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Fecha: 20041127

Título: Somos llamados al combate.

Original en audio: 32 min. 15 seg.


Hermanos:

Este es el último día del año litúrgico. Hoy estamos terminando un largo recorrido que iniciamos precisamente hace un año. Y como acabamos de escuchar, el anuncio final es anuncio de victoria. El evangelio es muy claro: habrá combate, pero también es muy claro: habrá victoria.

Nosotros que somos llamados al combate, somos llamados también a la victoria. Y en un lenguaje profundamente profético, lleno de símbolos que tienen su raíz en el Antiguo Testamento, la primera lectura nos presenta también la victoria: "un altar del que brota un río, agua de vida que riega para beneficio de todas las naciones salud, paz, libertad. El trono de Dios y del Cordero estará en la ciudad, contemplará su rostro, llevarán su nombre en la frente". (véase Apocalipsis 22,1-5)

Esta es la hermosa visión de paz y de victoria que nos presenta esa primera lectura. Contemplar el Rostro de Dios, pertenecerle, estar tatuados por El.

Yo creo que la gente de nuestra época necesita saber que pertenece a algo, por eso se han puesto de moda los tatuajes en todo el mundo.

La gente escribe en su piel, por ejemplo, el nombre de la persona que ama. Hoy los médicos recomiendan que eso no se haga, porque causa una herida muy grande tener el nombre tatuado de alguien que ya no me ama, y hay personas que han tatuado así el nombre de quien amaron, pero que ya no existe.

Nosotros, en cambio, creyentes en el señor Jesucristo queremos tener tatuado en nuestro corazón, escrito en nuestra frente; queremos que esté grabado en nuestra vida, que con la tinta indeleble del Espíritu, se deje leer: "soy de Jesús, pertenezco a Jesús, El me adquirió, a El pertenezco, de El soy". Ese es el mensaje que nosotros tenemos para contar a las naciones.

LLevar grabado el nombre de Jesús es la manera sencilla de entrar en el combate. Que se te note que eres de Cristo y ya con eso tendrás bastante para combatir, no importa cuál sea tu ciudad, tu país, tu profesión; no importa si eres hombre o mujer, casado o soltero, si estás enfermo o con buena salud; lleva el nombre de Jesús y ya sabrás bien pronto lo que significa combate.

Incluso dentro de la misma Iglesia, incluso dentro de los mismos ordenados. Estoy rodeado por un grupo de sacerdotes que amo entrañablemente en el nombre de Jesús, con varios de estos amigos nos hemos conocido en otras latitudes o nos hemos visto aquí mismo. Y yo puedo dar fe que estos hombres que ustedes pueden ver aquí serenos y sonrientes y felices han tenido que pasar muchas dificultades; antes de estar aquí alentando con su fe, con su palabra y con su alabanza todo lo que nosotros creemos, hermanos, porque ellos, apostando por Jesucristo, han entrado en el combate.

Y el combate que mis hermanos sacerdotes han tenido que librar, muchas veces en combate dentro de las mismas instituciones de la Iglesia. Han tenido que soportar burlas de otros sacerdotes, descalificaciones, sarcasmos; han tenido que perder privilegios y que ser contados como basura: tú que no sabes, tú que no entiendes, tú que únicamente sirves para manotear, tú quédate allá. Los puestos de importancia serán para otros, serán para la gente seria, serán para la gente estudiada, respetuosa o de pronto aduladora.

Esta es una realidad que a veces acontece en la misma Iglesia Católica, y estos son sufrimientos que muchos de estos sacerdotes jamás pueden decir, porque ellos entienden que tienen sus sufrimientos crucificados con el mismo Cristo en la Cruz; están uniendo su propio dolor al dolor de Cristo, pero yo quiero que hoy se sepa que muchos de estos hombres han sufrido mucho, porque llevan tatuado el nombre de Jesús, porque han apostado por la libertad de los hijos de Dios, porque han creido que la acción del Espíritu Santo puede transformar al pueblo de Dios. Y por eso yo pido amor y aplauso para nuestros sacerdotes.

