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Fecha: 19960202

Título:

Original en audio: 30 min. 46 seg.


Queridos amigos:

En esta fiesta de Cristo Nuestro Señor, luz para alumbrar a las naciones y gloria de Israel, pidamos el don del Espíritu Santo, porque fue el Espíritu el que le dijo a Simeón que estaba cerca ya casi ante sus ojos el Mesías.

Fue el Espíritu el que consoló y acompañó a la viuda Ana y la enseñó a ayunar y a orar, fue el Espíritu el que engendró a Cristo en las entrañas de María, fue el Espíritu el que hizo crecer en gracia a Jesús, pidamos ese Espíritu en este momento para nosotros para que mis palabras, por esa gracia de Espíritu, lleguen a donde deben llegar y para que vuestros corazones transformados en esa gracia sean lo que Dios quiere que sean.

Los acontecimientos que se nos narran en el santo Evangelio, y que son el centro de la celebración de hoy, tienen su origen en la antigua ley de los judíos, se nos habla de la purificación de las madres después de que han tenido sus hijos.

Esta expresión de la purificación no significa que el tener hijos estuviera mal o fuera pecado o alejado de Dios, no es ese el sentido, lo que sucede es que si lo miramos bien, por ejemplo en el libro Levítico, allá se habla de pureza y de impureza, sobre todo por aquellas cosas que ponen en contacto al ser humano con los misterios de la vida y de la muerte, una persona por ejemplo si tocaba un cadáver quedaba impura, y esto no significaba que se le pasaran los pecados del difunto, sino que ellos entendían como impureza todo aquello que pone al hombre tan de cerca con los misterios de la vida y de la muerte que de alguna manera rompe el orden, rompe la cotidianidad, rompe lo acostumbrado.

Esa noción de pureza y de impureza nos explica también por qué ellos miraron como miraban a los enfermos de lepra, la lepra suponía una especie de extrañeza en la piel de la persona, una extrañeza en su figura exterior y aquello que es extraño que se sale de lo común, que rompe la cotidianidad, eso en principio es visto como sospechoso, es visto como impuro, esa noción de impureza no se responde entonces exactamente ni a la noción de impureza como pecado referente al sexo, como nosotros lo entendemos, ni corresponde tampoco a la noción de impureza como pecado sin mas, tiene que ver con los misterios de la vida y de la muerte, pero de alguna manera prepara las ideas del pecado y de la redención.

Así pues, cuando la mujer ha tenido su hijo, cuando la mujer ha dado a luz, ha tenido tan de cerca el misterio de la vida y ese misterio ha roto tan completamente el orden acostumbrado, ha dado un nuevo ser al mundo que se necesite un tiempo de recuperación física de la madre, pero también se necesita un tiempo, para que por decirlo así, las cosas vuelvan a su curso normal y luego nos acostumbremos al nuevo estado de cosas.

Por esa razón, se había previsto que hubiera esta purificación y por esa razón María accede y mira como lo más normal participar de ese rito de purificación, ella, que como lo sabemos bien, así nos lo ha predicado la Iglesia, ella que no tenía pecado alguno del cual purificarse y ella que no tenía tampoco suciedad alguna de la cual limpiarse, pero repito, no se trata de asunto de limpieza ni de absolución de pecados, sino se trata, llamémoslo así, un tiempo de asimilación del misterio de la vida o un tiempo de asimilación del misterio de la muerte, a esas palabras, a esos términos se dirige lo de pureza e impureza.

Las mamás debían llevar sus varones primogénitos al templo de Jerusalén ¿por qué tenían que llevar sus primogénitos? Esa costumbre tiene su origen, según lo explica también el Pentateuco, en aquella noche santa, santísima para los judíos, la noche de la Pascua, recordamos bien que en esa noche el ángel exterminador, el ángel de la venganza divina, el ángel encargado de hacer justicia en los primogénitos de Egipto, pero los primogénitos de Israel y las familias israelitas fueron protegidas o digo mejor, perdonadas, pues bien, Dios protegió a su pueblo, reservó a su pueblo.

