O292001a
Fecha: 19981020
Título: Cristo es nuestra paz
Original en audio: 20 min. 29 seg.
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La Carta a los Efesios es un precioso documento, es una meditación teológica hecha por un de los más grandes Apóstoles de todos los siglos. La Carta a los Efesios es una preciosa contemplación de la obra de la salvación realizada por Cristo en la historia humana.
Como sabemos, esta Carta empieza con ese himno, esa liturgia majestuosa del capítulo primero: "Bendito sea Dios Padre de Nuestro Senor Jesucristo" (véase Carta a los Efesios 1,3), y se va contando toda lo obra que Dios a hecho por Jesucristo. Hay que acudir confrecuencia a la Carta a los Efesios para amar la sabiduría de Dios, para admirar el poder de Dios, y para estremecerse ante la compasión de Dios.
Estamos aquí en el capítulo segundo de esta Carta; y lo que más más maravilla al Apóstol San Pablo es cómo, através de Jesucristo, a través de la obra de Cristo se ha logrado la paz, la paz con Dios y la paz entre los hombres. Nada parecía más distante, nada más difícil de juntar, que los judíos y los gentiles.
El recelo de los gentiles, tenía su homólogo en el desprecio de los judíos, ellos se sentían felices por una Ley que no podían cumplir; y los otros orgullosos de su ciencia, o de su arte, o de sus esculturas, o de su literatura, o de su filosofía, felices de cabeza hacia el abismo, felices en medio del desorden, la perversión, la injusticia.
Bien lo dice el Apóstol: "No teníais un Mesias, no teníais ni esperanza, ni Dios" (véase Carta a los Efesios 2,12). De manera que los unos orgullosos sin Dios y los otros orgullosos con la Ley de Dios, sin poder cumplir la Ley de Dios, y cada uno montado en su propio orgullo despreciando al otro.
Los judíos, seguros de estar en el camino de la salvación, y no se equivocaban en eso: y los gentiles, ajenos a las promesas de Dios y volcados sólo a las cosas de esta tierra. Esa separación entre judíos y gentiles muestra bien cómo cuando se ha roto la unión con Dios, se rompe también toda posibilidad de unión entre los seres humanos.
Pero ¿qué se le ocurrió a Dios? ¿Cuál fue el plan de Dios para traer la salvación? Esto nos interesa mucho, nos interesa para adorar a Dios con más amor, nos interesa para alabarle con más fuerza, nos interesa para confiar más en Él. Pero tambien nos interesa, porque si aprendemos cómo Dios logró la reconciliación de estos dos pueblos, de estas dos razas tan dispares, también aprenderemos cómo ser nosotros ministros de reconciliación.
Yo pienso que si nosotros desde el principio hubiéramos vuelto nuestros ojos hacia Dios y hacia la Palabra de Dios, antes de empezar a repetir la palabra "paz"; si antes de empezar a repetir: "Queremos paz", "viva la paz", "caminemos por la paz", hubiéramos vuelto nuestros ojos hacia la Palabra de Dios, y cómo Dios construye la paz, probablemente nuestros resultados sarían distintos.
Pero en fin, no estamos ahora en un problema tan grave que Dios no lo pueda resolver, ni estábamos antes tan cerca de la solución que ya la fuéramos a encontrar. De algún modo, es tanta la distancia entre el mundo pecador y Dios, que la abundancia de mal como que ya no aleja más.
Claro, cada vez es peor la condición del que peca, pero es tan grave el perder a Dios, que después de perder a Dios cualquier otra cosa que se pierda, ya como que no empeora sustancialmente la condición de la humanidad.
Entonces miremos por un momento, asomémonos a cómo es esa obra de reconciliación que Dios hace por Cristo, porque de eso se trata la lectura de hoy. Ahora, por la Sangre de Cristo, están cerca los que antes estaban lejos. Él es nuestra paz, una paz lograda con la Cruz y con la Sangre.
¿Cómo fue posible esto? Él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, derribando con su Cuerpo el muro que los separaba, el odio. Pero esa imagen es impresionante, un muro que Cristo ha derribado con su Cuerpo; pero los muros no se derriban con el cuerpo, si uno intentara traspasar un muro sólo golpeándolo, pues se destruiría uno.
Yo creo que de algún modo esto está en la mente del Apóstol cuando nos habla así, Cristo con su Cuerpo despedazado en el muro de odio de la humanidad, rompe el muro, a precio de romper su Cuerpo, Cristo roto. El Cuerpo roto de Cristo en la Cruz es también el muro roto en la humanidad.
