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Fecha: 19960101

Título: Maria Madre de Dios

Original en audio: 23 min. 30 seg.


Algunos calendarios antiguos o recientes, pero que no toman nota del santoral actual de Iglesia, llaman al primero de enero la fiesta de la Circuncisión del Señor, porque efectivamente esa es la celebración litúrgica que había hasta hace unos años, basándose en el evangelio que acabamos de escuchar.

Estaba mandado por la ley judía, que después de nacido todo niño hebreo, debía ser circuncidado a los ocho días, y se había implantado la costumbre de que en ese momento se le imponía el nombre al niño. En este caso, el nombre de Jesús. Y por eso la celebración que había en la Iglesia hasta hace unos años, era la celebración de la Circuncisión del Señor.

La Iglesia ha tenido un cambio en esa y en otras celebraciones desde hace algún tiempo. La fiesta que corresponde al día de hoy es la de María Madre de Dios.

Se sitúa exactamente ocho días después de la Natividad, después del nacimiento de Cristo, porque también eso corresponde al espíritu y a la distribución de las celebraciones litúrgicas en el actual calendario.

La liturgia que nosotros tenemos tiene dos Octavas. Se llama Octava esa prolongación de una fiesta durante varios días. Actualmente la Iglesia tiene sólo dos Octavas: la Octava de Pascua, inmediatamente después de la solemnidad más importante, que es la solemnidad de la Resurrección del Señor; toda la semana siguiente es una prolongación y un eco, y en cierto modo un despliegue de esa fiesta que es la prolongación de nuestra fe, esa es la Octava de Pascua; y por otra parte, está la Octava de Navidad, que es precisamente la que está culminando con esta celebración de María Madre de Dios.

Y por eso quienes han asistido a la Eucaristía durante estos días, habrán notado que los evangelios, especialmente los evangelios que hemos escuchado, todos se refieren a la infancia de Cristo. De manera que durante estos ocho días que están entre el veinticinco de diciembre y el primero de enero, la Iglesia hace, por decirlo así, una especie de desarrollo o de despliegue de la celebración de la Natividad.

En esa Celebración nos hemos encontrado con un mártir, con San esteban, y luego nos hemos encontrado con San Juan Evangelista, con los Santos Inocentes, con la Sagrada Familia, correspondiente al domingo que quede en esas fechas y, finalmente, María Madre de Dios.

Esta celebración por ser reciente y por coincidir con el primer día del año civil, no ha tenido mucha suerte, pero yo tengo la esperanza de que si seguimos con celebraciones y con Eucaristías de media noche como esta, yo creo que pueda recuperar o pueda alcanzar su verdadero lugar.

Porque, aunque usted no lo crea, la fiesta más importante de la Virgen es esta, que lamentablemente queda perdida en medio de la pólvora prohibida, y en medio de los vallenatos, la salsa y las comidas y el trago, etc. Y sin embargo, se trata de la celebración más importante que la Iglesia tiene de la Virgen María.

Más importante que las devociones, ciertamente relevantes para el pueblo de Dios, como puede ser, qué se yo, la Virgen del Carmen o la Virgen de Guadalupe; más importante que otras celebraciones de la misma Virgen María, como decir la Asunción o su Nacimiento; más importante incluso que otras fiestas de la Virgen que tienen también base bíblica, como decir la Visitación e incluso la misma Anunciación.

Es más importante, porque de acuerdo con el sentir común de la Iglesia, lo más grande que se puede decir de la Virgen, por una parte, y lo que es el corazón de nuestra fe en la obra de Dios en María, es precisamente lo que la Iglesia dice hoy: que Ella es Madre de Dios.

Eso es lo más grande que se puede decir; y por Madre de Dios, por ese designio que la hace Madre de Dios, por eso la Anunciación; y por ser Madre de Dios, por eso Inmaculada; y por Madre de Dios, por eso la Visitación; y desde luego, también por Madre de Dios, su presencia en la historia de nuestro pueblo, sea, por ejemplo, en las distintas advocaciones que conocemos.

De modo que esta fiesta es como el corazón de la Mariología, es como el centro de la Mariología. En ella, ¿qué es lo que está diciendo exactamente la fe? ¿Qué es lo que está diciendo nuestra fe?

El origen de la expresión, que en griego se dice Theotokos, viene desde el siglo quinto. Se reunió en ese siglo, hacia el año 430, en Éfeso un Concilio, y fue ese Concilio el que determinó, en contra de las enseñanzas que por la época tenía un cierto predicador llamado Nestorio, que efectivamente se podía y debía llamar a María Madre de Dios.

