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Fecha:20020324

Título:

Original en audio: 26 min. 11 seg.


Hermanos:


Es estremecedor el relato de la pasión de Cristo, uno queda como aplastado viendo al mismo tiempo tanto odio y tanta dureza por parte de los enemigos del Señor y tanta resistencia y tanta caridad por parte de nuestro Salvador.

El abismo de la maldad humana aparece plenamente ante la Cruz de Cristo, la maldad en todas sus expresiones, maldad que se vuelve traición en el caso de los discípulos, maldad que se vuelve burla, sadismo, crueldad, en el caso de los soldados, maldad que se vuelve indiferencia, en el caso de Pilato o de los sumos sacerdotes, maldad que se vuelve envidia o que se vuelve rencor en el caso de aquellos que escarnecen a Cristo en la cruz, maldad que se vuelve dolor, azotes, llagas y espinas. Y a punto de morir Jesús, los curiosos están pendientes a ver si va a haber, a ver si va a aparecer Elías.

La curiosidad, la mas liviana y vanidosa de las operaciones de la inteligencia, es lo único que rodea el espectáculo grandioso de la cruz, todo el abismo de la maldad humana desfiló frente a los ojos de Jesucristo, y uno entiende ese terror y esa tristeza que se adueñaron del corazón de nuestro Salvador, que por eso dijo “tengo tristeza de muerte” y por eso pidió El, que pedía tan pocas cosas, pidió un poco de compañía, pidió un poco de oración y lamentablemente no lo encontró.

Terror, verdadero pavor tuvo Jesucristo ante ese abismo espantoso de la maldad humana en todas sus expresiones, el alma de Cristo fue martirizada, de un modo que nos sobrecoge, especialmente por la soledad, que queda bien expresada en esa oración que hizo en la cruz con el primer versículo del Salmo “Dios mío por que me has abandonado?”

Soledad, durísima soledad, dolor hasta la locura, abatimiento, frustración, creo que podemos decir que todo lo que a nosotros alguna vez nos ha visitado y nos ha torturado, todos esos fantasmas, todos esos miedos, todos esos dolores, se dieron cita en el día terrible de la cruz del Señor, y se agolparon para romperle el corazón, para rasgarle el alma, pero el abismo que vio Cristo no fue solamente el abismo de la maldad humana, si no hubiera enloquecido, hubiera huido, hubiera prometido venganza o cualquiera otra cosa y nada de eso hizo.

¿Que le detuvo a Cristo?, ¿que le detuvo para no huir? ¿Que le detuvo para no enloquecerse y no querer drogarse?, porque el primer liquido que le ofrecieron a Cristo era una sustancia que algunas personas piadosas les ofrecían a los crucificados, una mezcla narcótica preparada con mirra y que hacía que muchos de los crucificados murieran dopados, aliviando en algo esa tortura espantosa, pero Jesús probo ese primer liquido que le dieron y no quiso drogarse.

Ese es un ejemplo interesante, la vida estaba demasiado dura en ese momento para Jesús, era mas muerte que vida y Jesús no quiso drogarse, no quiso huir, no perdió la razón, no maldijo a Dios, no anunció venganza y conoció hasta el fondo el poder de la maldad humana ¿por que? Porque Cristo puede mirar hasta el fondo de ese abismo sin enloquecerse, sin maldecir ni huir ¿por que? Porque hay otro abismo que está mirando al mismo tiempo y es el abismo del designio de Dios su padre, es el abismo de la misericordia de Dios, es el abismo del amor incalculable de papá Dios y de ese otro abismo que estaba lleno y que por eso debemos de llamar océano de ese otro océano de amor.

Cristo tuvo suficiente agua de vida para llenar el abismo de la maldad humana, como dice el Salmo “una cima grita a otra cima” “un abismo grita a otro abismo con voz de cascadas” y San Agustín comenta “sí, se encontraron el abismo de la maldad del hombre y el abismo del bien de Dios”. Y resultó mas grande el abismo del bien de Dios, que estaba lleno de amor y del amor que tenia Cristo en su corazón, amor que viene del alto cielo, porque todo tiene principio en Dios su padre, de ese amor inmenso vertió gotas, lluvia, torrente de ternura, hasta llenar incluso el abismo de la maldad humana.

Estos dos abismos compitieron y ganó Jesucristo, hay algunos puntos de este relato de la pasión que es necesario comentar, a pesar de las circunstancias y de lo extenso de la lectura, pido en ustedes amor, hambre del Espíritu y deseo de recibir luz y le pido también a ese Espíritu que me ayude a mi y me ilumine, porque tenemos una oportunidad sin igual para meditar en Jesucristo, que es el amor de nuestras almas.

Veamos hermanos como a todos los que ofendían a Jesucristo le dicen una frase que tenía que sonar de modo terrible en sus oídos y que sin embargo, algo tenía de alabanza, me refiero a aquella expresión “a otros has salvado y a si mismo no puede salvarse” y trataban de oprimirlo, trataban de deprimirlo, trataban de detenerlo, trataban de burlarse diciéndole “sálvate a ti mismo si eres Hijo de Dios y bájate de la cruz” (véase Mateo 27, 39) y decían “ha salvado a otros y así mismo no puede salvarse” (véase Mateo 27, 41) esas eran las palabras que le decían al Señor “ha salvado a otros y así mismo no puede salvarse”

Y comenta una santa, una virgen del siglo XIV llamada Catalina de Siena “tienen razón, no puede salvarse, no puede bajar de la cruz, no por el poder de los clavos que no hubieran sido suficientemente fuertes para amarrarle, es que lo que le tiene amarrado es el amor” lo que le tiene unido a la cruz es el amor, lo que impide que El se salve a si mismo es que está demasiado interesado en salvarnos y aquí es donde uno se derrumba ante Jesús, y aquí es donde uno se postra ante el Señor y uno dice “quien soy para que me ames tanto”

No podía salvarse Cristo, no tenía ni tiempo ni fuerzas ni ganas para salvarse a sí mismo, porque tenía todo su tiempo, sus fuerzas y su deseo de salvarme a mi, eso es muy grande, eso es demasiado grande, eso es demasiado amor, ese es mi Señor, ese es tu Señor, El es nuestro Señor, y ser Señor es eso, es amar con ese tamaño, ser servidor es eso, es amar de esa manera.

