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Fecha: 19980128

Título:

Original en audio: 6 min. 5 seg.


Queridos Hermanos:

Nosotros no podemos celebrar la obra de Cristo en los santos de nuestra Orden de la misma manera que celebramos a otros santos. Hay un vínculo muy profundo, me atrevería a decir, existencial, que nos une con ellos.

He podido comprobar, en una pequeña investigación el año pasado, que nuestra fórmula de profesión, es decir, aquella que en día solemne y bello, ustedes y también yo hicimos, es la misma fórmula de profesión que data desde el siglo trece.

Nosotros nos hemos ofrecido a Dios con las mismas palabras y seguramente con una intención semejante, por decir lo menos, a la que tuvieron San Jacinto de Polonia, San Luis Bertrán o Santo Tomás de Aquino, y por eso, nos unen no sólo el Evangelio, una misma obra de salvación, un mismo Espíritu y una misma Iglesia, nos une una vocación semejante, y esto quiere decir que ellos han tenido sueños parecidos a los nuestros; ellos han tenido anhelos, esperanzas, dificultades semejantes a los nuestros.

Y significa también que de alguna manera, aunque nadie nos lo diga, la Iglesia eso era de nosotros algo semejante a lo que encontró en ellos.

Cuando hemos tenido la ocasión, unos más otros menos, de asomarnos al ministerio y a la vida de la Iglesia, más allá de las fronteras de la Orden de Predicadores, fácilmente nos encontramos que la expectativa de los sacerdotes diocesanos, o de los señores obispos, o de los miembros de otras comunidades, la expectativa de ellos hacia nosotros está siempre el líneas muy definidas.

Se espera del dominico que tenga palabra centrada, profunda, luminosa, la palabra de teólogo. Se espera que tenga el criterio maduro, se espera que tenga la claridad, que pueda dar luz sobre los acontecimientos. Y así también se esperan algunas otras cosas.

Por eso cundo nosotros concelebramos con nuestros santos dominicos, porque ellos no están ausentes, ni son sólo recuerdos, cuando nosotros concelebramos con Santo Tomás, por ejemplo en este día, cuando celebramos al mismo Cristo que él amó y que él celebró, cuando lo celebramos en esta Eucaristía, también nos unimos a ese mismo amor.

Decía el Papa no hace mucho: "Los jóvenes religiosos necesitan encontrar puntos de referencia, necesitan encontrar modelos, necesitan encontrar, por decirlo de alguna manera, alguien que vaya adelante, alguien que muestre el camino". Y es un hecho que entre las personas de nuestro tiempo, a veces no encontramos todo lo que quisiéramos esos modelos.

a veces incluso encontramos incoherencias que nos desaniman, o que podemos utilizar como pretexto para justificar las mediocridades que ya empiezan a darse en la juventud de nuestra consagración.

Pero nosotros no debemos olvidar que la Iglesia no se acaba en las fronteras de este siglo, así como tampoco se acaban las fronteras de este país. Habría que levantarse un poco y mirar por encima de las fronteras de Colombia y por encima de los límites de este siglo, y descubrir que la vocación y el don de Jesucristo se han esparcido generosamente en los siglos y en las culturas.

Y descubrir, por ejemplo nosotros en nuestra Orden, con cuanto amor se consumió en el servicio de Dios un hombre como Tomás de Aquino. Descubrir en él no sólo el santo, no sólo el profesor, no sólo el doctor. Qué tal un pequeño reto, una pequeña invitación, descubrir a Tomás el fraile, decubrirlo.

Meditar, mientras rezamos el Santo Rosario, por ejemplo, mientras estudiamos en nuestra habitación, mientras visitamos a Cristo en la Eucaristía, meditar en que esa fue también vida de Santo Tomás de Aquino.