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Fecha: 19990410
Título: Arrojarse totalmente en las manos de Dios, porque El siempre rescata lo suyo
Original en audio: 8 min. 40 seg.
CONTINÚA LA TRANSCRIPCIÓN...
La gloria de la Resurrección de Jesucristo ha ocupado esta semana.
Así como en una semana, nos cuenta el Génesis simbólicamente, que Dios creó todas las cosas; así como en una semana fue el tiempo de la creación, así también esta semana ha sido el tiempo de la redención.
Todo vuelve a ser creado, por algo el evangelio del día de hoy dice que hay que predicar la buena noticia a toda la creación. Todo tiene que ser renovado por Jesucristo. Los luceros en los cielos, y los mares, y los peces, la hierba verde, los frutos del campo, los animales, los seres humanos, todo tocó volverlo a a hacer.
Y Dios se tomó el trabajo de volverlo a hacer. Lo volvió a hacer. Dice uno de los Padres de la Iglesia: "Haciéndose a sí mismo, rehizo todas las cosas". Haciéndose, porque para que todo pudiera tener comienzo, Dios mismo quiso comenzar.
Y Él, que no tenía principio, porque es eterno, quiso tener principio en el tiempo, y en el tiempo Cristo tuvo comienzo en las entrañas de la Santísima Virgen María. No le pareció difícil a Dios volver a empezar.
Alguna vez se escuchó este diálogo entre Dios y Moisés: "Deja que yo les destruya, le dijo Dios a Moisés, de ti voy a sacar otro pueblo" (véase ). Moisés le dice a Dios: "No los destruyas, porque la gente que sabe que tú los sacaste de Egipto, va a decir que tú los sacaste para matarlos" (véase ).
Y de este diálogo, que es una manera como tan figurada pero tan bella de hablar del amor de Dios, vino a resultar que Dios no destruyó ese pueblo, sino que lo fue renovando, lo fue purificando.
Antes de ese episodio de Moisés, el Génesis nos cuenta que habrá crecido tanto la maldad, que Dios dijo: "Voy a acabar con todo". Pero dejó siempre un puentecito. Entre todo eso antiguo que había que destruir, y todo eso nuevo que había que construir, hubo un puente: Noé y su familia; hubo un puente: el arca.
Entre toda esa generación infiel de israelitas en el desierto, que merecía ser exterminada, y toda esa generación de israelitas, que debían entrar a la tierra prometida y que mereció ser iniciada, hubo un puente. Toda la generación que estuvo en el desierto murió, pero quedó un puente: Moisés, y Moisés educó a su sucesor: Josué.
Entre todo ese mundo que tenía que morir, y todo ese mundo que Dios quería que viviera, hubo un puente, y ese puente es Jesucristo. De modo que en la Cruz de Cristo todo muriera, y en la Resurrección de Cristo todo se restaurara.
Con esto quiero decir que Dios, para rehacer las cosas, no las canceló completamente, no deshizo el universo y empezó a hacer otro universo, sino que dejó siempre un puente entre el universo antiguo y el universo nuevo. Y ese puente, ante todos y primero que todos, es el mismo y bendito Señor Nuestro Jesucristo. En Él está destruido todo lo que hay que destruir, y en Él se construye todo lo que hay que construir.
Aceptemos también nosotros mismos que Dios destruya en nosotros cosas, aceptemos. Dios es cuidadoso, tiene manos de hábil cirujano, tiene manos de artista consumado; Dios es cuidadoso. Él dejará en ti un Noé, un arca; Él dejará en ti un Moisés, un Josué, y sobre todo, Él dejará en ti la Cruz y la Pascua.
Arrójate en las manos de Papá Dios, para que destruya y para que construya. Él tendrá que quitar muchas cosas y dejará otras. A uno le da miedo ese arrojarse en las manos de Dios porque uno cree que Dios le va a quitar todo, no. Te estoy diciendo que Dios siempre deja un puente, Él va a dejar un puente. Entonces, arrójate en las manos de Dios, con la certeza de que Él va a dejar un puente, ¿y ese puente de dónde sale?
Si miramos a Lot, en Sodoma; si miramos a Noé, en el mundo perverso; si miramos a Moisés, en una generación incrédula; si miramos, en fin, a Jesucristo, en esos tiempos de iniquidad, sacamos una conclusión: Dios rescata siempre lo suyo. La obra que Él está construyendo, la historia que sólo Él conoce, el plan que sólo Él sabe, Él lo saca adelante.
Muchas veces uno no sabe, ni es necesario que uno sepa, qué es lo que Dios va a conservar de uno. Al fin y al cabo, es bueno vivir la conversión así. Porque cuando nos vayamos a morir, ¿cómo será? Ahí sí será que Dios destruya. Hasta nuestro cuerpo parece que se va a destruir, y nuestro recuerdo parece que se va a borrar, nuestros sueños parecerán cancelados, nuestros afectos débiles, incapaces, inservibles. Pues cuando nos vayamos a morir para resucitar, ¿cómo será aquello?
De nuevo el puente. Dios me destruirá y Dios sabrá qué saca de mí.
Si te vas a morir, y todos nos vamos a morir, y un día te va a tocar hacer un acto de fe de ese tamaño, ¿por qué no adelantarlo? La conversión de la que te estoy hablando, en el fondo, es la anticipación de la muerte. Convertirse así y estar dispuesto a que Dios le quite a uno lo que Él quiera, en términos de amigos, en términos de dinero, en términos de trabajo, en términos de fama, en términos de salud, en términos de todo; convertirse así ¿qué es sino anticipar la muerte?
Un día te vas a morir ¿y ese día qué te va a tocar decir? "Señor, a tus manos, a tus manos encomiendo mi espíritu. Tu verás qué quitas, qué pones. ¿Qué va a salir de aquí? No sé, no sé, no sé; creo en ti". Pues si ese es el acto que tendré que hacer al final, ese acto de fe, anticípalo, pídelo ahora. Que sea este el fruto de la Octava de Pascua.
En ocho días, Dios creó al mundo; y la Iglesia celebra en estos ocho días, en esta Octava, celebra la recreación del mundo. Porque Dios no tuvo inconveniente en tener comienzo, para que todo volviera a empezar con Él.