Por eso, la paz llega através del Cuerpo destrozado de Jesucristo, cuando se rompe el Cuerpo de Cristo se rompe también el muro que separaba a los seres humanos, ¿y cómo fue posible eso? Reconcilió con Dios a los dos pueblos uniéndolos en un solo Cuerpo, mediante la Cruz, dando muerte en Él al odio.
Muere Cristo, pero muriendo Cristo muere también el odio, y muerto el odio ha quedado abierto el camino entre los hombres; pero todavía nosotros preguntamos o volvemos a preguntar: ¿y cómo sucede esto? ¿Por qué por la muerte de Cristo llega esa paz? ¿Por qué la muerte de Cristo mata el odio?
Pues vamos a ver cuál era la diferencia entre unos y otros, entre los gentiles y los judíos, ¿cuál era la diferencia? Que los judíos sabian que estaban mal, y los otros no sabian que estaban mal, pero estaban mal.
Realmente, la diferencia era la Ley, la Ley servia para que estos supieran que estaban mal y para que supieran también que Dios podía remediar de alguna manera esa necesidad, ¿y qué viene hacer Jesucristo? No viene hacer el oficio de la Ley, el oficio de la Ley era mostrar que el ser humano es un pecador; a eso no es a lo que viene Jesucristo, Él viene a completar la obra que se había iniciado con la Ley.
Si la Ley denuncia el pecado, si la Ley muestra la desgraciada condición del ser humano y pone al ser humano como humillado de Dios, Jesucristo es la mano extendida de Dios que alcanza a ese ser humillado y lo levanta.
De manera que la presencia de Cristo en la Cruz resume la Ley, en la medida que presenta toda la gravedad del pecado, y por eso denuncia todo pecado; pero al mismo tiempo la presencia de Cristo en la Cruz, es la mano extendida de Dios que muestra su poder para perdonar el pecado.
Podemos decir que Cristo Crucificado, es como las dos manos que se juntan, es precisamente el abrazo; destrozado se ha hecho uno con la humanidad despedazada, con la humanidad humillada, con la humanidad que tenía a sus embajadores en el judaísmo, ese judaísmo humilde que sabía que no podía cumplir la Ley de Dios.
Cristo Crucificado es así el judío por exelencia: lleva a término, la Ley, porque presenta con sus Llagas su Carne destrozada, presenta la mano extendida del pueblo de Israel clamando misericordia, clamando ayuda; pero al mismo tiempo, Cristo Crucificado es la mano extendida de Dios, porque la oración de Jesús, la pasión de Jesús, el padecer de Jesús, la paz de Jesús en la Cruz, son la respuesta de Dios.
Así, en la Carne de Jesús se une la mano suplicante del pueblo de la Alianza que ahora se reconoce pecador, y la mano de Dios que hizo esa primera Alizanza, que sabe que fue quebrantada y que en esa Carne de Cristo celebra una nueva Alianza. Por eso Cristo es eternamente judío, el judío por excelencia, que recibe de Dios, su Padre, el perodón, que recibe la paz, y recibe la gracia y el Espíritu para lograr lo que no se podía por medio de la Ley.
Pero por otra parte, la postración de Cristo azotado y crucificado, es también la postracion de todo este mundo pagano, de todo este mundo que no conocia el judaísmo, de todo este mundo que no conocía y que despreciaba la Ley.
Cristo Crucificado representa la Ley que no se pudo cumplir, la miseria de una Ley violada, transgredida, pero representa al mismo tiempo la miseria de los pueblos, como nuestros antecesores que no tenían Ley; representa también la postración de esa carne que no tuvo cómo defenderse de la injusticia y el paganismo.
De nada se enorgullecian tanto los romanos como de su derecho, por algo nos prohibían el Derecho; era una de sus grandes herencias a la humanidad. Pues bien, el Derecho Romano no fue capaz de salvar hasta un inocente, el Derecho Romano no tuvo fuerza para preservar de una injusticia a este pobre hombre, que no tenía otro título que el de ser hombre.
Donde quedó claro que el Derecho Romano, como especie de embajador de todas las instituciones del paganismo, era incapaz de dar vida, y preservar vida, y de conservar la paz, y de dar la libertad.
