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De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 20060924

Título: El misterio del abajamiento de Cristo

Original en audio: 13 min. 14 seg.


Podemos ver en el evangelio de hoy, mis hermanos, qué lenguajes tan diferentes los que tienen, Jesús, por una parte, y sus discípulos, por otra parte.

Él está hablando de su dolor, Él está hablando de que va a ser rechazado, y Él está hablando de una actitud de humildad y de servicio. En cambio, los discípulos están hablando de quién tiene el primer puesto, quién es el más importante, quién tiene más influencia, quién va a tener más poder.

Hay una discrepancia muy grande entre el lenguaje de Cristo y el lenguaje de los discípulos de Cristo. A veces, esa discrepancia sigue también en nuestra época. Nosotros somos discípulos del Señor; así lo dicen nuestras palabras.

Sin embargo, nuestras actitudes expresan lo contrario, porque quizá escogemos lo opuesto de lo que Cristo escoge. Preferimos ser servidos a servir; preferimos tener el puesto importante y nunca quedar relegados.

Hay una distancia muy grande entre Jesús y sus discípulos en este evangelio. Y esa distancia parece que se sigue dando a lo largo de los siglos. ¿Qué podemos hacer para asemejarnos a Cristo? ¿Cómo podemos enamorarnos de esa manera de ser de Cristo?

Como tenemos dos queridos amigos de la familia franciscana aquí con nosotros, yo no puedo sino recordar a ese gran discípulo de Jesús, que fue Francisco. Francisco escogió ser menor.

La palabra fundamental en la espiritualidad franciscana, no es la naturaleza, aunque todo el mundo sabe de esa película que se llama "Hermano Sol". Lo fundamental en el espíritu de Francisco, no es la poesía, aunque él mismo era un gran poeta. Lo más importante en el espíritu de Francisco de Asís, no es el sentirnos bien con las demás personas, aunque él es el Hermano, por excelencia.

La palabra con la que él quiso definirse, y la palabra que él quiso dejar en herencia a su Orden, es la palabra "menor". Es una palabra muy descriptiva, porque Francisco hizo una especie de revolución en la Iglesia, y el nombre, "Orden de Frailes Menores", es un nombre dinámico.

Con la palabra "dinámico", quiero decir que es una especie de reto constante. Es como si Francisco le dijera a cada uno de sus discípulos, de sus seguidores: "Tú, en cualquier circunstancia, piensa qué significa ser menor, ser el menor".

No es una cosa que quede resuelta una vez para siempre. En cada época de la historia, los franciscanos, pero en realidad todos los cristianos, tenemos que preguntarnos qué significa éso, qué significa escoger el puesto que escogería Cristo.

Pero, aquí viene la pregunta: ¿Y cómo pudo Francisco enamorarse de esa manera de la Cruz y del servicio? ¿Ser el menor? ¿Y la humildad? ¿Todo eso? ¿Cómo puedo yo, cómo puedes tú enamorarte de ese "ser el menor"?

¿Cómo puede eso atraer al corazón humano, si por el contrario parece que lo que más atrae al corazón es otro lenguaje, el lenguaje que aparece aquí en boca de los discípulos? "¡A ver quién es el que manda aquí!" San Marcos 9,34.

Y a todos nos pasa. A veces el sacerdote se llena de esa actitud arrogante: "Bueno, ¿quién es el sacerdote aquí? ¿Quién es el que tiene el poder en esta parroquia?" ¡Y se llena de arrogancia el sacerdote!

Otras veces, el hombre en la casa se llena de esa arrogancia: "Soy el hombre aquí en la casa. Se hace lo que yo digo porque soy el hombre".

Es algo que tienta mucho el corazón: buscar el poder, buscar la importancia, salir, destacarse. Eso parece tan natural al corazón, que uno dice: "¿Qué le pudo haber sucedido a este Francisco de Asís, y junto a él, a tantos otros santos? ¿Qué pudo haber sucedido para que ellos se enamoraran de lo que dice el Evangelio?"

¿En santos como Francisco, o como San Martín de Porres, cuyo pequeño Santuario tenemos cerca? Martín de Porres fue otro enamorado de la humildad, un hombre realmente a los pies, sirviendo con un amor, con una paz, con una caridad. A San Martín lo quieren muchísimo aquí en Irlanda. ¡Bendito sea Dios!

Y yo me pregunto, -porque es de mi Orden; San Martin de Porres es dominico-, yo digo: "Pero, Martín, ¿tú cómo hiciste para enamorarte del servicio y enamorarte de la humildad, si a uno lo que le nace en el corazón casi nunca es eso?"

¿Qué pudo haber sucedido en ellos? Pues, que ellos encontraron una alegría que nosotros no hemos encontrado. Pero, si la pudiéramos encontrar, también nos enamoraríamos de ese misterio que tiene distintos nombres.

Se llama la Cruz, se llama ser postergado, se llama el servicio, se llama amar en toda circunstancia, se llama ser el menor. Le puedes dar distintos nombres; en últimas, es el misterio del abajamiento de Cristo.

¿Cómo pudo suceder eso? En el abajamiento de Cristo y en ese corazón del Evangelio de Cristo, también hay alegría. Martín de Porres era un hombre lleno de alegría, Francisco de Asís, un hombre lleno de alegría.

