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Fecha: 20020821

Título: Dios nunca se detiene

Original en audio: 11 min. 3 seg.


Hermanos:

Hay una primera relación que encontramos entre la primera lectura y el evangelio en el día de hoy.

La lectura de Ezequiel nos habla de un Dios, que compadecido de la suerte de su pueblo, sale en búsqueda de sus ovejas. Es el Dios que nos ha dicho: "Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas" (véase Ezequiel 34,11). Un Dios, que finalmente no queda detenido, no queda frenado por la ineptitud de sus pastores.

Y en el evangelio nos encontramos también a un Dios en búsqueda, un Dios que sale a buscar los jornaleros para su viña. Por eso, el primer tema que tenemos que meditar en el día de hoy, es el de ese Dios en búsqueda, Dios que sale a buscarnos.

Hubo por allá en el siglo dieciocho y luego ha tenido sus prolongaciones, una ideología llamada teísmo. Es la posición de aquellas personas que reconocen que hay un Dios, que saben que existe un Dios, porque finalmente hay que admitir una causa última para el universo.

Admiten que hay un Dios, algo así como el primer cimiento de todo lo que podemos conocer y de todo lo que podemos imaginar, un Dios que debe ser como una gran inteligencia, una fuerza portentosa y no más; un Dios que en el fondo, está bastante lejano de la historia humana.

Pues las lecturas de hoy, son lecturas que rechazan, lecturas que superan, lecturas que derriban la idea del teísmo, derriban la idea de ese Dios simplemente origen, comienzo, pero lejano, ajeno, independiente, demasiado ocupado en sí mismo para tener el cuidado, para prestar atención a la suerte de los hombres.

En el fondo, el Dios en el que podía creer Aristóteles, era ese Dios, un Dios que no se rebaja a pensar nada menor que sí mismo. Y como estos pequeños seres humanos tienen tantas falencias y tienen tanta suciedad, según el Dios de Aristóteles, según Aristóteles, no son dignos de ser pensados por Dios. Eso no significa que no podamos aprender algo de la reflexión de Aristóteles con respecto a Dios.

Pero decididamente, hay que decir que ese Dios, el Dios que considera indigno pensar en los hombres, ése no es el Dios nuestro. El Dios nuestro es el que sale en búsqueda de las ovejas descarriadas y sale en búsqueda de los jornaleros de la viña.

Nuestro Dios no es un Dios muerto ni un Dios distraído, ni un Dios abstraído en sus propias consideraciones. Nuestro Dios es un Dios vivo, es el Dios que se pone en camino, es el Dios que hace historia con nosotros. Esa primera enseñanza debe quedarnos muy clara, porque claramente nos la ha dicho la Palabra.