Yo quisiera que El me diera palabras en este momento para expresar lo que eso quiere decir, la idea es más o menos esta, mis queridos amigos, ¿Qué es eso de la ira o del castigo de Dios? ¿y que es eso entonces del castigo que va a ejecutar el ángel en Egipto? ¿y que es eso entonces eso de la consagración de los primogénitos? La idea, es esta, como el mundo anda tan mal en tantas cosas y como se cometen tantas injusticias que claman al cielo, pero los gritos desgajados de quienes sufren esas injusticias parece que nunca son escuchados, como se cometen tantas maldades y esas maldades parecen acumularse unas encima de otras, da la impresión de que un día esto va a explotar.

Por ejemplo cuando uno piensa en el saldo de la triste historia que se repite muchas veces aquí en Bogotá, de esas criaturas prácticamente niños, prácticamente niñas expuestos sometidos obligados a prostitución infantil, uno piensa, desde luego, que de semejantes corazones despedazados en la flor de su juventud ¿Qué puede salir sino agresividad? ¿Qué puede salir sino vulgaridad? ¿Qué puede salir sino odio?

De estos muchachos, de estos amigos y amigas que participan en pocalanas oí el siguiente testimonio: “padre que podemos hacer si nos hemos encontrado con una pobre muchachita con la pareja llena de veneno, llena de basura, llena de droga, llena de todo pero esperando un hijo” ¿Qué se hace en ese caso, que futuro tiene esa criatura? Entonces uno averigua cual fue la familia de esa pobre muchachita que vive en la calle y encuentra que efectivamente no hubo familia tampoco, de manera que son como cadenas de males, pero que se van aclarando cada vez más, porque ser papá es cada vez mas difícil y cada vez hay menor preparación para ese ser papá.

La consecuencia que uno descubre es que poco a poco van naciendo generaciones de niños, que luego crecen y engendran a sus propios hijos con el corazón mas impermeable a la piedad, a la misericordia, al amor, a la religión, a la fe, corazones progresivamente mas impermeables al amor, corazones mas incapaces de entender el alfabeto mismo de la ternura.

Esa acumulación de males la descubre la Biblia en varios lugares, les recuerdo uno, allá en el libro del Génesis se nos habla del diluvio, se supone dentro de la lógica de ese relato del diluvio que se van acumulando de tal manera los males unos sobre otros, que llega el momento que el corazón sólo sirve para odiar, y hacia allá parece que caminara esta civilización, solo sirve para odiar, para pensar en si mismo, para exprimir al otro, para hacerle daño a la gente, esa acumulación de males finalmente suscita una intervención de la justicia divina, para que no se cometan mas injusticias en contra de los mas pobres o de los más débiles, esa intervención es la del diluvio.

Pero se dan otro género de intervenciones parecidas, en el caso de Sodoma y Gomorra Abraham, lo sabemos, intercedió por estas ciudades, y le decía Abraham al Señor “si hubiera cincuenta justos o cuarenta o treinta o veinte justos ó diez” no alcanzó a haber diez justos, los únicos justos que había eran Lot y su familia, y por eso Dios envió dos personajes del cielo que sacaran a Lot y su familia de esas ciudades, porque iba a llover fuego y azufre sobre ellas, algo parecido sucede con la devastación de Jerusalén a manos de Nabucodonosor, se acumulan los pecados de Israel.

De manera que ya no queda ni piedad ni religión ni sinceridad ni fe en nadie, ni en los sacerdotes, ya no hay profeta, ya no hay nadie, esa acumulación de males explota desde sí misma en algo que el profeta lee como una intervención de la justicia de Dios.

En resumen mis amigos, eso que en la Biblia llama “la ira de Dios” no significa que Dios se vaya poniendo bravo y bravo “y ya verás te voy a pegar” como el papá que se fuera poniendo bravo y bravo porque no le dejan ver la televisión o resolver el crucigrama y finalmente saca la mano y le da su cachetada al niñito, esa no es “la ira de Dios”, es la acumulación de aquellos males que finalmente explotan desde sí mismos, pero es que Dios también está dentro de eso de sí mismo de las cosas, explotan dentro de si mismos.

Mis queridos amigos, no es distinto el destino que aguarda el mundo, las explosiones del diluvio, de la caída de Jerusalén, de Sodoma y Gomorra son pequeñas, el libro del Apocalipsis prepara nuestros corazones, prepara nuestras almas para una explosión última y decisiva, en la que ya no serán sólo dos ciudades, Sodoma o Gomorra, en la que ya no será solamente la capital de Israel o Jerusalén, sino que será todo el universo.

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