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Fecha: 20030222
Título: La fe inquebrantable
Original en audio: 22 min. 40 seg.
Hermanos:
Apoyémonos en algunas frases de las lecturas de hoy, para hacer una meditación que nos sirva de alimento.
Jesús le dice a Pedro: "Dichoso, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el Cielo" (véase San Mateo 16,17). Es que Pedro había dicho: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo"(véase San Mateo 16,16).
Jesús le dice: "Eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el Cielo" (véase San Mateo 16,17). De aquí aprendemos varias cosas. Primera, que el Padre que está en los Cielos, no está como un espectador de la obra de su Hijo Jesucristo. El Padre que está en los Cielos, está revelando el misterio de Cristo a los que están cerca de Cristo.
El Padre no arrojó a Cristo al mundo, lo envió. No lo arrojó, no se desprendió de Él, lo envió. Y el Padre acompaña la misión de su Hijo, revelando el misterio de su Hijo a los que están cerca de su Hijo.
Esto lo entendemos de pronto mejor, si pensamos en que uno puede estar cerca de Jesús sin descubrir el misterio de Jesús. La gente había visto milagros, había escuchado sermones, exorcismos espectaculares, prodigios inigualables, palabras elocuentísimas, y sin embargo, no habían descubierto quién era Cristo.
Uno puede estar muy cerca de Cristo sin descubrir quién es Cristo. Los mismos Apóstoles no respondieron a una voz. Se adelantó uno, Pedro.
Es necesaria una revelación del Padre para descubrir al Hijo, para descubrir a Cristo. Esa revelación del Padre es el aspecto interior, místico pero poderoso, que hace posible que Cristo sea Cristo para mí, que Cristo sea mi Cristo, mi Mesías, mi Redentor, mi Salvador.
Esto sólo es posible con una revelación del Padre. Con esa revelación del Padre, yo descubro quién es el Mesías. Si no, me voy a equivocar, y es muy triste equivocarse con Cristo.
La gente decía: "Ese es como otro Juan Bautista. Ese es otro Elías, ese es otro Jeremías" (véase San Mateo 16,14), y se equivocaban. ¿Qué pasa si yo veo a Cristo predicando de una manera inigualable, y digo: "Este es otro Jeremías."? Pues puede ser un elogio bonito, pero yo no voy a ver en Él mi Salvador, mi Redentor. Miraré a un hombre admirable, no miraré al Salvador de mi vida.
Ver en Jesucristo el Ungido del Padre para salvar mi vida, para cambiar mi vida, esa es una gracia, ese es un regalo.
Es lo mismo que nos puede pasar a nosotros. Uno puede nacer en una familia católica y tener muchas imágenes de Jesucristo; lo llevan a Misa los domingos, de pronto un sábado también, uno oye muchas predicaciones, y tal vez ve que eso es interesante.
Pero mientras el corazón no descubra que ahí está el Mesías, el Hijo de Dios vivo; mientras no se descubra eso, Cristo no será Cristo para mí, que fue lo descubrió Pedro: "Este es el Ungido de Dios para nosotros. Este es el que Dios nos ha enviado" (véase San Mateo 16,16).