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Fecha: 20020216

Título: Tres piedras preciosas de la Cuaresma

Original en audio: 11 min. 14 seg.


Quiero invitarlos, amigos, a que descubramos y apreciemos la belleza espiritual que tiene este tiempo de Cuaresma que acabamos de iniciar. En las tres lecturas de hoy aparecen, podríamos decir, tres gemas, tres piedras preciosas, tres destellos hermosos de la Cuaresma.

Empecemos por esa respuesta que hemos dicho en el salmo: "Enséñame Señor tu camino, para que siga tu verdad" (véase Salmo 86,11). ¡Qué bella es la actitud del discípulo! Qué bella es la actitud de aquella persona que renuncia a la soberbia, renuncia a la obstinación, a la terquedad, y que se pone en manos de Dios, que busca una luz, que abre el oído, que no endurece el corazón, que prepara su vida para mejores tiempos.

Todo eso es lo que significa ser discípulos. ¡Qué triste es la vida del obstinado, del terco! La persona que es terca, no tiene otro maestro que él mismo, y por eso no puede ser mejor, no puede crecer, no puede mejorar.

Porque su único maestro es él mismo. Hasta él llega; uno no puede ir más que el maestro. Así nos dice Jesús en algún lugar del Evangelio: "El discípulo no es más que su maestro" (véase San Mateo 10,24).

Si tu maestro, si tu único maestro eres tú mismo, quiere decir que nunca vas a crecer. Y es muy triste el destino de la persona obstinada, de la persona terca. Jamás va a crecer, porque su único maestro es él mismo.

En cambio, cuando uno le dice a Dios, Maestro de todos, "enséñame Señor tu camino", uno está escogiendo como maestro a Dios mismo, al que es infinito en sabiduría, al que es infinito en bondad, al que es infinito en poder.

Eso es darle una oportunidad al corazón; eso es darse una oportunidad uno mismo: dejar atrás toda soberbia, toda terquedad y ponerse en el hermoso camino del crecimiento en la sabiduría y en el amor.

La actitud de buscar a Dios, de no obstinarse uno en sus juicios, de dejarse guiar, es muy propia de la Cuaresma. Esa es la primera joya, la primera piedra preciosa que quiero destacar en este día.

Luego está clarísimo el ejemplo que nos da la lectura del profeta Isaías. Podríamos tomar punto por punto lo que dice Isaías: cómo nos enseña a renunciar al mal, y cómo intenta encariñarnos con el bien.

Así, por ejemplo, menciona que renunciemos a las obras malas, porque dice que "renunciemos a la opresión" (véase Isaías 58,9), que renunciemos a las palabras malas, porque dice que "dejemos la maledicencia" (véase Isaías 58,9), que nos dejemos de estar maldiciendo, hablando mal, -maldecir: decir mal-, y que evitemos las actitudes perversas, agresivas con los demás, porque para eso dice que "quitemos de nosotros el gesto amenazador" (véase Isaías 58,9).