Entonces, a esta hora de la noche y en medio del fragor de la batalla, debemos comentar un poco de qué era lo que estaba diciendo Nestorio, para que entendamos qué es lo que la fe está diciendo sobre la Madre de Dios.

Resulta que Nestorio era obispo de Constantinopla, y un día un sacerdote, en presencia de Nestorio y de otros presbíteros de esa Iglesia y de ese patriarcado importantísimo para el Oriente, Constantinopla, se puso a adoctrinar a la gente y al pueblo fiel y les dijo estas palabras: "Por favor, ya dejen de llamar a María Madre de Dios".

Fíjate lo que decía un sacerdote: "Ya dejen de llamar a María Madre de Dios, la pueden llamar Madre de Cristo, Jristhotokos, pero no la pueden llamar Theotokos, Madre de Dios". Eso dijo el sacerdote en presencia del obispo, que era Nestorio. Y pasa la predicación, y el sacerdote se fue para la sacristía y Nestorio detrás, y el pueblo se quedó esperando a que el obispo corrigiera al sacerdote.

Lo más lindo de esta advocación, que es lo más lindo, repito, el corazón de la fe mariológica de la Iglesia, es que fue el pueblo de Dios el que sintió que así no se debía hablar, así lo dijera un sacerdote; es una historia muy bonita.

Entonces, a la vista de que el obispo no había hecho nada, se fueron a reclamarle a Nestorio y le dijeron: "Oiga, ¿cómo así? Allá salió un padrecito a decir que no se podía llamar a María Madre de Dios y nosotros estamos acostumbrados a llamarla así".

Nestorio dijo que iba a analizar, que iba a estudiar el asunto, y se puso a estudiarlo, a analizarlo, y para desventura suya decimos, dado el juicio histórico de la Iglesia, dijo: "no, yo me quedo con la opinión del sacerdote este", y empezó a defender, él siendo obispo, que efectivamente no se podía llamar a María Madre de Dios.

No contento con eso, siguió predicando, en la misma cátedra de Constantinopla, repito, uno de los Patriarcas más importantes de toda la historia de la Iglesia, sobre todo de la Iglesia Oriental, enseñando a la gente cosas como estas, mire: "Uno es el Hijo de María, y otro es el Hijo de Dios", esa era la enseñanza de Nestorio.

Entonces Nestorio decía, mire: "El Hijo de Dios es el Verbo eterno, el Hijo de María es un hombre mortal, pero esas dos personas, ese Hijo eterno de Dios y ese Hijo temporal que nació de María, que fue un hombre común y corriente, esos dos, ese ser intemporal, ese Verbo eterno, ese espíritu celeste, obraba en este hombre". Y eran entonces como dos personas, pero que obraban siempre al mismo tiempo. Eso predicaba un obispo, y en semejante sede.

Entonces decía él que por eso no se podía hablar de Madre de Dios, desde luego, a eso añadía un argumento un poco más trivial que era, pues, que Dios no tiene Madre, porque Dios es eterno; Dios no tiene Madre, entonces no se hable de Madre de Dios.

¡Bueno, ahí sí se armó! Otro Patriarca, obispo de otra sede distinta, al norte de Egipto, en Alejandría, se llamaba Cirilo de Alejandría. Cirilo de Alejandría fue el gran opositor de Nestorio.

Hay que tener presente que nosotros desde nuestra perspectiva, quizá juzgamos con alguna dureza a estos personajes, pero es que nuestra fe, cosas como decir que en Cristo hay dos naturalezas y una persona, o que en Dios hay tres personas y una naturaleza, esas cosas no estaban ahí; precisamente esas cosas se aclararon de todas estas discusiones cristológicas y trinitarias.

Y por eso, el momento en el que se vinieron a definir estas cosas fue un momento realmente fundamental, fue un momento fundante para la fe de la Iglesia.

Cirilo de Alejandría fue el gran opositor de Nestorio; Cirilo le dijo a Nestorio, todo por carta, se conserva buena parte de esa correspondencia: "Hermano, así no es, y yo no podía estar en comunión con usted". De ahí surgió, de esa y de otras situaciones semejantes, lo que se llama la excomunión, es decir, "yo no puedo comulgar con lo que usted está diciendo, y no puedo creer en la celebración de sus sacramentos; yo no pudo comer de su Eucaristía, porque no comparto la fe que usted está enseñando".

Se armó un problema muy serio, y dentro de ese problema y dentro de esas discusiones, para que veamos que los problemas teológicos no son ni de ayer ni de anteayer, sino que la Iglesia de alguna manera siempre ahondando el mensaje del Nuevo Testamento, siempre necesita la luz del Espíritu Santo y necesita una gran humildad y fe.