Desde luego, yo no estoy diciendo que todos los buenos sacerdotes están únicamente en la Renovación Carismática Católica, ni estoy dieciendo que todos los sacerdotes que trabajan y están o estamos apoyando a la Renovación Carismática seamos los mejores o los más santos, ninguna de las dos cosas es cierta, lo que quiero destacar es: todo aquel que lleve grabado el nombre de Jesús, como dice el Libro Eclesiástico el el capítulo segundo, que se prepare para las pruebas, que se prepare para el combate.

La Sagrada Escritura nos invita a combatir, hermanos, y el que combate, el que entra en la batalla recibe heridas, esto no nos debe extrañar.

Una vez hablé con un sacerdote que tuvo el privilegio de estar cenando junto con nuestro Papa, cenando con el Papa Juan Pablo II. El Papa acababa de terminar una larga audiencia después de una visita, y usted sabe cómo es aquello y el amor que la gente tiene por su Papa; y decía este sacerdote que tuvo muy cerca al Sumo Pontífice: vi que el Papa tenia las manos y los brazos marcados por las uñas de muchas personas que en su afán de tocarlo también lo rasguñaban.

Hermanos, el que quiere servir se expone a eso, a que lo rasguñen, a que lo hieran. Nosotros en la Renovación Carismática predicamos siempre el poder del Señor para sanar, pero hay quie tener en cuenta que si el Señor nos sana, no es para que nos quedemos cómodos y tranquilos, metidos en nuestra burbuja de cristal, olvidados del mundo que sufre; si el Señor te sana es para que tú tengas vigor para entrar en el combate, porque hay dos clases de heridas en la vida: hay unas heridas que uno recibe y que uno no entiende y son las heridas que se dañan, que se infecta; son esas heridas que llamamos los resentimientos, por ejemplo, las envidias o las amarguras.

Esas clases de heridas tienen que desaparecer del corazón; esas heridas no le gustan a Dios. Pero hay otra clase de heridas, como esas que tenían las manos del Papa después de saludar a miles de personas. Esas heridas como las que puede tener el corazón de un sacerdote que ha apostado por la libertad del Espíritu Santo a pesar de las burlas de otros sacerdotes, o las heridas que tú mismo seguramente tienes cuando debes sosportar que otros, por ejemplo tus amigos, te descalifiquen.

Esa segunda clase de heridas, esas otras heridas que son las heridas que recibimos en el combate, esas heridas son bellas, esas heridas sos santas, esas heridas son hermosas, esas heridas se parecen a las llagas de Jesús en la Cruz. ¡Bendito quien tenga esas heridas, bendito quien las reciba!

Y te voy a decir un poco más: imagínate, Dios nos libre, pero imagínate que nuestro país entrara en combate con otro país, Dios nos libre, jamás suceda eso, que Dios nos aleje el estigma y la peste de la guerra de todas las naciones, pero si una cosa así sucede y si un grupo de soldados, por ejemplo, tiene que entrar en la batalla, y todos vuelven del frente de batalla, ¿qué esperas tú encontrar? Pues gente que está herida y tal vez mal herida.

Imagínate que todos vuelven y unos están terriblemente sangrando y otros están golpeados, algunos incluso han perdido partes de su cuerpo, y llega un soldado tranquilo, con la piel entera, muy bien bañado y afeitado, no le ha sucedido nada. Explicación: nunca fue al frente de batalla, siempre se cuidó, fue un cobarde y dejó que los otros fueran allá a matarse, mientras él trataba de cosechar los méritos sin entrar en las luchas.

Te puedo asegurar que tú cuando miras a esos héroes del combate con sus heridas y con su sangre tú entiendes el valor que tienen esas heridas y esas llagas. Mientras que la piel entera, esa piel inmaculada del soldado recién afeitado que nunca salió del cuartel porque quería guardarse y que desobedeció y que no entró en el combate, esa piel entera del soldado te repugna, porque es señal de cobardía y de egoísmo.

Pues yo quiero decirte que los que estamos en combate cuando se trata de la causa del Evangelio, los que estamos en combate somos todos; y los que estamos en combate por la causa de Jesucristo somos todos y todos significa todos, empezando por los niños y terminando en los mayores.

