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Fecha: 20001129

Título: Persecucion a la Iglesia

Original en audio: 10 min. 24 seg.


Hermanos:

Indudablemente en estos textos finales de los evangelios, cuando Cristo se refiere al final de su propia vida, al final de Jerusalén y al final de la historia humana, porque esas tres cosas van relacionadas indudablemente en esos textos, el dramatismo alcanza sus cuotas más altas.

Tiempos de persecución, tiempos de confusión, tiempos de angustia, de desconcierto, qué clase de tiempo tendremos que esperar, hasta nuestros padres, hermanos, amigos os traicionaran y matarán a algunos de vosotros ¿Cuándo llegará este tiempo? ¿Será en nuestra época? ¿Será después?

Es todo esto solamente un lenguaje figurado de que nos habla Cristo con estas palabras, capaces de preocuparnos, entregados a los tribunales, a la cárcel, textos como para dar testimonio ante los reyes y gobernadores.

Yo creo que debemos enseñar que la mayor parte de estas palabras se van a cumplir así, esto no es puro simbolismo. Ya en la historia de la Iglesia ha habido momentos de persecución, todavía no la gran persecución, todavía no la última persecución, pero ya a habido estos momentos y se ha visto esta angustia y se ha visto que si es posible que se de esa traición y se ha visto que si es cierto que van a matar y que han asesinado a muchos de los seguidores de Cristo.

Este año tuve oportunidad de participar de una oración muy singular en la basílica de San Juan de Letrán en Roma, una oración en el contexto de la semana santa, organizada por una comunidad - un movimiento laical, la comunidad de San Egidio que es tan conocida y tan amada en Roma, objetivo de esa oración, recordar los que han muerto por Cristo en el siglo XX, los martires. Y realmente en esa basílica repleta, yo creo que muchos tuvimos la sensación, conmovedora, impresionante, de sentir que desde la cruz de Cristo hasta el retorno de Cristo, hay un hilo de sangre que atravieza la historia humana, que cosa.

Continente por continente, casi país por país, se iba recordando gente que ha muerto por Cristo, cristianos que han muerto luchando por la justicia, cristianos que han muerto luchando, por lograr la paz entre tribus, entre etnias, cristianos que han muerto a manos de fundamentalistas o de fanáticos, cristianos que han muerto por regímenes totalitarios, cristianos que han muerto en condiciones de tortura y de cárcel.

Uno no se imagina que se pueden pasar dos horas o algo más que duró esa oración, solamente oyendo los nombres, los países de las personas que han muerto por Cristo y después de una serie, por ejemplo, de un continente, nos poníamos de pie y hacíamos un rato de canto pidiéndole al señor misericordia; cantábamos entonces gente de todos los países, bueno, de muchos países del mundo, de todos los continentes, cantábamos según ese antiguo y tradicional invocación Kyrie Eleison: “Señor misericordia, Señor ten piedad”

Y esa es la imagen que viene a los ojos ante las lecturas del día de hoy, porque aquí se nos habla de una gente que canta: “Vi una especie de mar de vidrio veteado de fuego; en la orilla estaban de pie los que habían vencido a la fiera, a su imagen y al número que es cifra de su nombre; tenían en la mano las arpas que Dios les había dado. Cantaban el cántico de Moisés, el siervo de Dios, y el cántico del Cordero” (véase Apocalipsis 15, 2-3.


Nosotros sentimos varias veces en esa liturgia magnífica en San Juan de Letrán, que no costaba trabajo dejar brotar las lágrimas pensando cual es el precio por el que se difunde la fe en los caminos de la historia humana. Muchas veces esas lágrimas eran de alegría de pensar que así como nosotros cantábamos en la tierra, seguramente ellos eran de estos artistas, porque ellos vencieron a la bestia, porque ellos son del Cordero.

Otras veces, esas lágrimas eran de vergüenza, cuanto tiempo perdemos, que escaso nuestro amor, es impresionante en esa lista de oro, en esa lista de muerte, muchos de los cuales serán canonizados, beatificados en las décadas que vengan, es impresionante en esa lista encontrar tantos nombres de de personas que día a día crecieron en amor, verdad que si la iglesia necesita volverse hacia los mártires, porque una Iglesia sin persecución, una Iglesia que no es atacada, es fácilmente una Iglesia que se duerme.

Que tristeza nos despierta más la persecución que el amor, debería mantenernos en vela y debería mantenernos ardientes el amor, como los serafines, aquellos ángeles que se llaman precisamente así, porque en hebreo esa palabra significa los que arden, los ardientes, debería ser el amor el que nos mantuviera en pie, pero parece que a veces el amor necesita el acicate, el aguijón de la persecución.

Hubo nombres de colombianos también ahí: aquel padre asesinado cerca del santuario de Buga por algún medio loco, medio fanático, el padre Pedro Claver y cómo olvidar aquel obispo de Arauca. Decía uno de nuestros padres, el mejor predicador que yo halla conocido en tierras difíciles, hasta el testimonio de la sangre.

Realmente, necesitamos de la sangre, necesitamos ver el rojo de la sangre de Cristo y recordar con veneración a nuestros hermanos que mezclaron su sangre con la sangre del cordero, necesitamos recordar a menudo que ese es el precio de la salvación, necesitamos recordar a menudo que ese es el tamaño de amor que el espíritu le ha dado a algunos y necesitamos recordar que en el desenlace final de la historia, como nos lo dice el evangelio: “Será una generación inmensa de mártires, la que testifique frente a la bestia, la que testifique frente al mundo que Dios merece ser amado por encima de todas las cosas”.


Este testimonio elocuente de los mártires, que tanta sangre derramada con tanto amor, ayude en este momento de nuestra vida. Siempre en la Misa, antes de cantar el santo, decimos, que nos asociamos a los ángeles y a los santos, los mártires fervorosos y ardientes en el amor, vienen a nuestra capilla, se unen a nuestros corazones de pronto tibios, de pronto negligentes, de pronto indiferentes, yo creo que si nosotros nos pegamos a ellos, seguramente podremos sentir algo de su fuego y renovar nuestro amor al señor y nuestro deseo de servirle por encima de todo y de todos, porque el merece la gloria y el amor por los siglos.

Amén