Se armó el problema tremendo, con una desventaja para Nestorio: el hombre Nestorio era muy inteligente, pero muy terco y prácticamente sólo leía lo que él escribía. Esa es una gran desventaja para los sacerdotes de la Iglesia. Cirilo era un poco más ilustrado.

Se reunió, pues, el Concilio de Éfeso en un contexto eclesial y en un contexto de discusión que es de lo más interesante y apasionante. En sus ratos de ocio, por favor, piense antes de encender el televisor y búsquese un tema más interesante para su fe cristiana y para su formación, averiguar de esto que tiene hasta de novela, porque ahí hubo de todo.

Se reunieron, pues, los Padres conciliares allá en el famoso Concilio de Éfeso y estudiaron la cuestión, y llegaron a esta afirmación: "si en Cristo nosotros no podemos decir que su voluntad, que sus obras, que sus dolores, que su amor es amor de Dios, no hay una diferencia esencial entre Cristo y los Profetas".

Mire, esto es de máxima importancia para lo que estamos viviendo los cristianos hoy. Porque, precisamente, cuando yo le digo a usted que Nestorio enseñaba que uno es el Hijo de Dios y otro es el Hijo de María, inmediatamente varias personas fruncieron el ceño, pero claro, eso le suena a uno raro, pero no se está diciendo una cosa distinta cuando se pone en el mismo nivel a Cristo y a todo tipo de predicadores y a todo tipo de libres religiosos.

Fíjate que el gran argumento del Concilio era ese: "si en Cristo no podemos decir que su amor era amor de Dios y que su dolor era dolor de Dios, si nosotros no podemos decir eso, no hay una diferencia esencial entre Cristo y los Profetas y, por lo tanto, no estamos salvados por Cristo".

Ese argumento es tumbativo. Nosotros lo podemos actualizar en medio del "sancocho" religioso en el que estamos; en medio del "mute" religioso, "ajiaco" religioso en el que vivimos; estamos, efectivamente, en una misma confusión.

Si la enseñanza de Buda, si los principios de Mahoma, si el pacifismo de Gandhi, es equiparable al de Cristo -o sea, ya no ponemos a los Profetas, sino a cualquiera de esos otros señores- entonces nuestra redención no es por Cristo.

Lo que hace que las obras de Cristo tengan un valor eficaz para la redención, es que las podemos llamar obras de Dios. Y por eso, el Cristo que perdona pecados en su vida mortal, el Cristo que absuelve al ladrón allá en la cruz, el Cristo que muere amando a los enemigos, es sacrificio de propiciación por nuestros pecados.

Y en esa afirmación de la divinidad de Cristo, porque en el fondo eso fue lo que hizo Éfeso, pasaron a decir lo siguiente: "María es Madre de Dios, porque es Madre de uno que es Cristo del cual podemos afirmar que es Dios".

Nadie vaya a creer que Madre de Dios significa que Ella dio origen a Dios, por favor, eso no es lo que está aquí en juego, sino estamos diciendo que Ella es Madre de uno de quien podemos afirmar que es Dios.

Esta enseñanza con estas mismas palabras la ha repetido varias veces el actual Papa, su santidad Juan pablo II. Porque hay también la divinidad de Cristo y la unicidad de Cristo, es decir, el creer que somos salvos por Ël, por su sangre, por su amor. Eso una vez más está en tela de juicio, eso una vez está oscurecido en la fe de muchos cristianos.

A partir de estas afirmaciones de Éfeso en el 430, un Concilio posterior reunido en Calcedonia en el año 453, hizo la famosa afirmación de que en Cristo debíamos reconocer verdaderamente a Dios y verdaderamente al hombre.

Muchas cosas y muy profundas y muy emocionantes, por lo menos para mi gusto, sucedieron en esos años. Por ahora quedémonos en la certeza de que fue una victoria del Espíritu en la Iglesia el que nosotros pudiéramos llamar a María Madre de Dios.

Saquemos de aquí un par de consecuencias, una un poco trivial y otra bastante trascendental. La un poco trivial tiene que ver con la costumbre que algunos cristianos tienen, algunos católicos, pues, tienen por devoción, por amor de decir en el Ave María "Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros los pecadores", etc.

Bueno, sabemos todos que la primera parte del Ave María no es sino la transcripción del texto del Evangelio, eso está fuera de discusión, esa parte no tiene problemas, es puro Evangelio. La segunda parte del Ave María, el llamar a María Santa tampoco está en discusión."---------------------" en griego desde los primeros siglos, el llamar a María Madre de Dios lo tenemos aquí autorizado.

