Smam015a
Fecha: 20000101
Título: Solo renaciendo de Maria podemos llegar a ser verdaderamente cristianos
Original en audio: 6 min. 10 seg.
El Apóstol San Pablo no menciona a la Madre de Jesús en ningún otro sitio, sino en este pasaje que hemos escuchado en el día de hoy, es decir, en el capítulo cuatro de su Carta a los Gálatas: "Envió Dios a su Hijo que nació de una Mujer y se sometió a la Ley" (véase Carta a los Gálatas 4,4), ni siquiera trae el nombre de la Madre de Jesús sino únicamente la caracteriza por ese apelativo común: una mujer.
Pero con esta Mujer llega la plenitud de los tiempos. El versículo que hemos proclamado en el aleluya lo indica así. Es un verso tomado del comienzo de la Carta a los Hebreos: "Dios nos había hablado por medio de los profetas, pero ahora al final de los tiempos, nos ha hablado por medio de su propio Hijo" (véase Carta a los Hebreos 1,1-2).
De modo que esta Mujer, que tiene en común con las otras mujeres la capacidad de la maternidad y el hecho de ser Madre, tiene como característica singular que con el Hijo nacido de sus entrañas, con el Hijo que la hizo Madre, con ese Hijo llega la plenitud de los tiempos, llega el tiempo lleno de significado, llega el cumplimiento de las promesas y llega la nueva Ley.
San Pablo en este pasaje asocia a María con el régimen antiguo de la Ley: "Nacido de mujer", (véase Carta a los Gálatas 4,4), que es la expresión que Pablo tiene para Cristo. Indica: hermano de nuestra especie, de nuestra raza, uno como nosotros, uno más dentro de aquel pueblo que recibió las promesas.
Pero cuando luego nos dice que, "la prueba de que somos hijos de Dios es que hemos recibido el Espíritu de su Hijo" (véase Carta a los Gálatas 4,6), también descubrimos que, a través de esta Mujer, el régimen antiguo de la Ley queda vencido y llega un régimen nuevo, una Ley nueva, como la llama Santo Tomas de Aquino: la Ley del Espíritu de Dios, la Ley del Espíritu Santo.
Por eso, hoy podemos contemplar a María como aquella Mujer, que teniendo en común con tantas mujeres la alegría de la maternidad, tiene del poder de Dios la característica única de servir de transición, de camino, de puente, desde el régimen de la Ley de Moisés, que es una ley externa, al régimen de la Ley del Espíritu, que es una ley interna.
María introduce la voluntad de Dios en el corazón del mundo porque vive esa voluntad de Dios desde la radicalidad de su corazón inmaculado. ¿Y ésto que significa para nosotros? Mucho, por no decir todo en nuestra vida cristiana.
Así como es verdad que María en el orden natural no dio a luz a una parte de Cristo sino a todo Cristo, así también es verdad que la plenitud de la vida cristiana nace también del corazón, de la fe, de la palabra, del amor de esta Mujer, de María, a quien hoy recordamos y celebramos con inmenso amor.
Efectivamente, el gran drama del corazón humano es darse cuenta de lo que es bueno y no tener la fuerza para cumplirlo. Cuando nos damos cuenta de que algo es bueno o sería bueno, y qué bueno que sucediera, ése es el régimen de la Ley de Moisés; cuando sentimos afuera de nosotros un mundo que no termina de realizarse y unos deseos que no encuentran camino, ahí estamos todavía en el régimen de Moisés.
Cuando pensamos: "Qué bueno que fuera", "qué bueno que yo hiciera", "qué bueno que todos pensáramos", ese lenguaje optativo, hipotético, desiderativo, ese lenguaje es propio de la ley externa, de la Ley de Moisés.
Cuando, en cambio, sentimos que un impulso interior, un impulso de amor nos mueve en primer lugar a la alabanza, a la gratitud, al testimonio, a la pureza de vida, a la sinceridad, a la coherencia, esa es la ley interior. ¿Quién de nosotros no entiende la grandeza de ese paso que va de la ley exterior a la ley interior? Sólo con ese paso es posible ser verdaderamente cristiano.
Esa es la conclusión de nuestra reflexión: así como sólo naciendo de María podíamos tener a Cristo, así también nosotros, sólo renaciendo de María, podemos llegar a ser verdaderamente cristianos, porque con Ella ha llegado la plenitud de los tiempos y porque Ella conoce ese camino que va desde la maternidad natural hacia la fecundidad espiritual, y desde la ley exterior de los puros deseos a la ley interior de la sinceridad de corazón y de los propósitos eficaces.
Al comienzo de este año pidamos a Dios, por la intercesión de la Santa Virgen, que nos haga como Ella, puros en la confesión de la fe y fecundos en el testimonio de la fe.
Amén.