Si para ser defendido en el Derecho Romano se necesita algo más que ser persona humana, quiere decir que el Derecho es insuficiente y que esa institución, de la que se sentian tan orgullosos los romanos, era insuficiente.
De manera que la insuficiencia de la Ley judía, la insuficiencia del Derecho Romano, llevaron a la Carne de Cristo a sangrar, a estar destrozada, a despedasarce, y es la imposibilidad de palpar para admitir que esa sea la respuesta de Dios; y es la incapacidad de Pilato para admitir que ahí está la verdad, en Jesucristo; la doble imposibilidad de judíos y gentiles.
Se da la mano en esa Carne destrozada, aparece la miseria del que obra mal sabiendo y del que obra mal sin saber, y de ese modo, en la Carne despedazada de Cristo, se juntaron quienes no se querían, la mano del judío y la mano del pagano. Sí, esas dos manos fueron tomadas por la mano bendita, por la mano piadosa de Dios, esas dos manos fueron tomadas por las manos amorosas de Dios.
Y así el Cristo Crucificado, que reúne toda la tierra, porque todos los pueblos reconocen su miseria y se reúne todo el cielo para contemplar el marivilloso espectáculo de la piedad de Dios que salva a la humanidad. Por eso, quien quiera encontrar el centro del universo, que vuelva sus ojos hacia la Cruz.
Y ahí está en el centro del Corazón de Jesucristo, donde pasan todas las cordenadas del universo; en el centro del Corazón de Cristo Crucificado está el centro del amor de Dios, está el centro de la potencia de Dios y está el centro de las miserias de la humanidad. Él es nuestra paz, y vino y trajo la noticia de la paz, paz para nosotros, los de lejos, los gentiles, paz también para los de cerca, los judíos.
Así unos y otros podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu, y un mismo Espíritu es el que nos hace hermanos, y un mismo Espíritu es el que nos permite orar con una sola alabanza, con una sola confianza como miembros de un solo pueblo. Pero ahora debemos preguntarnos, ¿y esto cómo se puede aplicar a nuestro caso? ¿Cómo se puede aplicar esto ante la violencia que sufre el mundo? Por el plano también pequeño y humilde de las relaciones interpersonales.
Pues mira, la predicación de la Cruz existe y abunda la palabra paz, pero no llega a la realidad de la paz porque la paz necesita de la Cruz, si no aparece la Cruz, si no se levanta la Cruz de Jesucristo, si no se predica y se ama la Cruz de Cristo, si no se admira y adora la Cruz de Jesucristo, va formando uno su pequeño código, su pequeño manual.
Es que en el fondo el Derecho Romano es eso, es la gran recopilación de cómo nos duele a los seres humanos que otros nos hagan daño, eso es Derecho, hecho para defendernos.
Y así también empieza cada uno de nosotros, cuando no se levanta la Cruz de Cristo, cuando no se predica la Cruz de Cristo, cada uno va haciendo sus pequeños códigos y va empezando a juzgar a los otros a partir de sus propias cuentas, y entonces desde su código mira al otro en desacuerdo: "Con mi código eres un desgraciado y debes morir".
Una vez que se ha decretado la muerte así, es cuestión de tiempo, es cuestión de que llegue el dinero y las armas, y tendremos los atentados, y tendremos los ejércitos, y tendremos la violencia, pero es que la violencia empezó cuando yo tuve un código y por eso hay que atacar el código del corazón, hay que sacar egoístas. Revisar audio
Esos códigos hechos para defenderse uno, hay que atacarlos, ¿y cómo se atacan? Levantando la nueva Ley que nos trae Dios y que fue promulgada en la Cruz de Jesucristo. Esto quiere decir que nosotros hemos de predicar la Cruz de Jesucristo, escándalo para los judíos, necedad para los paganos, y sin embargo, tanto para los judíos como para los paganos es necesario, indispensable, para encontrar el don de la paz.
Nos falta algo que no lo vamos a predicar hoy, porque no se puede predicar toda la Biblia en una homilía. Nos falta aprender cómo predicar la Cruz de Jesucristo, necesitamos aprender la Cruz de Cristo, esta será la más grande revolución que puedan mirar, que puedan conocer nuestros hogares, que puedan vivir nuestras comunidades.
Con la bondad de Dios, con la gracia de su Espiritu, en algún momento, en alguna hora, Él nos dara las palabras y la enseñanza para que aprendamos a predicar la Cruz, y con ella la verdadera paz.