El punto está en si es, de acuerdo con lo que hemos visto, de acuerdo con esta explicación, si es o no correcto llamar a María Madre de Dios y Madre nuestra.

La respuesta, en breve, es que no es correcto, realmente no se debe hacer, el motivo es este: cuando nosotros hablamos de María como Madre de Dios y Madre nuestra, realmente nos estamos haciendo como hermanos de Dios, y estamos explicando la maternidad de María como quien da origen a Dios.

Porque es evidente que cuando se dice: "Madre nuestra", estamos hablando de que en Ella encuentra origen nuestra vida de gracia, y eso también lo ha enseñado la Iglesia muchas veces. Como quien dice: son dos expresiones que tienen dos historias totalmente distintas.

Madre de Dios es porque es Madre de Cristo. Esta, por cierto, es una expresión que utilizó el Papa en su documento "Orientale Lumen", el Papa Juan Pablo, y yo creo que si alguna reforma hay que hacerle al Ave María -que la podría hacer Juan Pablo II, o de pronto algún sucesor suyo- no es decir: "Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros pecadores", etc., sino decir: "Santa María, Madre de Cristo Dios, ruega por nosotros pecadores" etc., esa sí especifica más la fe nuestra.

Entonces, fíjate, Madre de Dios tiene esta historia, la que de es Madre de Cristo-Dios; en cambio, el Madre nuestra tiene otra historia totalmente distinta, y es que gracias a Ella hemos recibido al Autor de la salvación por quien nos ha venido la gracia.

Entonces, Ella es Madre nuestra en el orden de la gracia, pero no es Madre de Dios en el orden de la gracia. De donde, cuando se dice "Madre de Dios y Madre nuestra", las dos veces que se dice "Madre de Dios y Madre nuestra", tienen realmente sentido tan distintos, que mayor es la confusión que se produce y mayor e inadecuado de la expresión, que lo que pueda favorecer la devoción y el amor de las personas.

Esa es la enseñanza, llamémosla así, secundaria o menor que quería sacar de esto. Y realmente les sugiero, por precisión teológica, llamémoslo, pero también por claridad de lo que son las palabras, y del lugar que debe ocupar María en nuestra fe, que ustedes discretamente, sin violencia, porque yo no creo que quienes hablan de "Madre Dios y Madre nuestra" quieran ser herejes, ustedes eviten esa expresión y ayuden, discretamente y sin violencia, a que otros también la eviten.

La parte grandiosa que tiene esto es que cuando nosotros hablamos de María como Madre de Dios, la parte trascendental, estamos reconociendo en Ella aquello que un Santo Padre decía: "Dios que hizo todas las cosas, quiso hacerse de nuevo en María".

Reconozcamos en María, al llamarla Madre de Dios, entendiéndose Madre de Cristo-Dios, como el principio de esa nueva creación, como aquello que realmente puede renacer para el universo, como aquel universo nuevo que puede surgir.

Reconozcamos que aquella que es Madre de Cristo-Dios, es precisamente la que puede darnos ese renacer a nosotros. En Ella renace sin cesar la vida de la gracia, en Ella se puede empezar el camino.

Reconozcamos que aquella por la que quiso darnos Dios Padre a su propio Hijo, es también aquella que puede engendrar ese Hijo en nuestras vidas, y por eso uno entiende bien que cuando se llama a María Madre de Dios, se la puede llamar también Reina del mundo nuevo, que es lo que se contempla en el último misterio glorioso del Rosario.

El Reino del universo no son palabras bonitas. Uno mira bien, y la Iglesia en su liturgia seria no se queda con palabras achocolatadas o palabras dulzarronas.

El llamar a María Reina del universo no es simplemente por ponerle una medalla más; el Reino del universo es porque siendo Madre de Cristo-Dios, en Ella empieza el universo querido por Dios y en ese universo, la voluntad de María, el sí de María es definitivo, es intransferible, es irreductible, es incambiable.

María es insoslayable, es inexorable, es inevitable en el plan de Dios. De aquí también se deduce ciertamente lo que laIglesia enseña sobre la predestinación de la Virgen.

Queridos amigos, estamos en el corazón mismo de la Mariología, estamos en el corazón mismo de nuestra fe y de nuestra alegría por las obras que Dios a hecho en Ella.

Festejemos, pues, a María como Madre de Dios y reconozcamos que gracias a Ella podemos renacer a esta vida de gracia, hasta que Ella sea, efectivamente, Reina del universo, Reina del mundo nuevo.

Gloria a Dios Padre que nos permite renacer sin cesar en estas fuentes de gracia; gloria a Dios Padre que nos permite empezar este año en el nombre de Dios y en la dulce presencia de María.