Tal vez no encontramos en toda la Edad Media otro personaje que tenga tanta alegría y tanta alabanza. Lo que más abunda, lo que más parece abundar en los labios de Francisco de Asís, es la alabanza, la alegría.

Bueno, ¿y cómo hacemos para enamorarnos de ese abajamiento, si el corazón me pide es: "¡para arriba!"? Me pide arrogancia, me pide soberbia y me pide vanidad. ¿Yo cómo me voy a enamorar de eso?

A ver, unas cuantas pistas tomadas de las vidas de los santos. Mira, por ejemplo, esto: La persona que trata de mantenerse así, arrogante y altiva, lleva una vida en el fondo muy tensa, muy sola y muy triste. Es decir, uno empieza a despedirse de la arrogancia y del orgullo, cuando se da cuenta del precio tan alto que tiene que pagar.

El orgullo es un dios que pide muchos sacrificios. Y llega un momento en que uno pone esos dos dioses como en comparación. Uno dice: "El Dios de Jesucristo, el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, me pide unos sacrificios. ¡Eso es verdad! Pero, es que los otros dioses también me piden sacrificios".

Cada dios pide su sacrificio, y el dios del orgullo pide unos sacrificios espantosos, pide unos sacrificios terribles. Porque: "Tengo que estar todo el día vigilando mi ego. Tengo todo el día que considerar a los demás como enemigos, competencia; son distantes, son un peligro: "Brilló más que yo". ¡Ah! ¡Un peligro!".

Pasarse la vida así, vigilando quién tiene más, vigilando quién brilla más, vigilando quién se me puede oponer, ¿es ésa una vida feliz? ¡Ese dios del orgullo me pide unos sacrificios espantosos!

Cuando Jesús te dice: "Perdona a tus enemigos" San Lucas 6,37; San Lucas 6,27. "-¡Ay! ¡No! Pero, ¿Dios cómo me va a pedir que yo perdone?" "-Bueno, entonces no perdones. Vete donde el otro dios".

El otro dios es el dios del resentimiento. A ver: ¿Qué sacrificios te pide el dios del resentimiento? Ese dios pide unos sacrificios terribles. "¡Ah! Lo que me pide el dios del resentimiento es que todos los días tengo que echarle un poco de carbón a mi odio, porque si lo dejo apagar, se acabó el resentimiento".

Eso es lo grave de tener un enemigo. La gente que tiene un enemigo perpetuo, todos los días se ve obligada a sacar energía para echársela al horno del odio que posee. Lo primero que tiene que hacer al despertarse, es: "¡Ay! De verdad que hoy no le he deseado una maldición a mi enemigo. ¡Venga, a ver! ¡Me tengo que acordar!"

Y todos los días tengo que volver a abrir mis heridas. ¡Todos los días! Por eso, hay un refrán, un proverbio chino, -yo creo que la gente habla de "proverbio chino" cuando no sabe de dónde es-, que dice: "Tu enemigo te hirió una vez; tu resentimiento te hirió mil veces".

Entonces, vivir con un resentimiento, es como todos los días despertarse y decir: "Bueno, aquí ya se me había curado esta herida; venga y me la vuelvo a abrir yo". ¡Es un sacrificio! El dios del resentimiento me pide un sacrificio.

El Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, me pide que yo lleve una vida fiel, una vida en la pureza, una vida en la sobriedad, que me aleje de los vicios. "-¡Oh! ¡Ese Dios!" "-¡Despídete entonces de ese Dios y busca los otros dioses!"

¡Mira en qué se convierte el alcohólico! ¡Mira en qué se convierte el drogadicto! ¡Mira cómo termina la vida del hombre infiel o de la mujer casquivana! Mira cómo terminan esas vidas y mira cuáles son los sacrificios que ellos han tenido que hacer.

Luego, el verdadero tema aquí, es: Todos los dioses piden sacrificios. Y cuando uno descubre que todos los dioses piden sacrificios, uno dice: "El Dios que yo escogí es el que pide menos y es el que da más".

Y ahí es cuando uno vive contento, como Francisco de Asís. Ahí es cuando uno vive feliz, como Martín de Porres. Esos son sacrificios, claro. Cuando uno ve a Francisco de Asís lavando a los leprosos, uno dice: "¡Uy! Yo no podría hacer eso".

Una vez estaba la Madre Teresa de Calcuta atendiendo algunos de estos indigentes, y decía un periodista: "Eso que usted hace yo no lo haría ni por diez mil dólares". Respondió la Madre Teresa: "Yo tampoco lo haría por tan poquito. ¡Yo tampoco lo haría por tan poquito!"

Entonces, es descubrir la alegría que Dios me trae; es descubrir esa alegría, y es descubrir que he hecho el negocio de la vida: "¡Creer en mi Señor Jesús es lo mejor que me ha podido pasar!"

Y si para creer en Jesús tengo que dejar orgullo, resentimiento y todo lo demás, pues, dejo de darle ofrendas a esos dioses de mentiras, y vuelvo mis ojos hacia el Dios verdadero.

Amén.