O196001a
Fecha: 19960817
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Original en audio: 5 min. 49 seg.
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Las palabras que nos dice el Señor por el Profeta Ezequiel son fuertes. No es que los hijos paguen las consecuencias, no es que los hijos sean responsables, digo mejor, no es que los hijos sean responsables de los pecados de los padres.
Y dice: "El que peque, ese moriirá. Si un hombre es justo, ese vivirá, Y si engendra a un hijo que comete abominaciones, el hijo morirá y el padre vivirá" (véase Ezequiel 18, ).
Esta doctrina prácticamente es nueva dentro del Antiguo Testamento, cuando hace su aparición con el Profeta Ezequiel. Es conocida como la enseñanza de la responsabilidad personal.
Aveces ponemos más de la cuenta el peso que el pasado ha tenido en nuestras vidas: "Claro, si yo vengo de una familia con tales condiciones", o "yo vemgo de un país o de una cultura...", "es que los colombianos somos así, y entonces pues claro, yo de ahí, ¿qué púede salír de ahí?" "¿Acaso de Nazareth puede salir algo bueno?" (véaseSan juan 7,41).
Entonces uno desprecia de pronto sus propios orígenes o los orígenes de otras personas. Ya se tate de raza o de cultura, o de familia, o de padre, o de madre, Ezequiel nos está enseñando que ese no es el condicionamiento último de la persona.
Esta enseñanza es un poquito drástica, sobre todo porque está expresada en ese lenguaje medio jurídico que a veces utiliza Ezequiel, ese lenguaje de: "Este vive", "este muere", "este se condena", "este se salva"; es un lenguaje que a veces suena brusco a nuestros oídos.
Pero no podemos quedarnos solamente en un Dios que llevara las cuentas a ver quién se salva y quién no se salva. El mismo Dios que es nuestro Juez, ese mismo Dios es nuestro Salvador. Y por eso son fundamentales y absolutamente importantes las palabras que dice el Profeta: "Descargáos de todos los crímenes que habéis cometido contra mí; hacéos un corazón y un espíritu nuevos. Yo no me complazco en la muerte de nadie, sea quien sea". Cnvertíos y vivid" (véase Ezequiel 18,31-32).
El mismo Dios que es justo y que hará justicia de cada persona según cada una de sus obras, el mismo Dios que es justo, que no es ningún tonto, que se da cuenta de todo, que sabe lo que le ha dado a cada quien; ese mismo Dios que conoce lo profundo del corazón humano, "el único que escruta las entrañas" (véase Jeremías 17,10), según nos dice Jeremías, no está ahí solamente para juzgarnos.
Si conoce lo profundo de nuestras heridas, de nuestras decepciones y frustraciones, no es solamente para juzgarlas, un día las juzgará, pero hoy las conoce para sanarlas, hoy las conoce para invitarnos a convertirnos. Si hoy sabe de nuestras miserias, no es para echárnoslas en cara, sinio más bien para que salgan de nuestra vista, para que noi tengamos que esconder más nuestras incredulidades, nuestras idolatrías.
Para que dejemos de estar de pelea con Él y podamos entender que el día del juicio es otro día; "hoy es el día de la salvación" (véase 2 Corintios 6,2), como nos dice San Pablo. "En el tiempo de gracia te escuché, en el día de la salvación te ayudé" (véase 2 Corintios 6,2). Pues bien, hoy es el día de la salvación, este es el tiempo de la gracia.
Mientras caminamos en esta tierra, no es un tiempo para andar renegando de que Dios un día hará tal o cual cosa; mientras vamos de camino, mientras somos peregrinos en esta tierra, es tiempo para valorar el tiempo. Este es un tiempo para saber lo que vale el tiempo, es un tiempo para decir: "No puedo seguir desperdiciando mi vida; es el momento y es la hora de volver a Dios;a hora de creer en ese que hoy es mi Salvador".
y precisamente, porque a lo largo de la vida te da tantas y tan altas y tan hermosas oportunidades de salvación y de conversión, pues aquel que desprecie todo eso ya está juzgado. Así lo dice Cristo: "El que no crea, -después de todo eso-, el que no crea; desués de todas esas ternuras, el que se resista, pues ya se juzgó a sí mismo".
Pero fue él el que escogió la muerte, porque Dios dice: Yo no me complazco en la muerte de nadie, sea quien sea. Convertíos y vivid (véase Ezequiel 18,32).
Pues volvamos a Dios de todo corazón. El nos pide que nos hagamos un corazón nuevo y que tengamos un espíritu nuevo. Pero Él mismo sabe que sólo Él puede renovar el corazón, y sólo Él puede dar el espíritu.
Pues que el amor de Cristo en la Eucaristía, al recibirlo en la Sntísima Comunión, renueve nuestro corazón, y que ese abrazo de amor que es Cisto cuando comulgamos, nos otorgue el espíritu nuevo, un espíritu de verdaderos hijos de Dios, un espíritu capaz de reconocer, en el que será nuestro Juez, nuestro Savador.