Ak02003a

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Fecha: 20020217

Título: La Iglesia ve oyendo

Original en audio: 13 min. 38 seg.


Con palabras muy sencillas pero muy elocuentes, el evangelio nos invita a contemplar el rostro de Cristo. Casi nos parece sentir la hermosura de este Rostro brillante como el sol. El primer mensaje de este domingo de Cuaresma es ese: contemplar a Jesucristo, enamorarnos de la belleza de Jesucristo.

Es impresionante la experiencia espiritual que han tenido Pedro, Santiago y Juan. Pedro estaba como fuera de sí, -eso es lo que significa la palabra éxtasis: fuera de sí-, estaba transportado, estaba desbordado por esa hermosura.

Y sería tanto lo que vivía y sentía, que dijo: "Hagamos unas enramadas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías" (véase San Mateo 17,4). Él no pensó ni siquiera en sí mismo ni en sus compañeros. Él lo que quería era que ese cuadro no se acabara nunca, que esa belleza no se acabara nunca. Él quería quedarse mirando para siempre la hermosura del rostro de Jesucristo.

¿Cómo será el Cielo? El Cielo es eso. El Cielo es mirar la hermosura infinita de Dios y es sentir lo que dijo Pedro: "Esto no puede terminar. Hagamos algo para que esto no se acabe". ¡Qué belleza! ¡Qué hermosura!

Estamos en Cuaresma, tiempo en que la Iglesia nos invita a orar más, a hacer penitencia y a hacer obras de misericordia. Pero nuestra penitencia no puede ser triste, nuestra limosna no puede ser de mala gana, y nuestra oración no puede ser rutinaria ni obligada.

Necesitamos una experiencia conmovedora, estremecedora, así como la que tuvieron Pedro, Santiago y Juan, una experiencia que nos deje fascinados con el rostro de Cristo, y que nosotros podamos decir como Pedro: "Esto no debiera terminar nunca; hagamos algo para que esto no acabe".

Con ese horizonte, con ese deseo de Dios, con esa hambre de Cristo, podemos vivir bien la Cuaresma. La Cuaresma no es un ejercicio aburrido. La Cuaresma es la preparación que todos nosotros, el pueblo de Cristo, junto a Cristo Jesús, realizamos para acercarnos a estos misterios celestiales.

Primera enseñanza: Pidámosle a Dios que nos regale hambre y sed de la hermosura espiritual, especialmente de aquella que brilla en el rostro de Jesús.

Segunda parte: Es impresionante la sencillez con la que obra Jesús. En Él brilla toda esa belleza, toda esa hermosura. Pero Él obra con una sencillez tan grande, como si las cosas le estuvieran sucediendo a otro. Más bien lo que intenta es ayudar y reanimar a sus discípulos: "Levántense, no tengan miedo" (véase San Mateo 17,7).