Porque bendita nuestra Santa Iglesia Católica. Bien tenemos memoria de mártires desde la tierna edad de los once y doce años, como Santa Inés mártir, hasta la edad venerable de los ochenta y tantos años, un San Policarpo que fue quemado vivo a esa edad.

Aquí no tienen que ver la edad, no tiene que ver si estás enfermo o estás sano; aquí lo que tiene que ver es que estamos en combate y que si vamos a entrar a este mundo, que significa a este combate, cuando nos presentemos ante los cielos, !ay de aquel que tenga su piel enterita, porque fue un cobarde, porque fue un egoísta! !Ay de aquel!

Yo vi un cuadro una vez, impresionante, impresionante, hermanos. Como figura impactante, casi repugnante, ¿Qué representaba el cuadro? El estado final de uno de los grandes mártires de la Iglesia Católica en el siglo XX ¿su nombre? Maximiliano María Kolbe, su fiesta se celebra el catorce de agosto.

Como ustedes saben, Maximiliano María Kolbe se ofreció para reemplazar a un condenado a muerte. Esta historia sucedió en el campo de concentración de los nazis en Auschwitz . Allá Maximiliano se ofreció para dar su vida por un condenado, porque ese condenado a muerte tenía familia y Maximiliano que era sacerdote dijo: " Yo no tengo esposa ni hijos, me ofrezco a morir en lugar de él". Y le aceptaron la oferta.

¿Pero sabes cómo era la muerte? La muerte no era un pelotón de fusilamiento, la muerte no era una descarga eléctrica, la muerte era meterse a su calabozo a morirse de sed y de hambre en un infierno de días y días sin descanso. A esa muerte se sometió Maximiliano María. Y lo que representaba el cuadro que le cuento es cómo quedó su cuerpo después de de cerca de diez días sin comer nada y sin beber nada; era un horrendo cadáver que finalmente no murió de eso, lo nazis impacientes porque este sacerdote no se moría después de que sus compañeros de cautiverio habían muerto todos, le inyectaron veneno en las venas para acabar con ese hombre.

El cuadro representaba cómo había quedado el cuerpo de Maximiliano María después de haber sido torturado de esa manera y de que se le hubiera inyectado el veneno. Desde luego no es una imagen agradable no, no puede ser agradable la manera como quedó el cuerpo de ese hombre; no es agradable a los ojos de este cuerpo nuestro, no es agradable a los ojos del mundo, pero te puedo asegurar que cuando ese cadáver se deshacía en esta tierra y dejaba para siempre la prisión de los nazis, se habrían con júbilo las puertas del cielo y se recibía con cantos de gozo al mártir de Dios.

Y con eso, ¿qué te estoy diciendo? Que si nosotros queremos ser tatuados por el nombre de Jesucristo, es para entender que entramos en combate y si entramos en combate nos es para llegar con la piel enterita y linda y con la mente tranquila, no, nuestra herencia tendrá que tener una parte de lo que tuvo Cristo, porque no le sobran a las Escrituras la palabras de San Pablo en la Carta a los Colosenses: “Yo completo en mi cuerpo lo que falta a la pasión de Cristo”. (véase Colosenses 1,24).

Eso significa que el que quiera servir al Señor especialmente si quiere consagrarse totalmente a El como religioso, como misionero, como sacerdote, bueno, tantos caminos, tantas vocaciones santas. Si quieres entregarte radicalmente al Señor, prepárate para ser un Cristo, para ser un Maximiliano María; prepárate para que tú piel también sea rota, tal vez; prepárate para llegar así con las heridas del combate. Te puedo asegurar que esas llagas que tú sufras por el honor de Jesucristo, sea en tu cuerpo o en tu alma, son llagas bellísimas que los Ángeles Santos de Dios se acercarán a besar con amor.

A eso has sido llamado, hermano, a luchar por Dios, a gastarte por Dios, a incluso recibir heridas por El; esas son las señales de amor. Por eso cuando vamos llegando, hermanos, al término de este maravilloso encuentro, y cuando hablamos de ser mensajeros de paz, entendamos cuál es el precio de predicar la paz. Nadie mejor nos puede recordar lo que significa que un hermano dominico, un religioso que no fue sacerdote, San Martín de Porres. San Martín de Porres está en la Lima del siglo XVII. Era un mensajero de paz. Y hay una historia muy sencilla que muestra cómo él predicaba la paz.

