O102003a

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Fecha: 20000613

Título: El don de la verdadera profecía

Original en audio: 7 min. 50 seg.


Quiero destacar tres puntos de la primera lectura de hoy. Primero, Elías es un hombre fiel a Dios. Por esa fidelidad, se queda solo. Por esa fidelidad, tiene que castigar en cierto sentido al pueblo de Israel, al reino de Israel, el reino del Norte; tiene que castigarlo con una sequía.

Pero aquí viene la primera enseñanza. El profeta participa del drama del castigo que anuncia. No es un observador lejano, distante. No está contando a otros lo que le va a suceder a otros. Participa de una misma suerte, de un mismo camino con ese pueblo, un pueblo que lo odia, un pueblo que lo rechaza.

El profeta participa del dolor de ese camino. Hace unos años, la teología de la liberación insistía mucho en participar de la suerte del pueblo pobre, pero pensaba sobre todo en esa solidaridad nuestra, que debe llevarnos a unirnos a la suerte de los desvalidos y a compartir con ellos sus miserias.

El caso que yo no vi que nunca tratara esta teología de la liberación, fue este caso, el de los hombres solitarios como Elías o como Jeremías, que anunciando la fidelidad a Dios, se ganan el odio del pueblo, pero por encima de ese odio, participan de la misma suerte del pueblo y padecen con él.

Son como anticipaciones, podríamos decir, son como figuras del padecimiento de Jesucristo. También Cristo, rechazado por su pueblo, es el supremo Profeta que participa del castigo que merece el pueblo. Parece que esta señal, es la señal del verdadero amor. No tanto, -aunque ya es heroico-, despojarnos para trabajar con los pobres, sino recibir el odio y dar amor. Ahí está el amor grande, el amor que no tiene fronteras.

Cuando me aceptan, cuando me acogen, cuando me miran como el redentor de ellos, como el líder de la comunidad, como el que saca las cosas adelante, pues ahí hay una labor humanamente muy meritoria, pero lo que nos muestra la Escritura es todavía más grande: el que padece, el que sufre por partida doble; sufre como pecador, y sufre de parte de los pecadores. El que quiera ser profeta, que tenga en cuenta esa primera enseñanza.

La segunda: Elías es enviado a una región pagana. Sarepta queda en Fenicia, al norte de este reino de Israel, que era a su vez, la parte norte de lo que había sido el reinado de David.

Fenicia, tierra pagana, y Elías, en una primera etapa de su padecimiento, se va a un torrente, el torrente Querit, como habíamos escuchado en la primera lectura del día de ayer. Estuvo junto al torrente Querit, que queda cerca del Jordán.

En un primer momento, Elías está todavía en los predios, podríamos decir, de su pueblo, de su tierra. Pero Dios le lleva a una humillación mayor. Tiene que recibir el alimento de manos de paganos. "Vete donde los paganos" (véase 1 Reyes 17,9), y lo convierte en mendigo, lo convierte en necesitado.

Eso tuvo que doler mucho, no sólo porque humanamente es difícil para todos el tener que mendigar, sino porque según consta en el libro del Deuteronomio, Dios prometía abundancia de bendiciones para aquellos que estuvieran con Él: "Tú vas a ser el que vas a poder prestar a otros y no vas a tener que pedir prestado" (véase Deuteronomio 28,12), leemos en el Deuteronomio.

Y resulta que aquí es al revés. Esa mendicancia en tierra de paganos, es la señal máxima del quebrantamiento de la alianza. Pero aquí es donde aparece la grandeza del líder. Aunque es un mendigo, y aunque está fuera de su tierra, él, ya sin tierra, sin familia, sin amigos, sin pueblo, sigue teniendo a Dios. Y él, en nombre de Dios, promete un milagro en tierra de paganos: "La orza no se va a vaciar, la alcuza no se va a acabar, porque así lo dice el Señor" (véase 1 Reyes 17,14).