Ao21004a
Fecha: 20020825
Título: Cuando Dios Padre y Dios Hijo se encuentran en nosotros
Original en audio: 13 min. 12 seg.
La pregunta que hace Jesús es la gran pregunta para este día: "¿Quién dicen ustedes que soy yo?" (véase San Mateo 16,15), una pregunta que no envejece nunca.
Hoy nos interpela, hoy nos atraviesa, hoy nos penetra con la misma fuerza que cuando fue dicha la primera vez. "¿Quién dices tú que es Jesús?" Y también hoy las respuestas serían muchas.
La gente de la Nueva Era habla mucho de Jesús. Dicen que Jesús es un maestro de la luz, es un hombre que alcanzó una perfección espiritual muy grande. Otros miran en Jesús al gran revolucionario, el que se opone a la clase dominante y llega hasta la muerte llevado por sus convicciones. Otros miran en Jesús a un místico, un poeta, un filósofo, un buen hombre.
"¿Quién es Jesucristo para mí?" Esta pregunta no envejece. Uno puede responder desde uno mismo, desde lo que uno encuentra en su propio corazón. Pero el evangelio de hoy nos quiere llevar más allá de nuestro propio corazón.
La respuesta más perfecta no es la que da nuestra naturaleza. La respuesta grande sucede cuando una voz, salida de nuestras entrañas, salida de lo más profundo, pero una voz que viene en realidad del Cielo, nos permite decir: "Tú eres el Mesías, tú eres el Ungido, tú eres el Cristo, tú eres el Salvador".
Esa voz, que nace de adentro, pero que como decía San Agustín, "está más adentro de nosotros que nosotros mismos", esa voz profundísima, no es otra sino la voz del Padre, que por el poder de su Espíritu se adueña de nosotros, en una llamarada nos recorre de abajo a arriba y nos permite exclamar: "¡Tú eres el Señor!"
Nadie puede decir que Jesús es el Señor, nadie lo puede decir, si no es por ese poder, si no es por esa llamarada del Espíritu, que permite que la voz del Padre brote de nuestros labios. Con nuestra naturaleza humana, solamente vemos en Jesús a una persona inteligente, a una persona coherente, a una persona valiente, a una persona hermosa; hasta ahí ven nuestros ojos. Necesitamos del auxilio, -como lo necesitó Pedro-, del Espíritu, para que se deje oír esa voz que está más adentro de nosotros que nosotros mismos.
Nosotros, hermanos, somos imagen de Dios, imagen viva de Dios. Dios se puede ver adentro de nosotros. Adentro de nosotros, Dios mismo puso su imagen y no una imagen muerta, sino una imagen viva. La mirada de Papá Dios, la voz de Papá Dios, está allá, porque nosotros somos imagen de Él.