“No puede salvarse a sí mismo” la razón es sencilla, está muy ocupado salvándome, ha dedicado su tiempo a salvarme, ha dedicado sus fuerzas a salvarme, es muy bello eso, es muy bello mirar por un momento la cruz y decir “gracias Jesús, estabas tan ocupado en mi que no te ocupaste en ti” tenías tanto amor por mi, querías tanto mi salvación, que sacrificaste tu propia salvación, ¡eso es hermoso! es bello y es una manera de unirse a Jesucristo.

La misma Catalina le dice a nuestro Señor “algo anda mal entre nosotros, porque yo soy el ladrón y tu eres el ajusticiado” yo creo que estamos trocados, estamos cambiados, porque yo soy culpable y tu eres el inocente, pero tu recibes castigo y yo resulto salvo, estamos cambiados Jesús, es absurdo y Jesús me responde “claro que es absurdo el tamaño de mi amor, pero es la única manera de curar el absurdo de tu pecado” ¿es que no es absurdo que el ser humano peque? ¿No es absurdo que deje a Dios que es la fuente de bondad, de unidad, de verdad y se destroce y se fragmente y divida a sus hermanos? ¿no es absurdo que deje esa bondad y prefiera la mentira, y prefiera el dolor?

Dos maldades ha cometido mi pueblo, se quejaba Dios por boca del profeta Jeremías, dos maldades ha cometido mi pueblo “me han abandonado a mi y se han cavado cisternas agrietadas, pozos que no retienen el agua, ¿no es absurdo el pecado? Así nos pregunta Cristo.

Si te parece muy loco que yo siendo inocente sea castigado, dime si no te parece loco que tú teniendo el Dios que tienes le des la espalda. Y así, el absurdo del amor de Cristo viene a curar el absurdo del pecado humano, es tan loco que nosotros pequemos, que para denunciar esa locura, Jesucristo padeció el castigo merecido por nuestros pecados y por eso entendemos que el apóstol San Pablo, feliz de ser quien era por la gracia de Dios, levantara en su predicación bien alto el honor de la cruz y anunciara por todas partes “soy esclavo, soy discípulo del crucificado y de nada me glorío sino de la cruz de Cristo” ¿porque hablaba así Pablo? Pablo hablaba así porque entiende que este es el único absurdo, esta es la única locura, que denuncia la locura del mundo y por eso no puede ser otro el emblema y por eso no puede ser otro el escudo de un evangelizador.

Nada puede llevar adelante, no puede presentar como carta suya de identidad, sino la cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Podemos también meditar y debemos, entre aquel contraste entre Jesús y Barrabás y nos destaca el evangelista Mateo que Barrabás tenía otro nombre, se llamaba Jesús Barrabás, y Jesús de Nazaret salvó a Jesús Barrabás ¿no es eso lo que venimos contando? Barrabás siendo culpable queda absuelto, Jesús de Nazaret siendo inocente asume el castigo del culpable, esa cruz le tocaba a Barrabás y esa fue la cruz que recibió Cristo.

Eso es lo que Cristo ha hecho por nosotros, asumir lo que a nosotros nos tocaba, vivir lo que nosotros éramos incapaces de vivir. La misma santa doctora de Siena, Catalina, dice: “estaba el niño tan enfermo que ni siquiera podía tomarse la medicina y por eso la niñera se tomó ella la amarga medicina para sanar al niño que estaba enfermo”. El niño somos nosotros, y la niñera que toma la amarga medicina es Jesucristo, estaba el niño tan enfermo que ni siquiera podía tomarse la medicina.

Esa es la miseria a la que nos ha conducido el pecado, pero esa es la grandeza y ese es el poder de nuestro señor Jesucristo que tiene para nosotros la salvación, tiene para nosotros el perdón. Hay que meditar también, porque hoy es domingo de ramos, hay que meditar también en la unión que tiene la ofrenda de la Eucaristía y la ofrenda de la cruz.

¿Por qué estamos leyendo hoy este pasaje? Porque hoy empieza la semana mayor, y como si nos levantáramos en una colina para ver lo que está adelante, la Iglesia nos levanta sobre este pasaje precioso del evangelio, nos levanta como sobre una colina para que miremos lo que está adelante. Ya aquí están los textos fundamentales del jueves santo del viernes santo, y ya se siente, ya casi se escuchan los ecos, los primeros cantos de la Vigilia Pascual y por eso, en este día en que estamos celebrando la majestad de Cristo y la gloria de Cristo, el señorío de Cristo, y reconocemos que El es el Señor fundamentalmente por la victoria de la cruz.

En este día también tenemos que decir una palabra sobre la relación de la ofrenda de la Eucaristía y la ofrenda de la cruz, es el mismo Cristo, el que delante de los discípulos dice “esto es mi cuerpo esta es mi sangre” (véase Mateo 26, 26-28) es el mismo Cristo el que luego ofrece ese cuerpo y esa sangre en la cruz


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