O234001a

De Wiki de FrayNelson
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Fecha: 19980910

Título: Invitados a no falsificar los sentimientos y a salir de nuestros propios intereses

Original en audio: 12 min. 21 seg.


Jesucristo, Nuestro Señor, habla al mismo tiempo con el realismo del que conoce esta tierra y las cosas de esta tierra, y con el ideal del que conoce el Cielo y las cosas del Cielo.

Consideremos nada más esa sencilla exclamación: "¡Amad a vuestros enemigos!" (véase San Lucas 6,27). Nos recuerda que tenemos enemistades, que tenemos enemigos, así como después nos dirá que, "hay quien nos odia, quien nos maldice, quien nos injuria" (véase San Lucas 6,27-28).

Ese es el realismo de quien sabe cómo es el ser humano. Ese es el realismo de la vida nuestra, donde le caemos bien a unas personas y mal a otras. Ese es el realismo de esta tierra, donde no es posible avanzar sin nunca pisarle los intereses a otro, o a otra. Y por consiguiente, esa es la vida nuestra.

Pero, cuando nos pide, "que amemos a nuestros enemigos y que oremos por los que nos injurian" (véase San Lucas 6,27-28), entonces ese mismo realismo se convierte en maravilloso ideal, ideal vivido en primer lugar por el mismo Cristo que, "amó hasta el extremo", -como nos dice la Escritura-, "a sus propios verdugos" (véase San Juan 13,1).

Muchas veces, en la experiencia como sacerdote, que sé que no es muy larga, pero tampoco será despreciable, he tenido que decirle a las personas: "¡No falsifiquen sus sentimientos!"

Por ejemplo, un caso concreto: una mujer que sufre por la infidelidad del esposo y siente odio hacia su rival, siente rencor, resentimiento hacia esa mujer que está a punto de destruir, o que incluso ha destruido ya el hogar que con tanto esfuerzo, con tanta ilusión y con tantos años, se estaba edificando.

Es ridículo decirle a esa mujer: "¡No! Usted no sienta lo que está sintiendo. Procure no sentir lo que está sintiendo. Haga de cuenta que no". Si hay alguien real en esta tierra, es Jesucristo. "Esa persona es una enemiga suya, y eso tiene todas las letras, "enemiga". ¡Es una enemiga suya!"

"Y ahora que sabe que es una enemiga, que además, seguramente, habrá practicado brujería, o lo que sea que es equivalente a este género de maldición, usted, de acuerdo a la enseñanza de Jesucristo, sin dejar de pensar y de caer en la cuenta de que se trata de una enemiga, ore por esa persona". "-Bueno, ¿y cómo voy a orar por mi enemiga, por la persona que me está destruyendo?"

Es que nosotros algunas veces creemos que la oración es solamente como el efluvio del sentimiento, es como lo que brote del sentimiento, es la idea protestante de oración, que se nos ha entrado mucho. ¡Hombre! Esa oración tiene su lugar, esa oración espontánea que nace así como del alma, que es como decirle a Dios: "Estos son mis sentimientos", éso tiene mucho valor.

Pero, lo más importante en la oración, como nos recuerda el Papa Juan Pablo Segundo en su obra, "Cruzando el umbral de la esperanza", es saber que es Dios el que tiene la iniciativa. Entonces, he aquí cómo puede orar una mujer por su rival, por su enemiga; porque es una enemiga.

Puede decir palabras como éstas: "Tú eres el único Creador y Dueño de todas las vidas. De ti sólo te pido, que tu voluntad se cumpla en la vida de esta persona. Te imploro, Señor, que sea tu querer y tu voluntad, no el mío, ni el de nadie, ni el de ella, que sea tu voluntad y tu querer, el que se realice en esa persona".

Fíjate cómo no hay que falsificar los sentimientos, no hay que ponerse a decir: "Dale bendiciones, conviértela,...". ¡No! Muchas veces, la única oración que uno puede hacer al principio, pero que es la más útil hasta el final, es pedirle a Dios que se cumpla su voluntad en la persona.

De este modo, nosotros no pecamos. No pecamos, porque no decimos mentiras sobre lo que estamos sintiendo. Y no pecamos, porque tampoco damos curso libre a nuestro odio, que en últimas nos destruye primero a nosotros antes que destruir a cualquier otro.

Una enseñanza más que nos trae esta lectura de hoy, está en aquello que nos dice Jesucristo: en salir de la lógica de la transacción. En alguna predicación decíamos, que el amor propio de la familia es muy bello, pero no es el amor más alto ni el amor más grande.

El amor de familia es hermoso. ¡Hermoso! Nos humaniza, es el nido del que hemos salido todos. Pero, el amor de familia no es el amor más alto. El amor de familia es un amor en la carne y en la sangre, y por lo tanto, es un amor con retroalimentación, es un amor con pacto de retroventa, es un amor de intercambio. No es el amor más alto.

Por eso, quienes transcurren su vida, sobre todo en las cosas de la familia, los niños, los nietos, el esposo, los vecinos, esas personas necesitan, -y eso es lo que nos ofrece Jesucristo hoy-, el llamado a un amor más grande.

Porque resulta que el amor de familia, la vida de familia y la vida de la ama de casa que no le hace mal a nadie, sino que le ha hecho mucho bien a sus hijos, es una vida muy meritoria, pero es una vida que puede estar marcada también por graves egoísmos.