Yendo por la calle se encuentra a un par de hombres que estaban en una tremenda pelea por no sé qué causa. No soportando sus ojos que se sucediera esa violencia trató de apaciguar al uno y luego al otro y trato de hablarles; ambos al parecer ya le conocían, él trato de evitar la pelea, pero los otros estaban tan encarnizados en la lucha que uno de ellos lanzó un tremendo puñetazo que no calló en la cara el oponente, sino en la cara del Santo religioso.

Martín con ese tremendo golpe dio por tierra y sólo en ese momento los dos que estaban peleando se dieron cuenta de lo ridículo de su situación y de lo que acababan de causar, entonces ambos, deponiendo la ira, se acercaron al religioso moreno, a San Martín, le pidieron disculpas, y el hermano dominico sangraba del tremendo puñetazo que había recibido y en medio de la conmoción y del golpe que acababa de recibir, dijo: “pero la pelea se acabó”, la paz llegó, lo logró, pero mira a qué precio.

Más de una vez nosotros como mensajeros de paz, nosotros que queremos predicar la fuerza de la reconciliación, nosotros que queremos anunciar el poder de la misericordia, pero que al mismo tiempo sabemos que eso implica ensuciar todas las letras de la palabra justicia; nosotros queremos anunciar que la justicia es el camino a la paz, pero que el perdón y la reconciliación son la única senda que nos llevará a esa justicia.

Nosotros vamos a recibir mucha oposición. Algunas veces esa oposición se limitará a un chiste flojo, pero otras veces, hermanos, puede ir mas allá puede llegar a la amenaza, puede llegar a la descalificación, puede llegar a la marginación y puede llegar a la violencia incluso. Durante todos estos días hemos reflexionado sobre la paz, la belleza de la paz, la necesidad de la paz.

Hoy tenemos que dejar muy claro en nuestro corazón y en nuestra mente que la paz tiene un precio y que algunas veces ese precio hay que pagarlo en el dolor que padecen nuestros corazones, o incluso en las heridas que recibe nuestro cuerpo. Pero aquí yo repito la diferencia entre las dos clases de heridas. Las heridas cuando no se tiene al Señor son heridas que producen resentimiento, amargura y que producen ansia de venganza y que dejan envenenado el corazón y que lo cierran a la alabanza. Esas heridas no las queremos, esas heridas las quiere y las puede sanar Dios con el poder de su Espíritu. No son esas heridas la que valen la pena.

Estamos hablando aquí de las heridas que produce el amor, a veces visiblemente como le sucedió a San Martín de Porres; estamos hablando aquí del sufrimiento que tenemos en el corazón al ver cómo le son negados tantos derechos a los inocentes y a los pobres, porque yo no concibo, hermanos, un alma cristiana que, por ejemplo, se quede indiferente ante el espantoso río de sangre que son los abortos. Son los miles y miles de vidas que no por el hecho de morir en el silencio de una clínica valen menos ante los ojos de Dios. Ese es un dolor. Y tenemos que llegar al cielo con el corazón dolido por la muerte de los inocentes, por lo derechos negados a los pobres y también por la dureza de tantos corazones.

Tenemos que llegar al cielo con surcos de lágrimas que han brotado de nuestros ojos por tantas cosas que hacen sufrir a hombres y mujeres en esta tierra. Pero esos sufrimientos, si de veras son parte de nuestro combate, no serán sufrimientos que nos quiten la paz. Lloramos, pero en nuestras lágrimas hay espacio para una sonrisa por la certeza de la victoria. Es verdad que sufrimos, pero como dice San Pablo en la segunda Carta a los Corintios: " somos oprimidos, pero no somos rematados" (véase 2 Corintios 4,8).

