O013001a
Fecha: 19960110
Título:
Original en audio: 4 min. 46 seg.
Estamos escuchando, en el Primer libro de Samuel, la historia de la vocación de este gran profeta. Grande y acreditado ante Dios y ante el pueblo precisamente porque su palabra se cumplió.
El elogio qye se hace de Samuel no se repite en ningún otro profeta, aunque sin duda también sucedió con otros: "Ninguna de sus labras dejó de cumplirse" (véase ). Esto describe una unión íntima entre la palabra del profeta y la Palabra de Dios, que es fruto de una íntima unión entre el corazón del profeta y el Corazón de Dios.
Lo hermoso es percibir, es descubrir que esta unión tan íntima proviene de un llamado del Señor, que por su misericordia levanta el corazón y la vida del profeta, lo abraza, lo hace suyo, lo llama, como hemos hemos visto en la lectura del día de hoy; lo llama, lo llama por su nombre; pero no lo llama simplemente para hacerlo especial, sino para ponerlo al servicio de un plan de salvación, de una historia de salvación, que desde luego imlpica no sólo al profeta, sino a muchos otros del pueblo de Dios.
Así también Samuel en un tiempo en el que la Palabra de Dios es rara, la lámpara se estaba extinguiendo; en un momento así, Dios, por misericordia para con Ana, como escuchábamos en la lectura de ayer; con misericordia para con Samuel, a quien va a unir a su propio Corazón y le va a dar su propia voz; pero sobre todo por misericordia para con el pueblo, en esos momentos de escazes, en esos momentos en que era rara la Palabra del Señor, hace vibrar el , hace vibrar los corazones y manifiesta que está en medio de su pueblo.
El relato es toda una poesía en sí mismo. Elí, un sacerdote anciano; un culto decadente, porque el sacerdocio pues era hereditario, venía por las tribus, y entonces Elí es ya un viejo incapaz de corregir a sus hijos, también sacerdotes, a los que tendría tanto que corregir.
Como escucharemos pronto en las lecturas de esta semana, el culto se ha convertido en una farsa. Los hijos del sacerdote Elí utilizan ese sacerdocio para provecho personal. Y en medio de esa decadencia y de ese vejez, en medio de esa debilidad y de esa decrepitud, la voz de Dios para un muchacho.