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Fecha: 20030608

Título: El Espíritu Santo responde a la oración de Jesucristo creando unidad

Original en audio: 24 min. 19 seg.


Amados Hermanos:

Jesús, poco antes de morir, oró. Oró delante de los discípulos, como hemos recordado en algunas de las lecturas de la Santa Misa, hace pocos días.

El capítulo diecisiete del evangelio según San Juan, recuerda esa oración que Jesús hace después de la Última Cena, pero todavía en presencia de sus discípulos. ¡Cuántas cosas podía pedir Jesús! Nadie conoce mejor la miseria humana que Jesucristo.

En esas sesiones de sanación y de exorcismos, -nos dice el Evangelista Lucas- la gente se le echaba encima. Jesús, literalmente, cargó con nuestras miserias. Él las conocía. Él las conoce mejor que nadie.

¿Y qué fue lo que pidió en esa oración? ¿Pidió luz para los ciegos, movimiento para los paralíticos, oído para los sordos, liberación de los posesos? Lo que pidió Jesús en ese momento culminante de su vida, fue sobre todo, -sobre todo-, unidad.

Él, que conoce todas las necesidades y las miserias, todos los dolores y todas las enfermedades, lo que pidió fue la unidad. Y esta unidad que pidió Jesucristo, es lo que se va a realizar con la gracia, con la fuerza, con el auxilio del Espíritu Santo.

La unidad aparece perdida en la primera lectura, que recuerda ese momento legendario del libro del Génesis. Cuando la soberbia humana quiere construir una torre, quiere construir su torre y esa torre termina en división, separación, pues bien; el Espíritu Santo viene a reparar esa brecha, viene a sanar esa división, viene a crear la unidad, viene a responder a la oración de Jesús.

Jesucristo pidió el regalo, el don de la unidad, y el Espíritu Santo es el Espíritu que reúne los diversos pueblos en la confesión de una misma fe. Es el Espíritu, que reúne los diversos corazones en un mismo amor, y es el Espíritu, que reúne las diversas lenguas en una misma alabanza a Dios.

De tantas cosas bellas que podemos decir del Espíritu Santo, les invito a que miremos y admiremos el don de la unidad. Por algo es la gran petición de Jesucristo. ¡Por algo! ¿Por qué Jesús no pidió otras cosas? ¿Por qué pidió sobre todo ésa? Él sabe por qué, y la respuesta a su oración es el don del Espíritu Santo.

La respuesta a la oración de Jesucristo, es la fiesta de Pentecostés. Lo que sucede, amigos, es que el pecado va junto con la división, mientras que el Espíritu, la gracia, la humildad y la santidad, van junto con la unión, la comunión, la unidad.

Miremos, por qué es así. El pecado va junto con la división. ¿Por qué? Porque el pecado es la entronización del propio interés, de la propia conveniencia, de la propia utilidad, o del propio placer. Es evidente, que allí donde cada uno está buscando su propia conveniencia, o su propio placer, no puede haber unidad. Cada uno está tirando hacia su propio interés, y allí, donde cada uno está buscando su interés, tienen que darse necesariamente divisiones.