O023001a

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Fecha: 19960117

Título: Despojarse de armaduras para vencer

Original en audio: 9 min. 27 seg.


El episodio del filisteo gigante, fanfarrón, maldiciente, mal encarado, guerrero desde joven, que resulta vencido de un solo golpe, sirve sobre todo para hacer un contraste entre la mirada de Dios y la mirada del hombre, como nos lo decían las lecturas de ayer.

¿Por qué? Porque ya ayer se nos hablaba de que David era de buena presencia, era bien parecido. Y el filisteo en cambio, era seguramente uno de esos hombres con cara de bravucón, de matón, de "conmigo nadie se mete", de "conmigo la tienen perdida".

Seguro no es que fuera feo, sino que deseaba parecer más feo de lo que era, porque quería infundir terror. Y desde luego que con esas características y con esos deseos, sólo podía despreciar la agilidad, la juventud, la inexperiencia y la belleza de David.

Pero en realidad lo que está detrás en este relato, no es la pelea entre el filisteo y David, aunque eso es lo que aparece en primer plano. Me atrevo a decir, que el contraste está aquí, no entre el filisteo y David, sino entre Saúl y David.

¿Qué se nos había dicho sobre Saúl? Que era alto, que era como una especie de jefe por naturaleza, porque sobresalía ante todo el ejército, y que era de buena familia, hijo de Quis, un benjaminita. Por eso parecía que lo más normal, era que él fuera el rey de Israel.

Pero aquí es donde está el problema. Este filisteo era también alto, más alto que Saúl. Saúl era un guerrero, pero el filisteo era más guerrero; es decir, lo había sido desde antes. Saúl tenía fuerza, el filisteo tenía mucha más fuerza. Saúl sabía el arte de la guerra, el filisteo sólo sabía eso: matar, destrozar.

Esto significa que cuando uno pone su confianza en las cualidades humanas, y uno cree que ellas le van a salvar, siempre resulta algún otro, que puede ser uno mismo, que tiene las mismas cualidades, pero que las aplica para el mal.

Por ejemplo, si uno confía que será la inteligencia de fulano de tal, la que nos va a dar la victoria, pues sucede que un malvado que tenga más inteligencia que ése, será el que nos va a dar la derrota. Y por eso Saúl tiene que recluirse en sus tiendas, tiene que recluirse en su casa, medio avergonzado, medio angustiado, porque en el fondo, no puede hacer frente al filisteo.

Este es todo el meollo del asunto. Saúl, con todas sus cualidades de las que ya se había hablado, siendo tan alto, tan fuerte y tan guerrero, no tiene nada que hacer frente al verdadero peligro. ¿Por qué? Porque teniendo estas cualidades, se tiene en realidad solamente a sí mismo. Saúl entonces, ha sido vencido por el filisteo.

David es un muchacho al que no le sirve la armadura, como lo dice también el texto en la segunda parte que hemos leído aquí en la Santa Misa. La armadura defiende, pero hace pesado al guerrero. David es un hombre ágil, y sobre todo, es un hombre que cuenta fundamentalmente con Dios.

El desenlace del relato lo hemos escuchado, y es que David sí logra la victoria, una victoria que es de David, una victoria que es de todo Israel, pero en realidad una victoria que es de Dios.