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Fecha: 20060702

Título: Buscar el rostro de Cristo

Original en audio: 12 min. 54 seg.


La ley de Moisés tenía una cantidad de restricciones con respecto a los períodos naturales de las mujeres, en su forma más estricta, se supone que mientras la mujer estuviera durante sus reglas tenía que permanecer quieta, aislada en su casa, privada del contacto con otras personas.

Además, tocar a una mujer durante ese tiempo, cualquier tipo de contacto físico suponía una forma de impureza, no en el sentido que a veces nosotros damos a esta palabra, como decir pecado sexual; no, sino impureza en el sentido de un impedimento para participar en el culto, para participar en la liturgia del pueblo de Dios. Es como el primer sentido que tiene la palabra "impureza" en la Biblia.

Entonces había esa tradición, y la razón es que en esos tiempos, desde luego bastante anteriores al conocimiento de la ciencia, de todas maneras se sabía que en ese ciclo natural de la mujer, hay una referencia a la vida.

Y si nosotros examinamos, -que sería un estudio bien interesante en la Ley de Moisés-, todo lo que tiene que ver con la vida y con la muerte, siempre está marcado por las leyes de impureza, repito, no son como una impureza de pecado, sino es una impureza como una señal que se levanta para decir: "¡Cuidado, aquí está sucediendo algo, aquí hay algo, esto no es lo común, esto no es lo normal, no trates esto de cualquier manera!"

Cuando lean, mis hermanos, que al principio de la Biblia, en esa Ley de Moisés, la palabra "impureza", esa impureza no indica necesariamente lo que nosotros llamamos pecado, algunas veces sí, pero no siempre, muchas veces la palabra "impureza" lo que quiere decir es como un aviso que se levanta, como una señal de: "Pare, aquí ha algo mas profundo, no trates esto de cualquier manera".

Entonces, no se puede tratar de cualquier manera las enfermedades que conducen a la muerte, no se puede tratar de cualquier manera lo que es contagioso y puede causar una epidemia; no se puede tratar de cualquier manera el período de la mujer, porque está relacionado con la reproducción; no se puede tratar de cualquier manera el semen del hombre, hay otras leyes que tienen que ver con eso.

Detrás de todas esas leyes, que a nosotros nos parecen tan extrañas, lo que hay es un modo de decirle a la gente: "Esto no lo trates de cualquier manera, aquí hay algo especial, aquí está sucediendo algo distinto, y aquí se requiere tu respeto y se requiere que te detengas".

Por esa razón podemos entender que esta mujer, que tenía esa enfermedad tan especial, ella no quería ser reconocida, ella quería lograr el milagro pero sin que nadie se diera cuenta, porque al tocar ella a Jesús, en este caso buscando la salud, pues de algún modo estaba contrariando lo que dice la Ley de Moisés.

Pensemos que según esta mentalidad, una mujer que tenía esta clase de enfermedad, es una mujer que tenía que estar aislada, más o menos lo mismo que sucedía con los leprosos: el leproso tenía que estar aislado, y una mujer que padeciera constante flujo, tenía que permanecer aislada, porque la Ley decía que, "tienes que estar aislada", en la Ley de Moisés.

Y ella ha contradicho, ella se va más allá de esta Ley buscando su salud, pero no quiere ser reconocida, y por eso toca a hurtadillas el manto de Jesús, entonces Jesús se da cuenta de que algo ha sucedido ahí.

Entre tanta gente que podía estarlo tocando, porque lo apretujaban, Jesús se da cuenta de que alguien lo había tocado de un modo distinto, que alguien busca algo diferente; y lo maravilloso es que Jesús pasa ese encuentro, que podría ser únicamente mágico, lo pasa al plano de la fe.

Este evangelio es magnífico para que veamos la diferencia entre la magia y la fe. En la magia, de lo que se trata es de obtener algo: "Quiero dinero", "quiero poder", "quiero éxito", "quiero afecto humano", "¡quiero mi salud y la quiero ya!"

La magia es la primacía de nuestra voluntad y es la búsqueda de algo; Jesús quiere que ese encuentro, que ya es una gran cosa que esa mujer se cure, pero Jesús quiere que ese encuentro vaya por encima de ese nivel, que no sea el encuentro con algo, que no sea simplemente que ella logró algo, que estaba necesitando algo, que estaba suspirando, sino que sea el encuentro con alguien.

Entonces Jesús hace una pausa, para transformar el encuentro que esta mujer iba a tener con algo, es decir, con su salud, lo transforma en el encuentro con alguien, es decir en el encuentro con El; y yo creo que aquí hay una enseñanza muy bella para nosotros, ese encontrarse con Él, encontrase con Jesús.