Hermanos, hay mucho por ganar pero para ganar hay mucho por sufrir. En este día en que queremos comprometernos a ser mensajeros de paz, tenemos que comprometernos a ser combatientes de la causa de Jesús, a llevar grabado su nombre a pesar de que eso nos traerá heridas. Importante, tercera vez que lo digo, que sean las heridas del amor y no las heridas del resentimiento, ¿Por qué lo destaco ya la tercera vez? Porque yo he conocido personas que dicen: “¡ay, este matrimonio mío es una porquería, pero será la cruz que me puso mi Dios!”, y cuelgo el teléfono y llama una religiosa: “padre, no me entiendo con estas hermanas, esto es una farsa; la vida religiosa en una hipocresía, ¡que mentira tan grande! ¿Yo qué estaba pensando? ¿Yo era que la estaba fumando verde cuando me entré a esto? ¿Qué me paso, padre? ¡Qué espectáculo grotesco que es la vida religiosa! Pero bueno, padre, será mi cruz aguantarme a esa superiora".

En esas expresiones, sean de casados, de religiosos, de sacerdotes, en esas expresiones hay dolor pero es un dolor con resentimiento, es un dolor con ganas de desquitar: “y es que algún día se ha de morir y entonces no le digo Misa y se tiene que morir y no le mando a celebrar una Misa, que le toque arto purgatorio”.

Hermanos, ese dolor así ese dolor con resentimiento ese no es. Estamos habando es del dolor de en exceso de amor como cuando Jesús iba caminando a Jerusalén en su última peregrinación a la cuidad santa, y nos dice la Escritura: “cuando vio a Jerusalén, lloró” (véase San Lucas 19,41), Jesús lloró. -¡Ay, si tú reconocieras la visita del dolor!- y se le arrasaron en lágrimas los ojos, porque amaba a Jerusalén, porque le dolía la dureza de esos corazones, pero ese dolor no le quitaba ni la paz, ni la misericordia, ni la oración, ni el amor. Somos llamados a combatir y a sufrir, pero a sufrir como sufrió Cristo, es decir, desde un exceso de amor, desde una abundancia de amor; desde una explosión de amor nos hace sufrir todo lo que lastima al ser humano que es imagen de Dios, desde ahí estamos llamados a sufrir.

Todo esto hermanos, es lo que viene a nuestra mente cuando pensamos en lo que significa tener el nombre de Jesús y combatir por El. Pero mis últimas palabras en esta celebración no son para hablar únicamente del combate; el combate pasará pronto.

Yo creo que cada uno de nosotros es llamado a sentir la alegría de aquel hombre que estaba crucificado con el Señor. El tenía su propio combate, sabemos bien que Satanás estaba tratando de producir pecado en El y todos se burlaban incluyendo el otro ladrón que estaba crucificado, y el otro ladrón le decía a Cristo: “Pues sálvate tú y sálvanos a nosotros” (véase San Lucas 23,39) Era grande la tentación de añadir una burla más a ese desconocido, a ese loco, a ese profeta incomprensible que era Jesús; era grande la tentación y sin embardo ese hombre resistió a esa tentación; él estaba en combate, pero resistió la tentación y lo que dijo a Jesús fue: “acuérdate de mí, cuando llegues a tú Reino” (véase San Lucas 23,42). Y Jesús le dijo: “hoy estarás conmigo en el paraíso” (véase San Lucas 23,43).

La lucha dura poco, hermanos, se podrán burlar de nosotros pero la lucha dura poco. Cuando yo pienso en los sacerdotes que he conocido- por mi vocación yo pienso primero en los sacerdotes- y que ya terminaron la lucha y ya no hay más combate para ellos, ya no más, ya no más, ya no queda si no la fiesta, ya no queda sino lo que dice el Apocalipsis: contemplar el rostro de Jesús extasiarnos ante ese lago sereno y hermoso que son sus ojos. Y tenemos a quién recordar, ¿cierto? Aquí en la Mansión, ¿no es verdad? Tenemos a quién recordar con mucho amor, al padre Cris como al padre Walter; tenemos a quien recordar. Cuantos combates, el padre Cris, ustedes lo pueden testificar mejor que yo, ¿sí o no? Cuantos combates, cuantas burlas, cuantos momentos difíciles, cuantos, por Dios, cuantos; cuantas incertidumbres, cuantas carencias, cuanto veneno y cuanto ácido en las palabras de laicos, de sacerdotes, incluso de otros dominicos ¿para qué vamos a tapar el sol con las manos? Eso es una realidad.

