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Fecha: 2000623

Título: El corazon que esta en los cielos es el corazon libre para trabajar en la tierra.


Original en audio: 11 min. 15 seg.

En este breve templo del Evangelio, dos enseñanzas grandes para nosotros.

El tesoro en el cielo y la lámpara del cuerpo que es el ojo.

La carta de los hebreos hace una especie de homilía a esta primera enseñanza del Evangelio de hoy (véase Mateo 6, 19-23), cuando nos presenta a Jesucristo como aquél sumo sacerdote que ha penetrado con el velo del santuario que es su propio cuerpo y ha ofrecido su sacrifico, el sacrificio de la cruz en los cielos.

El lugar para presentar la ofrenda eucarística es el Cielo. Esto lo representan de una manera un poco extraña para nosotros los orientales: En la liturgia oriental, el sacerdote no le da la espalda al pueblo, como se hacía antes en occidente, no le da la espalda al pueblo sino que no aparece ante el pueblo.

El sacrifico eucarístico se ofrece en un lugar, dentro de la misma Iglesia, pero que queda retirado, como vedado a la vista de la gente aunque que pueda escuchar y es el diácono el encargado de llevar el pan consagrado y desde ese lugar oculto y santo hasta la gente.

A nosotros eso nos parece extraño, pero definitivamente la celebración de los sacramentos no tiene un único modo; por algo el Derecho Canónico habló de la autoridad que tienen los distintos ritos, por que no hay una sola forma de representar todo lo que Dios ha hecho por nosotros en la historia de la salvación, especialmente en el sacrificio de Cristo.

Si miramos el caso nuestro, todo está a la vista, ahí está la hostia, ahí está el vino y ahí están las oraciones.

Todas las oraciones y toda la celebración está a la vista y no por eso creo yo, que no por eso nosotros estamos en promedio mucho mejor que ellos o mucho peor.

No debemos apegarnos demasiado ni a nuestros ritos ni a los de ellos, sino pensar que es una misericordia que haya manera de celebrara los sacramentos y aprovechar lo que Dios nos da.

Lo que quiero destacar es que la carta a los Hebreos nos habla de esta ofrenda que Cristo hace de su sacrifico en los cielos, por tanto, de esa ancla que nosotros tenemos, la ancla de nuestro barco está en los cielos, allí está puesta nuestra esperanza.

Estamos 3:17___ al cielo. Aquí Jesús nos dice que pongamos allá nuestro corazón, pero como es tan difícil para el ser humano mover su corazón, pues Cristo hizo esa obra ¬¬¬realmente.

El movió, el trasladó nuestros corazones de la tierra al cielo, por que ofreciendo su sacrifico en el santuario celestial, llevó tras des í todos nuestros amores, todas nuestras esperanzas y verdaderamente, después del sacrifico de Cristo nuestro corazón está en el cielo, verdaderamente, después del sacrificio de Cristo nuestra ancla está allá y nuestra esperanza está allá y hacia allá se mueven nuestros anhelos.

Pro todo este lenguaje tan celestial puede despertar sospechas cuando queremos con nuestra vida de bautizados y de consagrados, tenga una repercusión, tenga un ¬¬¬4:31___ tenga una relevancia en la tierra.

Me parece que después del Concilio Vaticano II hemos aprendido a valorar más ese impacto social y si se quiere terrenal, mundanal, que tiene nuestra existencia.

Pero es que la persona que está amarrada al cielo es la persona que está más libre para trabajar en la tierra.

La persona que depende de la tierra, la persona que depende de los interese de esta tierra, como la persona que ya tiene su ancla en los cielos, la persona que ya mandó su corazón con el de Cristo a los cielos.

La mejor manera de trabajar en la tierra es tener el corazón en el cielo, no se oponen ni mucho menos.

Se trata de que el corazón esté allá junto a Dios, se trata de que el corazón se haya ido con Jesucristo y esté allá ofrecido como hostia junto a la hostia que es Jesucristo; pero nuestra vida está aquí y nuestro trabajo está aquí, nuestra palabra está aquí.

