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Fecha: 19960121
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Original en audio: 8 min. 40 seg.
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Como hemos comentado en el domingo pasado, la Iglesia se encuentra en lo que llamamos el Ciclo A de las lecturas del domingo. Durante los domingos de este año, nos va a acompañar el Evangelista Mateo. Hay que hacerse amigos de San Mateo en este año.
Usted podrá hacer de cuenta que va a tomar un curso sobre Jesucristo dictado por una persona que le conoció muy bien, que vivió con Él que fue testigo de su muerte y su resurrección. Todo eso son los Apóstoles, pero todavía más, se trata de un hombre que ha recibido de Dios el auxilio: proclamar con vigor, con fuerza, con amor la Palabra de salvación, porque no es sólo Apóstol, sino también Evangelista. Este es Mateo.
Y por eso la lectura del evangelio que preside la liturgia de la palabra, está tomada de este Evangelista, precisamente del capítulo cuarto de su obra que ha llegado hasta nuestros días.
De verdad que es hermoso, de verdad que es maravilloso, que estos textos tan antiguos, de ya casi dos mil años de antigüedad, puedan llegar hasta nosotros y puedan traer también a nosotros palabras de luz, palabras de salvación; pueden ser también para nosotros una escuela de humanidad.
Porque como uno tiene una sola vida, es importante no tirarse la única vida que tiene. Pregúntele a una persona que tiene un solo vestido fino, que es el de todas las fiestas, así pasa algunas veces, pregúntele a uno de esos caballeros que sólo tiene u vestido, que es el vestidito fino; hombre, el tipo cuida su vestido porque es el único que tiene.
El que tiene para dar y derrochar suele desperdiciar las cosas. Así pasa con algunos niños ricos cunado son malcriados. Pero pregúntele al hombre que le ha tocado trabajar para tener su único carrito cómo lo cuida.
El Evangelio se pronuncia en nuestra vida para eso,para que uno cuide la única vida que tiene, para que no la desperdicie, para que usted aproveche realmente su vida, la viva al derecho, para que usted no tenga que decir, cuando se haya terminado la capacidad laboral, cuando llega finalmente la decadencia, usted diga o tenga que decir: "Tuve sólo una oportunidad; la perdí".
Para eso se pronuncia el Evangelio en nuestras vidas. ¿Y qué es el Evangelio? Es una especie de sazón; Jesús compara en algún lugar al Evangelio con esa especie de sal. En regiones calientes y pobres se utiliza la sal para evitar que la carne se corrompa.
El Evangelio es como una especie de sal, por eso a veces arde un poquito, y tiene que arder un poquito, porque si el Evangelio no causa un poco de rasquiña, un poco de escozor, quiere decir que usted se distrajo, que usted no escuchó, o quiere decir que tiene hondos, profundos o gruesos callos en los oídos y no oyó lo que el Señor le quería decir.
El Evangelio debe producir un poquito de escozor, un poquito, un poquito de rasquiña. Uno tiene que preguntarse: "Bueno, cómo así que este Jesús pasa sanando toda dolencia y toda enfermedad, bueno, ¿y las dolencias y las enfermedades de mi alma olas de mi familia, ahí qué pasa?
El Evangelio es como una especie de sal, que arde un poquito, pero que ayuda a conservar las cosas en su propio sabor. El Evangelio es una palabra pequeña, pero que tiene un inmenso poder; es una palabra capaz de cambiar el sentido.
Decía mi profesor de Pastoral Social, el Padre Jairo Nicolás, que le Evangelio es como ese telegrama que le puede cambiar la vida a una persona; lo que uno no sabe es cuál es el telegrama que le va a cambiar a uno su vida, la suya, la de usted. Pero el Evangelio es un telegrama de salvación.