Sí, el tuvo su combate, y el combate de la enfermedad, y el combate de la edad avanzada, tuvo muchos combates, y quienes lo pudimos ver en la última fase de su vida, pues conocimos cómo su cuerpo también se malograba por el esfuerzo de tantos años. Pero hermanos, el combate pasa pronto y ahora, según es nuestra fe, eso sólo lo sabe Dios, pero nosotros tenemos esa confianza, tenemos como esa certeza en el corazón que hombres como El o como el padre Walter….

....Hermanos, ya el combate pasó ya no tienen más qué hacer sino celebrar y gozar al Señor; ya no tienen más que hacer sino bendecir al Dios Eterno. Hermanos, el combate pasa, el combate termina, la lucha se acaba.

Santa Cecilia que precisamente mencionábamos en unos de estos días porque fue su fiesta, Santa Cecilia el día que iba a ser martirizada, según cuenta la historia, el día mismo de su martirio se despertó muy temprano y en la madrugada cantaba alabanzas a Dios y dijo a sus compañeros de martirio: “ ánimo, soldados de Cristo, pronto llega la victoria”.

Desde luego, ser martirizado no es ningún programa amable, es algo espantoso y yo no sé qué sucedería con nosotros si nos tocara la hora y el momento y sobre todo con esos métodos que tenían los romanos, pues es cosa de morirse de miedo. Sí, ¿pero cuánto me queda? Me queda una hora, me quedan dos horas, ¿cuánto me queda? Ya el combate termina, hermanos, el combate termina y entonces lo único que queda en esto: "el trono de Dios estará en la ciudad y sus servidores lo adorarán y contemplarán su Rostro y ya no habrá noche y no necesitarán una luz, porque el Señor Dios los alumbrará. Y ellos reinarán por los siglos de los siglos amén". (véase Apocalipsis 21,3-5).

Ese es nuestro destino, a eso estamos llamados. Somos llamados a combatir, somos llamados a resistir. Santa Teresa de Jesús cuando a veces se le desanimaban la vocaciones, entonces ella trataba de reanimar a sus monjas, ¡qué mujer tan especial, Santa Teresa de Jesús! Y les decía: “¡mirad, hermanas, esta vida no es sino una mala noche en una mala posada!” "Mala noche en una mala posada". Pues sí, es un poco aburrido que hay tantas cosas en esta vida que nos hacen sufrir, que no funcionan, y el cuerpo se queja y se enferma y las pasiones que uno tiene y la tentaciones y no se qué, y cuando uno está tranquilo y ya todo parece en orden, en ese momento llega una cuenta por cobrar o llega un llamada telefónica y en fin, yo creo que no hay ningún día en el que uno esté completamente en paz.

Pero llegará el día sin ocaso, el día en el que no necesitaré ni sol ni luna, el día en que me va a alumbrar el trono de Dios, en que Dios mismo será mi lámpara y ese día ya me regala luz para vivir estos otros días. Eso somos los cristianos. Nosotros bebemos del rió de la vida, bebemos de ese río del que nos habló el Apocalipsis, aunque ese río empezará a brotar no sabemos cuándo; nosotros ya bebemos del futuro para vivir el presente, como decía Jesús: “el que tenga oídos para oír, que oiga” (véase San Lucas 8,8).

Los cristianos bebemos del futuro para vivir el presente; y permanecemos en el combate así nos hieran, y predicamos la paz en medio de las guerras y tenemos que ayudar a otros vigilándonos a nosotros mismos; cuidamos de otros aunque nosotros mismos nos cansamos; predicamos arrepentimiento y a nosotros mismos nos toca arrepentirnos; bendecimos a Dios aunque nuestras manos a veces nos avergüenzan; y cantamos con una boca que tiene mucho de qué acusarse, no importa, más grande es su amor, más grande es su Sangre, más grande es el poder de su misericordia Hay lucha y lucha fuerte; hay combate y combate en serio; pero el combate y la lucha pasarán la Palabra del Señor no pasará y el día de la gloria amanecerá para el Universo entero.

Que sea la gloria y la alabanza para Jesús y que haga de nosotros dignos discípulos suyos, gente que lleva su nombre a todas partes.

Amén.