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Fecha: 20020729

Título: Dios nos muestra la ridiculez de nuestro pecado

Original en audio: 4 min. 42 seg.


Hermanos:

La acción que Dios le pide realizar a Jeremías con la historia del cinturón, es una cosa tan absurda, que a uno le queda como grabada en la mente de lo mismo ridícula.

Pero esa ridiculez, esa acción extraña, también es un mensaje para nosotros. Dios le pide que haga un cinturón de una tela muy buena. Pero no va a ser un cinturón para ceñírselo a la cintura, sino un cinturón para esconderlo entre las piedras.

¿Para qué sirve un cinturón metido en las hendiduras de las piedras? Para nada. Únicamente, para dañarse. Es decir, ese no es el uso, ese no es el sentido del cinturón. Pues bien, ahí hay una enseñanza. El lugar propio del cinturón es alrededor de la cintura. El lugar propio de Israel es alrededor de Yahvéh, alrededor de su Dios, pegado a su Dios.

Pero este cinturón, que es la Casa de Judá, no se ha pegado a su Dios, sino que se ha ido a meter en las hendiduras de las peñas. Y eso es ridículo. Mas, en la ridiculez de esa acción, vemos la ridiculez de nuestro pecado, porque nosotros también dejamos los caminos de Dios y buscamos cosas absurdas, cosas que no nos van a hacer bien, cosas que no nos ayudan.

Además, se trata de las hendiduras de las piedras en el río Éufrates. Este río, tantas veces mencionado en la historia del Antiguo Testamento, es el río que sirve de frontera natural para el gran Imperio de Babilonia. Allá, metido entre las peñas del río Éufrates, ese cinturón no puede esperar otra cosa sino dañarse, sino podrirse. Es el destino que ha buscado.