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Fecha: 19990110

Título: El Ungido del Padre

Original en audio: 11 min. 36 seg.


Queridos Hermanos:

Esta Fiesta del Bautismo del Señor cierra el ciclo de Navidad. Tal vez muchos de nosotros ya no nos sentíamos en Navidad, porque han pasado varios días desde aquella noche del veinticinco de diciembre, y hace también un tiempo que estábamos celebrando la llegada de aquellos magos de Oriente a ver al Niño Jesús. Eso es casi lo último que recordamos sobre la infancia de Cristo.

De manera que no asociamos espontáneamente esta Fiesta del Bautismo con el tiempo de la Navidad. Y sin embargo en esta Fiesta de algún modo se resume el sentido o la finalidad del nacimiento de Jesucristo. Eso se nota desde el nombre que le damos, o mejor dicho, desde el nombre que el Padre le ha dado a Él.

Antes de nacer Jesús, Dios dijo que ése iba a ser su nombre, Jesús. Pero nosotros lo llamamos Jesucristo. Y ese Cristo que nosotros le agregamos al Jesús, no es un invento nuestro. Ese Cristo también lo ha pronunciado el Padre, porque la palabra Cristo significa en griego ungido, aquel que ha recibido la unción.

Por eso la Navidad empezó con el Nombre de Jesús; la Navidad termina con el nombre de Cristo; como quien dice, el Nombre de Jesucristo completa la Navidad, porque hoy es el día de la unción de Jesús.

Hoy, en este día del Bautismo, el que ya era Jesús empieza a ser Cristo. Hoy se completa su Nombre, y al completarse su Nombre, este Jesucristo tiene no sólo la humanidad, sino la unción, no sólo la carne, sino la misión, no sólo un cuerpo, sino una tarea. No sólo tiene en este momento su naturaleza humana, sino también el llamado, el camino, para que esa naturaleza sea instrumento de su divinidad en orden a nuestra salvación.

Es decir, que sin la Fiesta del Bautismo, sin esta Fiesta que estamos celebrando, la Navidad quedaría incompleta. Ya alguno de los antiguos Padres de la Iglesia decía, que este Bautismo de Cristo, en cierto sentido, es como el nacimiento de la misión, del camino, de la tarea de Jesús.

Y sabemos en efecto lo que sigue después del Bautismo. Después de este día, Jesús, poseído, ungido por el Espíritu Santo, va al desierto en soledad, en oración, y con la misma fuerza del Espíritu que hoy vemos que lo ha ungido, empieza a hacer milagros, predica.

Pero sus palabras, como luego lo diría San Pablo, "no son sabiduría humana" ( véase 1 Corintios 2,13 ). Son palabras, que como dice la Carta a los Hebreos, "atraviesan, escrutan, llegan al corazón" ( véase Carta a los Hebreos 4,12 ). Son palabras ungidas.

No es un filósofo, no es un simple maestro, no es un pensador, no es un hombre genial. Es un hombre ungido; tiene algo de Dios, un poder de Dios, un amor de Dios, una unción de Dios.

Y es esa unción de Dios, la que penetra los corazones. Es esa unción de Dios, la que hace que sus palabras transformen la vida de las personas.

Es esta unción, la que vemos hoy que está sucediendo, la que hace, que cuando Jesús le dice a una persona: "Sígueme", esa persona siente su corazón terriblemente, fantásticamente enamorado.

Y como sabemos que lo único que tiene poder en el corazón humano es el amor, Jesús, en este día del Bautismo, -las palabras tienen que ser precisas-, recibe la participación en su humanidad creada de toda la potencia, de toda la ternura, de toda la gracia, de todo el amor de Dios Padre, porque esa es la comunicación del Espíritu Santo.