Vamos a dar un par de aplicaciones prácticas de esto. En el sacramento de la Confesión, por ejemplo, nosotros tendemos a examinarnos para el sacramento de la Confesión, como delante de un conjunto de reglas, un conjunto de disposiciones, de leyes, pero el gran encuentro en la Confesión es el encuentro con Él, es el encuentro con Jesús mismo, y lo hermoso de la Confesión no es tanto que nosotros pensemos qué ley hemos roto, sino a quien hemos entristecido.

Es tan bello cuando dice San Pablo, cuando habla de la pureza ya en otro sentido, y dice: "No entristezcáis al Espíritu Santo" Carta a los Efesios 4,30; no es lo mismo decir qué ley rompí, como decir que semáforo me pasé en rojo o si no pagué en el metro.

No es qué ley rompí, es qué corazón lastimé; mi pecado lastima el corazón de Jesús, entonces de nuevo ese es el esquema. No nos quedemos en el encuentro con algo, así sea el encuentro con una Ley, examinémonos siempre.

Recuerdo un Padre que predicaba muy bien esto, examinemos siempre en términos en el encuentro con Él, con Jesús.

Cuando vayas a examinar tu conciencia para confesarte, piensa en los ojos de Jesús, mira esos ojos, mira ese rostro.

Jesús aquí obliga de cierto modo a esta mujer a que se encuentre con el rostro de Él, el texto dice: "Acercándose por detrás" San Marcos 5,27, pero Jesús se voltea, mira qué es lo que le está diciendo Jesús: "Yo no soy una caja de favores; mírame, encuéntrate conmigo, mira mis ojos".

Eso es lo que Jesús quiere darnos, es el encuentro personal, y por supuesto esto se aplica también en la Eucaristía, sobre todo en la Eucaristía, el encuentro con Jesús en la Eucaristía es el encuentro con Él.

Mucha gente dice: "Bueno, pero por que si una persona está viviendo con alguien que no es su esposa, porque el primer matrimonio no funcionó, ¿por qué se le priva de la comunión?"

Y la gran respuesta es: "Porque la comunión no es algo, la comunión es alguien, la comunión no es una cosa que llega a nosotros, la comunión es al mismo tiempo signo y realidad del encuentro con una persona, con la adorable persona de Jesucristo, Dios y Hombre verdadero.

Es el encuentro con Él y en ese encuentro con Él yo sello, confirmo y acreciento la amistad que tengo con Él, esa amistad es lo que en catequesis y en teología llamamos "el estado de gracia".

Si la comunión es una cosa, si consiste en comerse una cosa, entonces que comulgue el que quiera, hasta los perros, si es una cosa; pero no es una cosa, entonces no puedo vivir yo de cualquier manera y llegar a comulgar.

Porque la comunión es el encuentro con Él, con Jesús, y al encontrarme con Él y al abrazarlo más íntimamente que cualquier abrazo que podamos recibir en esta tierra, y al besarlo y al comerlo, porque todo eso es la comunión, yo le estoy diciendo: "Yo soy tuyo, tú eres mío".

Déjenme decirles que la unión que se da entre quien comulga y Jesús es una unión más íntima que cualquier unión, que la unión entre la madre y el hijo, que la unión entre el esposo y esposa, por ejemplo, cuando se aman, es una unión más íntima que cualquiera de esas. "Habita en mí y yo en él" San Juan 6,56, dice Jesús refiriéndose a la comunión.

Entonces, si es el encuentro con Él y es el encuentro en el que le digo: "Yo soy tuyo y soy tuyo para siempre", yo no le puedo decir: "Yo soy tuyo" y vivir en desobediencia a su Palabra, porque eso es burlarse de Él, eso sería lo mismo que buscar el beso o el abrazo de la esposa pensando en un amante, o algo parecido.

¿Cómo así que recibo a Jesús y mi vida es una vida ausente, una vida lejana del mandato de Cristo? entonces este evangelio es el evangelio del encuentro con el Señor, el encuentro personal con El.

Que nuestra oración sea un encuentro con el rostro de Cristo, que nuestra comunión sea sentir que nos comemos al Hijo de Dios que vive en nosotros, y que esa unión de la comunión es más grande que cualquier otra unión que se pueda dar en esta tierra.

Y en la confesión lo mismo, lo que me duele es el dolor de Él, que lo he lastimado a Él, que lo he decepcionado a Él, eso es lo que me duele.

Sigamos esta celebración que es la celebración de la Eucaristía, pidiendo al Señor lo que dice el salmo: "Tu rostro buscaré, Señor" Salmo 26,8. Que nosotros sintamos ese anhelo por el rostro de Cristo, es el deseo de contemplarle y de ser suyos para siempre.


Carta a los Efesios 4,30