovejas.

¿Cómo es posible que, precisamente el que resulta como tan inútil y tan desechado, pueda al mismo tiempo ser el que dirige el rebaño y el que lo lleva para alimentarlo y para abrevarlo? Cómo puede ser Cristo tan inútil, duele decirlo, ¿no? ¿Cómo puede ser Cristo tan inútil y al mismo tiempo tan provechoso? ¿Cómo puede ser al mismo tiempo el último y el primero?

Si uno piensa en la bienaventurada Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, en la que Él realizó toda la obra de la redención por nosotros, uno dice: "¿Pero qué puede haber más inútil que un crucificado?"

Y si no lo vieran nuestros ojos, nuestros oídos tendrían que oírlo en las palabras que le decían los que estaban ahí al pie: "Sálvate a ti mismo" San Lucas 23,37, "a otros salvó, y no puede salvarse a sí mismo" San Marcos 15,31, "sálvate a ti mismo para que veamos y creamos" San Marcos 15,32.

Nadie es tan inútil como el Crucificado; Cristo, puesto en la Cruz, ya sin milagros, ya sin discursos; Cristo, puesto en la Cruz, como oveja ante el esquilador, puesto ahí solamente para morir, es como la imagen misma de la impotencia del ser humano, como la imagen misma de la inutilidad.

Pero desde el fondo de esa inutilidad, aparece la fuerza y el poder que es capaz de gobernar a todos los corazones.

Precisamente, cuando Cristo ya no sirvió para nada, sólo servía para una cosa, para amar. Era necesario, por así decirlo, que Cristo llegara a la perfecta y suprema inutilidad, donde no sirviera ni para hablar, ni para sanar, ni para nada; era necesario que Cristo llegara a no servir para nada, para que quedara claro qué era lo que había en el fondo del edificio de su vida.

Cada vida, hermanos, es como un edificio que uno va construyendo, y está el cimiento y uno va amontonando pisos, y esos pisos son los años que pasan, y esos pisos son las ideas con las que uno construye como su manera de ser, y esos pisos son como los sentimientos que uno tiene, y que uno va acumulando sus experiencias.

También Cristo, Nuestro Señor, es como todo un edificio, y en todas esas experiencias y en todas esas maravillas que hay en Jesucristo, hay mucho en que deleitarse. Porque en todo eso que es Jesucristo, pues ahí aparece sus palabras elocuentes, sus milagros benditos, sus sanaciones.

Pero se nos podía olvidar que todo ese edificio estaba sobre un cimiento de puro amor, de puro regalo, de pura gracia. Y por eso Jesucristo soportó que todo su edificio fuera completamente derruido, Cristo se aguantó que el edificio fuera totalmente derrumbado.

Y cuando se derrumbó el edificio, cuando toda su vida se deshizo en la Cruz, entonces sólo quedó a la vista el cimiento, la raíz misma de su ser. Sí, Cristo en la Cruz es absolutamente inútil, gracias a Dios, no hay que buscarle utilidad alguna a Cristo en la Cruz; es absolutamente inútil, no sirve para nada; Cristo en la Cruz no sirve para nada.

Y precisamente porque no sirve, no está en nuestro poder, sino que nosotros estamos en el poder de Él: precisamente porque ahí en la Cruz no le podemos manipular, porque no podemos hacer nada por Él, por eso, así desechado, es cuando verdaderamente se manifiesta como Mesías y como Señor, porque ya en ese momento ya no está en nuestras manos.

¡Qué divina paradoja la de Dios! ¡Qué divina paradoja la de la Cruz! Cuando está completamente en las garras de sus enemigos, cuando está apresado por los lazos, por los clavos, por el dolor, por el cansancio, por la muerte, cuando parece que está completamente en nuestras manos, venimos a descubrir que es ahí, en en la Cruz, cuando es completamente inútil.

Y como ya no nos sirve para nada, ya no está en nuestras manos, y como ya o nos sirve de nada aparece el cimiento que es la raíz de su ser, que es el amor, y es ese amor el que hace el gran cambio, ya no es Él el que está en nuestras manos, sino nosotros en sus manos crucificadas, nosotros en su corazón rasgado, nosotros en su vida entregada, en su vida ofrecida.

Por eso, "la piedra que desecharon los arquitectos es la piedra angular" San Mateo 21,42, Salmo 118,22. Por eso Cristo desechado, Cristo desechable, por eso Cristo inútil, es el Cristo Salvador; y por eso Ése, que no sirve para nada, es precisamente nuestro Líder, nuestro Pastor, nuestro Guía, nuestro modelo en el amor.

A Él la gloria por los siglos infinitos.

Amén.