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Fecha: 20000613

Título: El don de la verdadera profecía

Original en audio: 7 min. 50 seg.


Quiero destacar tres puntos de la primera lectura de hoy. Primero, Elías es un hombre fiel a Dios. Por esa fidelidad, se queda solo. Por esa fidelidad, tiene que castigar en cierto sentido al pueblo de Israel, al reino de Israel, el reino del Norte; tiene que castigarlo con una sequía.

Pero aquí viene la primera enseñanza. El profeta participa del drama del castigo que anuncia. No es un observador lejano, distante. No está contando a otros lo que le va a suceder a otros. Participa de una misma suerte, de un mismo camino con ese pueblo, un pueblo que lo odia, un pueblo que lo rechaza.

El profeta participa del dolor de ese camino. Hace unos años, la teología de la liberación insistía mucho en participar de la suerte del pueblo pobre, pero pensaba sobre todo en esa solidaridad nuestra, que debe llevarnos a unirnos a la suerte de los desvalidos y a compartir con ellos sus miserias.

El caso que yo no vi que nunca tratara esta teología de la liberación, fue este caso, el de los hombres solitarios como Elías o como Jeremías, que anunciando la fidelidad a Dios, se ganan el odio del pueblo, pero por encima de ese odio, participan de la misma suerte del pueblo y padecen con él.

Son como anticipaciones, podríamos decir, son como figuras del padecimiento de Jesucristo. También Cristo, rechazado por su pueblo, es el supremo Profeta que participa del castigo que merece el pueblo. Parece que esta señal, es la señal del verdadero amor. No tanto, -aunque ya es heroico-, despojarnos para trabajar con los pobres, sino recibir el odio y dar amor. Ahí está el amor grande, el amor que no tiene fronteras.

Cuando me aceptan, cuando me acogen, cuando me miran como el redentor de ellos, como el líder de la comunidad, como el que saca las cosas adelante, pues ahí hay una labor humanamente muy meritoria, pero lo que nos muestra la Escritura es todavía más grande: el que padece, el que sufre por partida doble; sufre como pecador, y sufre de parte de los pecadores. El que quiera ser profeta, que tenga en cuenta esa primera enseñanza.