Smag001a

De Wiki de FrayNelson
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 19970722

Título: Santa María Magdalena, la Apóstol de los Apóstoles

Original en audio: 14 min. 53 seg.


La celebración del día de hoy, presenta ante nuestros ojos a una Santa extrañamente popular, por lo menos en los orígenes de la Iglesia.

Yo pienso que con María, llamada Magdalena, por la región de donde era procedente, Magdala, María Magdalena es como aquella que para tantos cristianos es San Francisco de Asís. Quienes hemos tenido un pasado del cual arrepentirnos, cuánto nos alegramos leyendo la vida de San Francisco, y viendo cómo de esos lodazales, Dios hizo tan hermosa escultura, tan precioso Santo.

Estos Santos, como Francisco, como Agustín, como San Pablo, como Santa María Magdalena, nos hacen tan visible, nos hacen tan patente la gracia de Dios, que al mismo tiempo nos dejan como sin excusas. Porque la gracia que obró en ellos y el Dios que obró en ellos, no es menos Dios ni es menos gracia en nuestras vidas.

Ayudó también a la popularidad de Santa María Magdalena, una pequeña confusión. Pensaron muchos, que María Magdalena era la misma María de Betania; es decir, la hermana de Marta y Lázaro. Por eso, el pueblo cristiano se maravillaba pensando, cómo aquella que estuvo tan hondamente incrustada en las garras del demonio, luego está ya sosegada, ya pacificada y llena de profundo amor, escuchando las Palabras del Maestro.

Prácticamente, en la figura de María Magdalena, se recogieron los testimonios de los Evangelios, que hablan de una serie de Santas, o por lo menos, de mujeres piadosas. Se veía en ella también, a aquella pecadora, que llorosa lavaba los pies de Cristo con sus lágrimas y las secaba con sus cabellos. Se veía además en ella, a la que derramó perfume sobre la cabeza del Señor, días, o si digo mejor, horas antes del suplicio de la Cruz.

En realidad, la información que tenemos estrictamente de María Magdalena, no es tan amplia, y hoy, a la luz de los datos escriturísticos, no podemos reunir tan fácilmente todas estas figuras femeninas bajo ese mismo nombre.

Pero tampoco es necesario, o mejor, tampoco es indispensable reunirlas. Sabemos de hecho, que Jesús la libró del poder de Satanás. Ella, en cierto sentido, es como una imagen de lo insaciable del corazón humano y especialmente, del femenino.

El demonio, en mala y triste hora, había aprovechado esta circunstancia, esta condición de esta mujer insaciable en su deseo de infinito, para llenarla de males y males, amontonando desgracias, pecados, y seguramente también, obscenidades y vulgaridades.

El Evangelio dice expresamente, que fue a ella a la que "Cristo libró de siete demonios" (véaseSan Marcos 16,9; San Lucas 8,2). Debemos entender este número siete, no tanto en el sentido matemático, como si hubiera habido siete exorcismos, en un séptuple exorcismo, sino seguramente, en su sentido simbólico y profundo.

Tener siete demonios, es estar completamente endemoniada. Porque el número siete en la Sagrada Escritura, alude siempre, o casi siempre, a la plenitud de algo. Sabemos entonces, que ella fue rescatada del poder del demonio.

Y Lucas la nombra así, con su nombre propio, cuando dice que "había mujeres piadosas que acompañaban a Cristo en su misión evangelizadora" (véase San Lucas 8,2-3). También la nombra de este modo, con su nombre propio, el Evangelista Juan en el pasaje que la Iglesia nos regala en este día de la celebración de María Magdalena.

Pero en esa relación entre María Magdalena y Cristo, mentes torcidas han inventado historias queriendo empañar, o queriendo ocultar las maravillas de Dios bajo el fango de las sospechas de la carne.Y bien sabemos nosotros ya, que en la Sagrada Escritura, carne alude no solamente a sexo.

Aunque son sólo conjeturas de mentes que ven todas las cosas como son ellas, que inventan este tipo de historias muchas veces blasfemas, hay algo de cierto, y es que el amor de María de Magdala tenía que ser purificado.

Dicen los autores espirituales, que tres son los enemigos del alma: el demonio, el mundo y la carne. No parece que a esta Magdalena le interesara mucho el parecer del mundo. No parece que tuviera mayor gusto o preocupación por las vanidades, o por las glorias de esta tierra. Probablemente, su fragilidad no iba tanto por ese lado.

Pero sí había sido herida, y seriamente herida por el ataque del demonio. De ese ataque había sido liberada por Cristo, con lo cual estoy sugiriendo, que probablemente la misma que fue sanada por Jesús de las tinieblas de Satanás, es decir, del poder del demonio, necesitaba además de esa liberación, un camino pedagógico para ser purificada de su propia carne. Son dos cosas distintas.

A pesar de que la liberación de Satanás, con toda seguridad se dio de manera breve, casi instantánea, -realmente la Escritura nunca nos presenta exorcismos largos de Cristo; todos son muy breves; a una orden del Señor huye el enemigo y se cumple a la letra lo que dice el Salmo aquel: "Se levanta Dios y se dispersan sus enemigos. Huyen de su presencia los que lo odian" (véase Salmo 68,1)-, aunque esa liberación del demonio, seguramente es instantánea, el camino de la purificación en Magdalena, requería de muchísimo más tiempo.

Esto no debe extrañarnos. Más bien, debemos agradecerle a Cristo que no aplastó el amor de esta mujer, que no pisoteó los sentimientos ni las fragilidades de ella. Tampoco, evidentemente, dio ninguna esperanza a nada que no fuera en Dios. Pero la condujo, la supo conducir, la supo llevar. No la aplastó, no la derrumbó, sino la guió.

Lo que nos presenta precisamente el evangelio de hoy, es el epílogo hermosísimo de ese camino pedagógico, en el que Cristo fue llevando a María de Magdala. En efecto, ella se acerca al sepulcro y llora. Es propio de la carne el llanto. Nuestra fragilidad, incapaz de expresarse muchas veces con el vigor de la palabra, tiene que expresarse con la debilidad de las lágrimas.

Y esto ya no ha de ser visto como pecado, ni siquiera como intercesión, puesto que vemos también a la Carne de Cristo llorar sin llanto, por ejemplo, cuando se acerca a Jerusalén.

María llora ante el sepulcro, pero el sepulcro está vacío. Ese llanto de María de Magdala es como una imagen de la esterilidad de la carne dentro de sus propios límites. El mismo Cristo ha dicho en el capítulo seis de Juan: "La carne no sirve para nada" (véase San Juan 6,63).