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Fecha: 19980626
Título:
Original en audio: 30 min. 12 seg.
Queridos Amigos:
La lectura que hemos escuchado, del libro de los Reyes, es tal vez el texto más triste del Antiguo Testamento. Y para encontrar un texto más triste en toda la Biblia hay que irse hasta la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.
Lo que se nos ha decrito en esta lectura del libro de los Reyes, capítulo veinticinco, es el momento desastroso de la caída de jerusalén. Pero no sólo ha caído Jerusalén, el rey ha sido ofendido, humillado, juzgado, torturado. Los amigos del rey han huido, como el mismo rey estaba en huida; el pueblo se ha quedado dsprotegido, y como si no fueran suficientes estas desgracias, hay que añadir otra.
No suficiente con que muera la gente, es necesario acabar cualquier rastro de Yavé. Y entonces, uno de los generales de Nabucodonosor, un hombre llamado Nebuzardán, incendia el pueblo y destruye los palacios.
Es el día del acabose, es el día de la tragedia, es el día del absurdo, es el día más triste para el publolo judío; el día en que la impiedad reina con altanería, con grosería imparable; el día en que la mentira, la traición, la cobardía, el egoísmo, la violencia tienen cada una su tajada.
Es el día, podemos decir, de la pasión del pueblo. Y es providente que esta lectura esté precisamente en un viernes, día en que nosotros, católicos, recordamos a Nuestro Señor Jesucristo, a su Pasión, al desastre de la Cruz.
¿Y qué hacemos con una lectura así? ¿Qué diremos nosotros de esto? Los únicos que quedaron en Jerusalén fueron algunos viñadores y algunos hortelanos, eso fue o único que quedó, de resto todo desapareció. El propósito de Nabucodonosor era precisamente ese, que desapareciera de la faz de la tierra el pueblo judío.
Ya unos ciento cincuenta años antes había desaparecido el Reino de Israel, el Reino del Norte. Los hebreos se habían dividido en el Reino del Norte y el Reino del Sur, y los del Reino del Norte ya habían desaparecido, y ahora Nabucodonosor quiere que desaparezca el Reino del Sur.
Este día de profunda humillación había anunciado muchas veces, muchas veces; el último que tuvo que anunciarlo y que llegó a presenciarlo fue el profeta Jeremías. Yo quiero decirles que después del dolor de Cristo, cuando a mí se me habla del dolor de alguien, yo creo que la persona que más ha sufrido en esta tierra, por lo menos como profeta, es el profeta Jeremías.
Es posible que en términos huimanos, después del dolor de Cristo esté el dolor de la Virgen María, pero como profeta, el dolor de Jeremías es inconcebible. Jeremías dijo esto, Jeremías gritó, Jeremías lloró, jeremías de mil modos avisó que esto iba a a pasar, ¿y qué le pasó a él? Fue amenazado de muerte, fue torturado, fue encarcelado, nadie quiso escuchar su mensaje. Lo terrible del caso es que jeremías no le tocó sólo anunciarlo sino vivirlo.
Cuando se hizo una larga fila y empzaron a salir como esclavos, dejando entre llanto sus casas, sus trabajos, sus viñas, a caminar, a caminar kilómetros y kilómetros, había un hombre ahí, un hombre sin familia, porque Dios le había dicho a Jeremías que no se casara.
Un hombre sin familia, sin el consuelo de una esposa, sin la esperanza de unos hijos, un hombre solo, que había dicho que eso iba a pasar y que ahora le tocaba vivirlo y salir para el destierro. La tortura que padeció el corazón de Jeremías es casi indescriptible.
Bueno, en todas estas tristezas juntas que le conmuven a uno el alma, a mí me llega mucho lo de Jeremías porque yo creo que nadie vivió o que le tocó a él, y no tenái a un Jesús a quien invocar, él no tenía una Virgen María a quien llamar; sí, ha habido mártires en la historia, -yo no sé por qué me acordé ahora de Maximiliano Kolbe-.
Y esas torturas y la manera como fue easesinado él, pero él tenía el consuelo de llamar a Jesús, de llamar a María. Bueno, Jeremía también estaba llamando a Jesús, sólo que Jesús estaba en el futuro, no estaba en sus recuerdos, él estaba clamando por el Mesías.
Esta situación marca nuestra celebración de este día. Esta tristeza profiunda lleva un sello en la Eucaristía, ¿y qué vamos a hacer nosotros con ese sello? Bueno, gracias a Dios sólo hay un Viernes Santo en el año. Yo creo que no resistiríamos más.
La lectura que hemos escuchado del evangelio nos presenta un panorama distinto, podemos decir que nos presenta la otra cara. Esta vz es una vida desterrada, una vida enferma, una vida excluida, un leproso. Los leprosos tenían que vivir como desterrados dentro de su propio publo.
La lepra se consideraba la señal exterior del pecado, la lepra se consideraba como el signo evidente de la maldición de Yavé. el leproso no era sólo un maldito, sino que era una maldición, y por tanto no se le podía tocar. El leproso era un excluido, el leproso era un perpetuo desterrado.
