Poc2002a

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Fecha: 19970409 Poc2002a

Título: Cristo con su Amor, Dignifica a la Mujer

Original en audio: 10 min. 6 seg.

Esta historia comienza con una mujer que sentía vacía su vida y andaba buscando amor y compañía; y andaba buscando amistad, fecundidad, belleza. Pero si una mujer sale buscando amigos, lo más probable es que encuentre amantes, si sale pidiendo ternura, lo más probable es que le ofrezcan sexo, si quiere un poco de cariño lo más probable es que encuentre propuestas indecentes, y en cualquier caso, ser utilizada.

Esa es la historia de ésta mujer de que les hablo. Ella se convenció de que necesitaba amor para sentirse mujer, y creía que había encontrado ese amor en un hombre, en un novio. Un día el novio la dejó por otra y la vida se le fue al piso. En medio de esta crisis y de absoluto vacío, aceptó el consejo de alguien que le dijo: ¡Mira por qué no vas a un grupo de oración, por qué no hablas con Dios!.

Y ella fue a un Grupo de Oración Católico, aquí en Bogotá, y aunque se sentía rara con todas esas oraciones, un poco de consuelo encontró su alma. Esa noche en ese grupo de oración, inició Dios la tarea de la ‘reconstrucción’ de la vida de esta mujer que estaba desecha afectiva, social, sexual, psicológica y laboralmente. Había perdido la capacidad de quererse; podía talvez hacer algún negocio con ella misma, pero amarse, ya no podía.

Pasan los años y al cabo del tiempo tengo ocasión de escuchar a esta misma mujer, y miren la homilía que hace del evangelio que acabamos de escuchar. Voy a tratar de repetir sus palabras.

Ella dice: 'Lo primero que hizo Cristo, fue llamar ‘mujer’. Para ser reconstruida, la mujer necesita que se pronuncie ese nombre, necesita que sea Dios quien le diga mujer, porque probablemente Dios va a ser el único que le diga mujer sin utilizarla, sin comprarla, sin negociar con ella. Y no estoy hablando de una mujer prostituida,(es una mujer muy elegante y trabaja en una oficina elegante); pero también a ella se le miró con ojos de ‘precio’, claro que el precio era otro, el precio era: “si quieres que te ponga atención, si quieres que te dé cariño, si quieres ser importante para mi, ya sabes que tienes que hacer”.

Y por eso cuando esta dama se sintió tratada ‘mujer’ en una boca que no engaña, en unos ojos que no desean, en unas manos que no ensucian, en un corazón que no prostituye, cuando es Cristo el que dice la palabra mujer, entonces la mujer siente que se recupera en su propio ser y siente que puede mirar de otro modo su propia historia, pero no basta eso. La amiga de esta historia me decía: ya es gran cosa sentirse llamada mujer sin sentirse utilizada, ya es gran cosa sentirse amada sin sentirse deseada. Esto es muy grande porque en esta sociedad es casi imposible, especialmente si se espera ese amor sin deseo de parte de un hombre. Pero, me decía: falta el otro paso que fue el que dio Cristo aquí con Maria la de Magdala. Después de haberla llamado mujer ya ella se siente distinta pero todavía no sana su dolor; es necesario que se sienta conocida, reconocida, en su singularidad, en su particularidad. Jesús la llama por su propio nombre: Maria, Maria.

Así como seguramente tendría que llamar hoy a muchas otras mujeres: Rosa, Claudia, Sandra, Carmen, Antonia. La llama por su nombre y cuando ella se siente llamada por su nombre, entonces también reconoce al resucitado y de alguna manera ella misma participa de la resurrección. Son como dos pasos: llamarla mujer, amarla sin desearla y luego llamarla Maria. Amar esa particularidad, esa historia y luego enviarla. Bien decía algún padre de la Iglesia que esta Maria de Magdala, Maria Magdalena era la Apóstol de los apóstoles, porque fue ella la que primero llevó la noticia del Evangelio.

La noticia del Evangelio; miren esta maravilla: en primer lugar estuvo en el corazón de una vida destruida, prostituida, los primeros labios que sonrieron de gozo por la resurrección fueron los labios de una pecadora y los primeros ojos quizá, que reconocieron al Señor Resucitado, fueron ojos que no habían visto sino tristezas para desear o concupiscencias para llorar. Que maravilla que estos ojos por una vez puedan llorar no de desprecio, ni de rabia, ni de humillación, sino de alegría. ¿A quien confía Cristo la noticia de la Resurrección? a una mujer de esas características y ella es la Apóstol de los Apóstoles. Hasta aquí las reflexiones de esta mujer que se siente reconstruida por Jesucristo.

De pronto los caballeros que están en esta Iglesia dirán: Bueno hoy se dedicó a hablar de la mujer y hablar a las mujeres. Pues no exactamente, señores, mucho tenemos que aprender los hombres cuando se habla así de la mujer. Yo creo que si los ojos de Maria Magdalena recibieron bendición de los ojos de Cristo, también nuestros ojos de hombres, nuestros ojos masculinos tienen que ser sanados por la mirada de Cristo para aprender a amar de otra manera. Y esa es también una aplicación de este Evangelio, esta vez a nuestra condición de varones, de hombres.

Pero esta no es esa la única aplicación. Leyendo los grandes místicos, (estoy pensando en San Juan de la Cruz por ejemplo), yo creo que uno puede decir sin ambigüedades y sin que se le entienda mal, que el fondo de todo corazón humano es como femenino ante Dios. Nosotros los hombres a veces alegamos de nuestra machera, y casi siempre nuestra machera es la manera de irrespetar y de utilizar a la mujer.

Cuando ya uno sale de esas taras culturales, y cuando ya entiende que ser hombrecito no eso, entonces ya es capaz de reconocer que en el fondo todo corazón humano es femenino, porque en el fondo todo corazón humano espera una palabra de amor que no puede darse a sí misma, en el fondo todo corazón humano espera ser enamorado, seducido, cautivado y poseído por la palabra y la Palabra es ¡Jesucristo, Cristo Resucitado!.

Por esa razón queridos hermanos, todos, hombres y mujeres tenemos tanto que aprender cuando un corazón humano, cuando un corazón femenino como el que nos ha presentado el Evangelio, de repente se humedece y se hace primavera.

Que esta mirada de Cristo nos haga mirar de otro modo a nuestros hermanos y especialmente a la mujer. Pero que esa mirada de Cristo nos permita también reconocer en el fondo de nuestra alma nuestra profunda vocación a ser amados, acogidos, aceptados, bendecidos, poseídos, fecundizados, fecundados por la palabra, esa Palabra Bendita que Dios Padre envió a esta tierra. Así lo realice el Señor. Amén.