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Fecha: 19990520
Título: Los Hechos de los Apóstoles, el libro de las obras del Espíritu Santo
Original en audio: 29 min. 35 seg.
Durante la Pascua, durante el tiempo pascual, hemos estado leyendo el libro de los Hechos de los Apóstoles. Al principio íbamos como despacito, de a poquitos. Ahora, en esta última semana, parece que los que organizaron estas lecturas, se dieron cuenta de que ya se va a acabar la Pascua, y la idea es terminar, más o menos, el libro de los Hechos de los Apóstoles.
Nosotros vamos a acabar el tiempo pascual, precisamente con la solemnidad de Pentecostés, que ya está muy próxima. El libro de los Hechos de los Apóstoles no se lee completo en la Santa Misa. Ese es un placer que queda reservado para los que abran la Biblia en la casita, y allá dediquen sus tiempos y sus horas.
Por ejemplo, mire, en tres días de esta semana, estábamos en el capítulo veinte. Ahora pasamos al capítulo veintidós, donde se nos presenta una escena cuando es juzgado Pablo. Luego otra lectura breve del capítulo veinticinco, que va a ser el día de mañana, y hoy sábado, un pedacito del capítulo veintiocho.
Entonces hay que hacer una cuña aquí. Si usted es de las personas que asiste a la Santa Misa, o que la escucha todos los días, usted conoce mucho de la Sagrada Escritura. Pero usted no conoce toda la Sagrada Escritura.
Hay que hacer el ejercicio de leer la Sagrada Escritura directamente. Porque ni aún oyendo todos los días las lecturas de la Santa Misa, -ni aún así-, se alcanza a escuchar toda la Palabra de Dios.
Las cuentas que se han hecho dicen, que una persona que escucha la Palabra de Dios en la Santa Misa todos los días, años enteros, desde luego tiene un alimento muy sólido para su corazón. Pero parece que no alcanza a escuchar sino una cuarta parte, más o menos, de la Biblia.
Esto quiere decir, que tal vez unas tres cuartas partes o unas dos terceras partes de la Biblia, están sin oír para muchos cristianos, y no existen, prácticamente. Esa es la propaganda; esa es la cuña que yo estoy haciendo: hay que leer la Sagrada Escritura.
La Sagrada Escritura no puede seguir siendo una Palabra desconocida para nosotros, cristianos católicos. Ni siquiera asistiendo a la Santa Misa diariamente, se soluciona esa dificultad. Porque ahora último, en esta semana última, pues estamos oyendo trocitos de capítulos muy separados, el veinte, veintidós, veinticinco, veintiocho, y se acabaron los Hechos de los Apóstoles.
Por cuenta de la Santa Misa, se acabaron los Hechos de los Apóstoles hasta el año entrante. Lo que oyó, lo que le aprovechó; se acabaron los Hechos de los Apóstoles.
Los Hechos de los Apóstoles se podrían llamar también de otra manera. Son los hechos, son las obras del Espíritu Santo. El tiempo de la Pascua comenzó con la Resurrección de Cristo y termina con Pentecostés. La Resurrección de Jesucristo es la gloria grande del Espíritu Santo, porque San Pablo nos dice, que "Dios Padre resucitó a su Hijo por el poder del Espíritu Santo" (véase ). El Espíritu Santo resucita a Jesucristo.
Claro que un oyente atento dirá: "¡Un momento! ¿No dice la teología que Cristo fue resucitado por su propia virtud y poder, puesto que Él es Dios?" Ahí queda un tema profundo de investigación.
¿Qué diremos sobre la Resurrección de Cristo? ¿Que Él se resucitó a sí mismo? Eso se puede decir; Él es Dios. ¿Que el Padre lo resucitó? Hay textos bíblicos que hablan así. ¿Que el Espíritu Santo lo resucitó? Hay otros textos que hablan así. Entonces ahí le queda esa inquietud para sus investigaciones teológicas, maduras.
¿Cómo es el misterio de la Resurrección del Señor? En todo caso yo estoy autorizado para decir, que el Espíritu Santo resucitó a Jesucristo, y esa es la obra más grande para la gloria del Padre. Ese mismo Espíritu lo celebramos ahora, en su efusión, en su descenso sobre los Apóstoles en el día de Pentecostés.
De manera que el Espíritu Santo llega sobre Cristo, y ahora el Espíritu Santo llega sobre nosotros, los cristianos. Y entre esa efusión, esa obra del Espíritu en Cristo, que es el día de la Resurrección, y la obra del Espíritu Santo en Pentecostés, que es como el día de nacimiento de la Iglesia, -entre esas dos obras del Espíritu-, hay un libro, que es el libro de los Hechos de los Apóstoles, que nos cuenta la obra poderosa, sabia y misericordiosa del Espíritu Santo.
Si queremos entonces conocer al Espíritu Santo, hay que leer el libro de los Hechos de los Apóstoles. Hay que ver a ese Espíritu obrando con poder. Hay que ver cómo, por encima de todas las tretas, de todas las persecuciones, de todas las incomprensiones y de todas las durezas de alma, el Espíritu Santo se sale con la suya, y el Espíritu difunde el testimonio de la vida de Cristo hasta los confines del mundo.
Cuando empezó el libro de los Hechos de los Apóstoles, nosotros escuchamos estas palabras de Cristo, que les dice a los Apóstoles: "Van a ser testigos de mí en Jerusalén, en Samaría, en Galilea y hasta los confines del mundo" (véase Hechos de los Apóstoles 1,8).
Esa enumeración lleva un orden. Son como las ondas que se forman en un estanque cuando se tira una piedrita, ondas que van haciendo círculos cada vez más amplios.
Desde la perspectiva de San Lucas, la obra grande empieza ahí en Jerusalén y se va expandiendo. Samaría está un poquito al norte de Judea. La capital de Judea es Jerusalén. Galilea está un poco al norte de Samaría. De modo que Lucas ve la propagación del Evangelio como cuando se tira una piedrita en un estanque, y se van haciendo ondas que van creciendo.
Desde Jerusalén, una conmoción de alegría, un terremoto de dicha sacude al mundo. Ese temblor de gozo empieza con la noticia de la Resurrección y con la fuerza del Espíritu, que se va difundiendo y difundiendo.
Luego lo que nos está contando el libro de los Hechos de los Apóstoles, es cómo se cumplió esa promesa de Jesucristo en Jerusalén, en Samaría, en Galilea y luego hasta los confines del mundo. Eso es lo que nos está contando.
Por esta razón, los protagonistas humanos van cambiando. Por allá en el capítulo cuarto de los Hechos de los Apóstoles, que tiene veintiocho capítulos en total, los personajes que más aparecían eran Pedro y Juan. Ahí es cuando sucede la famosa resurrección de aquel paralítico que pedía limosna a la puerta del templo.
Y de veras que ese acontecimiento llegó con la noticia de Jesucristo a todo Jerusalén, como tuvieron que confesarlo los mismos sumos sacerdotes, que eran los grandes enemigos de la predicación del Evangelio. Es decir, que a través de Pedro y Juan, se cumplió la Palabra de Cristo, que iba a llegar con la noticia del Evangelio a Jerusalén.
¿Qué sigue? Jerusalén. Después, Samaría. ¿Y cómo llegó la Palabra de Dios a Samaría? Pues llegó, porque los sumos sacerdotes aburridos de que los Apóstoles siguieran predicando que Cristo había sido crucificado injustamente, pero había sido resucitado gloriosamente, desataron una persecución espantosa.