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Fecha: 19980226
Título: He puesto frente a ti la vida y la bendicion
Original en audio: 6 min. 36 seg.
Hay libros de la Sagrada Escritura que se pueden resumir en una frase. Por ejemplo, la Primera Carta de San Juan, se puede resumir en aquella expresión: "Dios es amor" (véase 1 Juan 4,8); y por ejemplo, el libro de Deuteronomio se puede resumir en una frase que ha aparecido el día de hoy en la liturgia: "Elige la vida" (véase Deuteronomio 30,19).
Todo libro del Deuteronomio es como una diosa, como el acompañamiento a esa frase, a ese pensamiento, a ese mandato, a esa petición, a esa súplica: "Elige la vida (véase Deuteronomio 30,19); podemos decir que el texto de hoy es el resumen de Deuteronomio: "He puesto frente a ti la vida y la bendición, por un lado, la muerte y la maldición por otro lado. Elige la vida" (véase Deuteronomio 30,19).
El mismo Dios que pone delante el bien y el mal quiere que escojamos el bien; y este es un misterio que los filósofos no se cansan de pensar: ¿Por qué si lo bueno es el bien se nos pone también delante el mal? ¿Por qué es necesario pasar por una elección en la cual podríamos equivocarnos?
Algunas veces, cuando uno se estrella duro contra su propia mediocridad y sus limitaciones, uno como que quisiera no tener que elegir, quisiera estar hecho de tal manera, que automáticamente eligiera el bien.
La libertad parece un estorbo cuando hay tantas cosas que nos llaman hacia el mal, y sin embargo, de acuerdo con el Deuteronomio, es el mismo Dios quien ha querido que tengamos frente la bendición y la maldición, ¿por qué cuando se compara a aquel que puede elegir y eligió la muerte con el que no puede elegir, resulta ganando el que no puede elegir?
Por eso los animales, las plantas, los seres irracionales no se equivocan; ellos no pueden elegir, y por eso su camino siempre es escogido por Dios.
Cuando se compara un animalito con una persona que eligió la muerte, más liviana y mejor es la suerte del animalito; pero cuando se compara el animal más astuto, inteligente y simpático con el ser humano que eligió la vida, gana el que eligió la vida. Hay una grandeza ontológica, hay una grandeza en ese ser y esa grandeza es querida por Dios Creador y Dios no se desdice de sus palabras.
Hay algo grande en eso de que Dios pueda ser recibido por elección y por amor y no por necesidad; además la naturaleza racional, intelectual, diría Santo Tomás de Dios, no puede ser plenamente un "tú", no puede ser un interlocutor sino para otra naturaleza racional; ya en el universo invisible existían esas naturalezas inteligentes capaces de ser interlocutores de Dios.
Pero en el universo visible no había tal naturaleza; Dios ha querido crear al hombre para que también en el universo visible haya un "tú" que pueda ser plenamente depositario de sus bienes, de sus bendiciones; y para ello es necesario que haya una naturaleza que pueda decir que "no".
Por decirlo así, Dios ha corrido el riesgo de escuchar el "no" por el deseo de oír ese sublime "sí", porque en ese "sí", como le decía el Señor a Catalina de Siena, cuando el ser humano se abre a Dios y le acepta y le ama, en ese "sí" Dios reconoce algo que es como suyo propio. "Me contemplé en el hombre hecho a mi imagen y de esa imagen me enamoré", le dice Dios a Catalina de Siena.
Cuántas cosas tan grandes suceden con el solo hecho de que un ser humano diga sí; Jesus lo dice en algún lugar del Evangelio: "Basta que un pecador se arrepienta para que en el cielo entero estalle en fiesta" (véase San Lucas 15,7).
Y nosotros, siendo lo que somos en el universo de las naturalezas inteligentes, somos lo más humilde, lo más pequeño; pero nuestro "sí" produce una fiesta en el cielo, porque es el "sí" más difícil y quizá en ese sentido es el más esperado; es muy difícil decir que "sí", no es fácil decir "amén", no es fácil acoger en su integralidad la voluntad del Padre, y por eso necesitamos del auxilio del Espíritu Santo, y del ejemplo y la gracia de Jesucristo, la enseñanza de Él para también nosotros decir que "sí".
El "sí" resuelto de Cristo en el altar motiva el "sí" resuelto de cada uno de nosotros a su propia vocación, y desde ese "sí", convencido y resuelto, nace la alegría de nuestro corazón que ya se vuelve un cielo.