O152001a
Fecha: 19980714
Título: En la vida espiritual es necesario tener vigilancia y calma
Original en audio: 10 min. 37 seg.
Las lecturas del profeta Isaías nos presentan unos de los momentos más angustiosos y apretados que tuvo que vivir Acaz, el sucesor de David en el trono de Judá.
Potencias extranjeras de gran ferocidad y que habían mostrado su capacidad de victoria, se acercan a Jerusalén. Y nos dice la Escritura que el rey se agitó, como se agitan los árboles del bosque con el viento.
La respuesta que le da Isaías de parte del Señor al rey Acaz, sirve no sólo para Acaz, sino también para todos los que sentimos a veces el corazón agitado, como los árboles del bosque con el viento.
"¡Vigilancia y calma!" (véase Isaïas 7,4). Esta es en síntesis la gran fórmula de la confianza en Dios. Vigilancia y calma. Pero uno no sabe tener esta combinación. A veces sólo vigilamos, pero de tanto mirar los problemas, nos pasa como cuando uno va por un campo y salen algunos perros y uno, cuanto más mira los perros, más crecen, hasta que van tomando tamaño de fieras, leones, rinocerontes, dinosaurios.
La sola vigilancia, sólo mirar los problemas, los agranda. La sola calma nos vuelve perezosos, nos vuelve negligentes, y en realidad hace que nos convirtamos en platos servidos para que el pecado o para que cualquiera de nuestros enemigos acabe con nosotros.
Lo realmente difícil, pero lo verdaderamente sabio está en la palabra de Isaías: "¡Vigilancia y calma!" (véase Isaías 7,4). Esto vale para la vida espiritual. Vigilancia, porque es verdad que tengo enemigos, porque es verdad que mi vocación tiene enemigos, porque sigue siendo cierto que el demonio, el mundo, la carne, pretenden destruír mi vocación.
Vigilancia, ¿vigilancia hasta la angustia? No. ¿Vigilancia hasta la desesperación? No. Pero vigilancia, una vigilancia con calma, no una calma sin vigilancia.
Pues lo mismo sucede para todo aquello que ha recibido vida de Dios en la Iglesia. Pensemos, por ejemplo, en una comunidad. Corresponde especialmente a los superiores estar, como bien enseñaba San Gregorio Magno en su Regla Pastoral, estar como por encima del conjunto, atisbando aquí qué está sucediendo, esto para dónde va, aquí qué puede pasar.
vigilar, como sabemos, viene de una raíz latina que significa estar despierto, más despierto que todos. El que es Superior, Obispo, Prelado, Prior, le corresponde estar más despierto que todos, más en calidad que en cantidad, desde luego; más despierto para descubrir, antes que todos, el peligro.
Así por ejemplo le decía Dios al Profeta Ezequiel: "Te he puesto como centinela para que estés en lo alto de la muralla de Jerusalén y veas desde lejos llegar al enemigo" (véase Ezequiel 33,7).
Debemos orar con mucho amor por nuestros superiores, porque la misión que Dios les ha encargado es dura, tienen que estar por encima, pero antes de estarlo por la autoridad, deben estarlo por la vigilancia, para ser los primeros en darse cuenta qué puede suceder al rebaño de Dios. Pero si el superior se congela en el miedo, por los peligros que ve que se acercan a al Iglesia, intentará con sus fuerza, intentará co}n su poder, intentará con sus recursos dominar las situaciones.
Y resulta que San Pablo nos advierte en la Carta a los Efesios: "Con nuestra lucha no es" (véase ), contra estos cabos de tizón humeantes, el hijo de Rasín, el hijo de Romelía, no; esos nos son nuestros grande enemigos. El hijo de Romelía se llamaba Pecaj, un nombre que los hebreos detestaban.
El acento que tiene esa palabra Pecaj, va exactamente en contravía del acento usual en hebreo; en hebreo una palabra como estas sería siempre Pecáj; pero ese señor se llamaba Pecaj. Y el redactor hebreo detesta tanto el nombre de ese señor, Pecaj, que sólo lo dijo una vez, de ahí en adelante lo llamaba el hijo de Romelía. Odiaba, indudablemente, esa palabra, y seguramente lo que representaba ese señor.
Así, pues, nuestros problemas no son Pecájs, con su nombre disonante, ni Razín, el rey de Damasco; por encima de todos esos problemas, nos dice el Apóstol San Pablo en la Carta a los Efesios, nuestros enemigos son, por decirlo así, trascendentes, están más allá de eso, y por lo tanto necesitamos defendernos con la coraza de la palabra, con el escudo de la fe, con el yelmo de la justicia.
Necesitamos resistirnos con las armas del espíritu para responder a enemigos que no son enemigos en personas . Al contrario. Se desorientaría quien creyera que sus peores o más graves enemigos son lo que piensan los otros, o el partido de no sé qué, o los de la línea de no sé quién. Eso es perderse, eso es desubicarse.
Y precisamente el....