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Fecha: 20010508

Título:

Original en audio: 35 min. 34 seg.

ESTA HOMILÍA ESTA INCONCLUSA. SE ESTÁ COMPLETANDO Y REVISANDO.............................


Muy Amados Hermanos:

Hemos notado seguramente que después de la Pascua de Cristo, en este tiempo tan hermoso, que por eso se llama tiempo pascual, venimos oyendo el libro de los Hechos de los Apóstoles, aunque ese libro se podría llamar también el libro de los Hechos del Espíritu Santo, porque el gran protagonista de este libro es el Espíritu Santo.

En el capítulo primero de los Hechos de los Apóstoles Cristo anuncia la llegada del Espíritu Santo, en el capítulo segundo, una efusión maravillosa del Espíritu sobre los Apóstoles reunidos en oración el día de Pentecostés y de ahí en adelante todo este libro es un recorrido por todas las obras que hizo el Espíritu en aquellos comienzos del cristianismo, los milagros obra del poder del Espíritu.

Hace unas semanas oíamos como el Apóstol Pedro se encontraba con un hombre tullido de nacimiento y dice la Escritura: "Le miró a los ojos y le dijo: oro ni plata tengo, lo que tengo te lo doy en nombre de Jesús de Nazaret; levántate y anda” (véase Hechos de los Apóstoles 3,6).

Y aquél paralítico pudo caminar, cantar danzar, correr, había sido restituido en la salud, una cosa que parecía imposible. Pedro dice, cuando la gente queda admirada: “¿Ustedes por qué nos miran así como si hubiera sido por nuestro poder o virtud?" (véase Hechos de los Apóstoles ), es por el nombre de Jesús, es por el poder del Espíritu de Jesús.

Que hermosura, Él, Jesucristo obrando con el poder de su Espíritu en medio de su pueblo, trayendo sanación a los enfermos, no es la única obra del Espíritu. El Espíritu también otorga valor, coraje a esos predicadores primeros de Cristo.

A los Apóstoles intentaron asustarlos las autoridades judías, las mismas que habían enviado a Cristo a la muerte, varias veces les dijeron: "Les queda prohibido predicar la resurrección de Cristo" (véase Hechos de los Apóstoles 5,28), pero los Apóstoles tenían valor, tenían una fuerza interior.

Una vez, por ejemplo, los azotaron y dice el evangelista Lucas, que es el autor de este libro maravilloso: “Ellos salieron contentos de haber podido sufrir este ultraje por el nombre de Jesucristo” (véase Hechos de los Apóstoles ).

Pregunto yo si es normal que una persona reciba una tunda de azotes y que se sienta feliz, no parece muy normal, pero es que aquí entra en juego la acción del Espíritu Santo, que el Espíritu guía y que les hacía sentir que en medio de este castigo injusto, se estaba abriendo paso el poder del Evangelio, era una obra del Espíritu Santo.

La predicación de los Apóstoles, la predicación de aquel gran hombre Esteban, el primer mártir de la Iglesia, esa predicación tan llena de sabiduría, tan llena de poder ¿de dónde venía? De la acción del Espíritu Santo en Esteban, en Pedro, en Juan, Santiago, por eso digo yo que este libro se debería llamar libro de los Hechos del Espíritu Santo.

Un hombre destacaba por su odio a la Iglesia, se llamaba Saulo, era natural de una ciudad llamada Tarso. Saulo de Tarso, perseguía a la Iglesia y cuando mataron a Esteban aprobó esa muerte, pero ese hombre mientras respiraba amenazas contra Cristo y mientras perseguía a los cristianos, estaba también siendo perseguido por Cristo, él perseguía a los cristianos y Cristo le perseguía a él.

Y un día Cristo lo alcanzó, eso nos lo cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles, y allá en ese capítulo noveno se narra cómo el más terrible perseguidor se convirtió en el más fervoroso Apóstol, ¿por qué? Porque el Amor de Jesucristo, el poder de Jesucristo resucitado envolvió con su claridad a este hombre.

Ahí fue cuando Pablo calló por tierra y oyó una voz y se sintió llamado a entregarse al servicio de Dios; fue una gran conversión y lo pudo hacer el Amor de Cristo, lo pudo hacer el amor que es el Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo no es otra cosa sino la fuerza del Amor de Dios. Lo más poderoso que tiene Dios es el amor, lo único que tiene poder en Dios. Dice una gran Santa Dominica del silgo catorce, Santa Catalina de Siena: "Lo único que tiene poder en Dios es el Amor de Dios, el Espíritu Santo".

Hermanos, si fuéramos a hacer la cuenta detallada de todas las obras del Espíritu, como aparecen en este libro de los Hechos de los Apóstoles, seguramente necesitaríamos mucho tiempo. El Espíritu Santo fue el que les otorgó ciencia, valor, pureza, generosidad, alegría.

Hay una oración que el sacerdote dice al comienzo de la Misa, esa oración se llama Oración Colecta. Mira, la oración Colecta del día de hoy dice: "Dios omnipotente, concédenos a quienes celebramos la resurrección del Señor, alegrarnos por la gracia de nuestra redención, con todos".

El Evangelista Lucas, autor del tercero de los Evangelios y autor de esta obra que venimos comentando, San Lucas es un hombre que insiste muchísimo en la necesidad de la alegría. "Con todos, alegrarnos le hemos dicho a Dios". Y al Espíritu Santo trae una inmensa, incomparable alegría, ¿y sabe una cosa? Para vivir la vida cristiana se necesita alegría.

Hay una frase que a mí me impresiona mucho, que me ha impresionado desde que la oí, dice así: "Al demonio le gustan las almas tristes porque son su juguete". Las almas tristes son el juguete del demonio. Un alma alegre, con la alegría que trae el Espíritu Santo, es un alma resguardada y protegida contra muchísimos pecados.

Y yo aquí quiero detenerme un poco, porque el texto que oímos hoy, de los Hechos de los Apóstoles, precisamente nos invitan a encontrar esa alegría, y las oraciones que hicimos hoy al comienzo de la Misa también hablan de alegría.

Mira esto: ¿Por qué las personas buscan los vicios? Porque buscan alegría. Una persona se siente triste, se siente deprimida, se siente desconsolada y le ofrecen un trago: "Tómese esto para que ahogue sus penas". Claro que todas las penas saben nadar; "tómese esto para que ahogue sus penas". La persona que está triste, está como esperando, como el mendigo por la calle, está esperando un poco de alegría;por eso la persona triste está expuesta a todos los vicios.

Seguramente, mi hermano, el padre Gustavo también como yo, nos hemos encontrado con algunos jóvenes víctimas de la drogadicción. Casi siempre la historia es la misma: "-Muchacho, ¿cómo es la situación en tu casa?" "- ¿Casa? ¿Cuál casa? Yo no sé lo que es eso. Yo sé dónde duermo, y sé dónde como, yo no sé qué es una casa. Mi papá, no lo conozco", o peor que eso, "mejor no haberlo conocido; con mi mamá, vivimos en una discusión y una guerra permanente; con mis hermanos, cada uno metido en su cuento y en rollo".

En esa soledad y en esa tristeza, ¿un muchacho qué hace? Ser un mendigo. La mayor parte de los vicios son mendigos de la alegría, y por eso, cuando llega un vecino, otro vicioso y le dice: "Mire, aquí le regalo: fúmese esto, inyéctese esto, huela esto", la persona en realidad lo que quiere fumar, lo que quiere inyectarse, lo que quiere aspirar es alegría; quisiera encontrar una inyección de alegría, para meterse una inyección de alegría.