Jesús ha estado predicando. La última lectura del evangelio del día ayer era la conclusión del Sermón de la Montaña, pues ahí llega el capítulo sétimo de San Mateo. El capítulo octavo empieza precisamente con la escena que hemos escuchado el día de hoy. Jesús baja de la montaña, ha estado hablando, su voz recia, no sólo por la potencia sino por el don del Espíritu, ha calado en los corazones.
Lo último que nos dice San Mateo en el capítulo séptimo, es que la gente se quedaba impresionada de la autoridad de Jesús. Jesús ha calado en la gente, sus palabras han llegado, sus palabras tienen poder, tienen autoridad. Y esos gritos de Jesús, ese anuncio de Jesús lo ha escuchado mucha gente.
Entre toda esa gente, un leproso, un leproso que oye esas extrañas palabras, por ejemplo: "Dichosos los que lloran, dichosos loos que tienen hambre, dichosos los que trabajan por la paz" (véase San Mateo 7,5-9). Este leproso ha escuchado estas plabars, y él se hace una sola pregunta: "Son también para mí? ¿O también voy a estra excluido de esa gracia?"
Un leproso no tenía derecho a tener familia, ni a tener pueblo, ni a tener hogar; un leproso no tenía ningún derecho, era un desterrado. Por eso digo, bendito Dios que estas dos lecturas están juntas hoy.
Este leproso ha tenido que oír las palabras de Jesús de lejos, porque él no puede acercarse, no puede sentarse con los otros a oír, tiene que oír lejos. Y él ha preguntado si esta belleza es sólo para los otros, o si esta vez sí le va a tocar algo a él. ¡Es un drama tan profundo! Los Evangelistas lo dicen todo con tanta sencillez, pero debajo de la tersura de su sencillez está todo el drama de Dios y todo el drama del hombre.
"En aquel tioempo, al bajar jesús del Monte, lo siguió mucha gente, mucha gente" (véase San Mateo 8,1). Y este leproso se la jugó toda, toda: "O me acepta y me sana, o me rechaza y me muero". Llevaba la vida en estas palabras, llevaba la vida, su única posibilidad de vida: "Señor, si quieres, puedes limpiarme" (véase San Mateo 8,2)
¿Y qué era limpiarlo? Era que volviera a ser persona, que pudiera volver a sentarse con alguien, pudiera volver a hablar, pudiera volver a tener amigos, pudiera volver a comer con otros, pudiera tal vez enamorarse, engendrar unos hijos; no es solamente "sáname de la lepra", es "dame la vida", "sácame de este destierro", "sálvame".
Es como si el leproso dijera: "Tú res bueno pra hablar, haz algo", "tú hablas bien, pero ¿además de hablar puedes hacer? ¿O rese como los otros que sólo hablan? Porque todo el mundo habla, ¿pero tú puedes cambiarme la vida?" No sólo decir enseñanzas, instrucciones, teorías, predicaciones, ¿puedes cambiarme la vida?"
Pero él no preguntó así, él no preguntó de ese modo, él dijo: "Si quieres, puedes limpiarme" (véase San Mateo 8,2), con locual estaba ejerciendo ya un acto de fe en Jesús, asumió algo, apostó todo, todo: "Si queres; yo sé que tú lo puedes".
Amigos, imaginémosnos solo por un instante, un instante que a mí me produce escalofrío, imaginémosnos que Jesús le hubiera dicho: "Apártate", y hay una palabra para eso. Esa palabra "apártate" hubiera significado el infierno. Lamentablemente, esa palabra sí la dice Jesús en el Evangelio.
En el capítulo veinticinco de San Mateo, el mismo Cristo dice que Él le va a decir: "Apártense" (véase San Mateo 25,41) a algunas personas, no sabemos cuántas ni cuáles, yo quisiera que no fuera nadie. Jesús les va a decir: "Apártense" (véase San Mateo 25,41).
Eso es peor que todos los destierros, eso es peor que todas las muertes, eso es peor que todo, eso es demasiado, eso no me cabe a mí en la cabeza, ni quiero pensarlo, no puedo pensarlo. si Jesús le hubiera dicho a este hombre "apártate", vuelve a su lepra, vuelve a su destiero, ¿qué hubiera sido de él?
Pero jesús no le dijo eso, porque estye hombre ha regalado su vida, ha sacado toda la vida del corazón, la ha puesto en la boca y la ha dicho en esas palabrasd y se ha regalado a Jesús, ha hecho un acto infinito de fe; estas son las cosas que cambian la existencia. ¡Esto, hacer esto, esto es lo que saca del destierro!
"Si quieres, puwedes limpiarme" (véase San Mateo 8,2). Extendió la mano Jesús. El Evangelista ha dicho: "Lo siguió mucha gente" (véase San Mateo 8,1). Jesús también corre un riesgo aquí. La ley prohibía tocar a los leprosos, no se puede tocar al leproso, pero Jesús lleva su ley a plwenitud.......