Pero más eficaces seremos en el servicio en el servicio aquí cuanto mayor sea nuestro impulso y nuestro ímpetu para que el corazón permanezca allá.

Y la explicación nos la da el mismo Evangelio: Todo el que pretenda recibir recompensa, agradecimiento, todo el que pretenda acumular su tesoro aquí en la tierra y tiene su corazón aquí en la tierra, debe tener estos miedos: la polilla, la carcoma y los ladrones.

Cuando el corazón está trabajando por las cosas del cielo y para agradar a Dios, tendremos una completa libertad.

Por que no puede perder, por que nadie nos puede arrebatar su recompensa, su sueldo. El que esté y trabajando para que se vea, para que se reconozca, para que se agradezca, pues tiene siempre la zozobra de aquello que no se alcanza.

Y si logra su cometido, tiene siempre el perdón de que le sea robado, no solo su dinero sino sea robada su fama, que le sea robada su buena imagen, que le sean robadas sus amistades o sus afectos.

No es únicamente un asunto de dinero, es un asunto de si están esperando que la tierra, que esta tierra tenga su recompensa.

Por eso que quede en firme esa enseñanza: El corazón que está en los cielos es el corazón libre para trabajar en la tierra.

Eso lo muestra Jesús, en primer lugar Él. Esa soberana libertad de Jesucristo, para hablar con el que sea, para decirle la verdad al que sea, para consolar al que sea, para ir más allá de los prejuicios, para superar el idealismo; esa libertad infinita de Jesucristo de donde proviene: Que no está esperando ni reconocimientos ni aplausos ni agradecimientos ni nada de la gente. Quien quiera trabajar por la gente no espere de la gente.

El que está esperando de la gente tiene frenos, por que sencillamente ve en peligro su obra. El que esté esperando de la gente tiene que calcular, ya sabemos bien.

El que ya se puso a calcular, dejó de amar.

Hay que tener el corazón en el cielo y así tendremos libertad infinita para trabajar en la tierra.

Una palabrita sobre esta otra enseñanza de la lámpara. Y preguntan los exégetas a qué se refería Cristo con esta imagen.

El ojo es la lámpara.

Pues hay diversas interpretaciones de acuerdo con los significados que tiene el ojo y el hecho de mirar entre la mentalidad hebrea.

Pero una que a mí me gusta, no necesariamente la única, es que el ojo es el que aprecia, el que discierne los valores.

Las cosas adquieren valor ante nuestros ojos. Parece que esa es la relación que hay entre esos dos breves dichos de Cristo que están en el Evangelio de hoy.

En ese sentido la enseñanza sería como: “si tienes capacidad para saber qué es lo que vale y para saber qué es lo que no vales, esa sería la lámpara y ese sería el ojo que no tiene luz.

Si tienes esa capacidad entonces tú tienes luz dentro de ti. Eso es lo primero que necesitas renovar es tu capacidad de valorar, tu capacidad de discernir y en cierto modo también la capacidad de buscar los distintos bienes.

Si tienes – diríamos con otra metáfora_ si tienes un paladar que sepa reconocer qué es lo qué sabe qué es lo que está bueno y que es lo que está dañado; si tienes una mirada que sabe encontrar dónde está lo valioso y dónde está lo falso, lo ficticio,; si tienes esa mirada entonces tu vida está llena de luz.

Pero si tus valores están trastocados, si está al revés tu capacidad de destinar los viene, de pronto va a ser muy, muy grande la oscuridad que te viene, porque la única luz que tenías estará oscura.

Tenemos esa interpretación para nosotros, entonces, roguémosle a Dios al término de esta jornada, que santifique, como lo hemos pedido en otra ocasión, que santifique nuestros ojos, que nos de mirada para reconocer qué vale y qué no vale para saber a que precio y _cuanto esfuerzo Jesucristo lleva nuestro corazón al cielo.

Para dejarlo allá bien custodiado y desde allá con una libertad infinita, trabajar por el Evangelio de Dios en esta tierra.