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Fecha: 20061226
Título: Entre la alegría y la exigencia del Evangelio
Original en audio: 15 min. 40 seg.
Hay un gran contraste entre la celebración de ayer y la celebración de hoy. Ayer estábamos celebrando Navidad. Ayer estábamos recordando el Nacimiento de Jesucristo. Nuestra atención iba a un Niño pequeño, y al comienzo de la vida.
Hoy estamos recordando a San Esteban, ya no un niño pequeño, sino un hombre hecho y derecho. Y estamos mirando, no el comienzo sino el final de la vida, porque se trata precisamente del martirio de San Esteban.
Claro que si uno lo piensa mejor, esa muerte es en realidad el comienzo de otra vida. Y por eso ya los antiguos predicadores decían: "Cristo nació en la tierra para que nosotros pudiéramos nacer en el Cielo".
De manera que la muerte de Esteban viene a ser como un gran contraste, pero al mismo tiempo una prolongación del misterio de la humildad de Cristo y sobre todo del amor de Cristo. El mismo amor que trajo a Cristo del Cielo a la tierra, es el amor que lleva a Esteban de la tierra hacia el Cielo.
Ayer abundaba la palabra amor, y abundaban los cantos de alegría. El evangelio de hoy en cambio, nos presenta una perspectiva bastante oscura. Eso que dice Jesús es como para aterrorizarse: "Todos os odiarán por mi Nombre" ( véase San Mateo 10,22 ).
¿Qué tiene de odioso el Nombre de Jesús? A veces uno puede preguntarse: Si Jesús lo que viene a anunciar es amor, misericordia, salvación, ¿por qué ese odio tan generalizado? ¿Por qué esa oposición rabiosa al mensaje de Cristo, oposición que en el caso de los mártires ha llegado hasta el extremo de aniquilar a los testigos de Jesús?
Y también nos podemos preguntar, si nosotros estamos experimentando esto. Porque si el sello del verdadero discípulo es ser rechazado porque lleva el Nombre de Cristo, entonces es muy mala seña que a uno no lo rechacen, porque entonces quiere decir que tal vez no estamos presentando el Nombre de Nuestro Salvador, no estamos presentando el rostro de Cristo con la suficiente claridad.
Son preguntas que uno se hace. Tratemos de abordarlas. ¿Por qué resulta odioso el Nombre de Jesús? Pues una razón muy sencilla es, porque Jesús se dio todo. pero Jesús lo pide todo.
Jesús no vino a esta tierra para enseñarnos a ser buenas personas. Para ser buenas personas no necesitábamos de Jesús. Para ser buenos ciudadanos, para ser buena gente, atenta, amable, cordial, para tratarnos unos a otros con respeto, para todas esas cosas, no se necesitaba a Jesús.
Podemos encontrar casi en todas las culturas, en particular en las culturas paganas, mensajes semejantes. Uno puede ir al testimonio de los filósofos, los legisladores, los estadistas de todas las culturas, y todos hablan del respeto, de la justicia, de la lealtad, de la sinceridad, y para nada de eso se necesitaba a Jesús.
Pero las dimensiones de la entrega de Jesucristo son impresionantes, especialmente cuando uno piensa en la Pasión del Señor. El problema de Jesús es que es extremista. El problema de Jesús es que quiere llegar, no a algunos, sino quiere llegar a todos.
Y para llevar un mensaje de esperanza a todos los corazones, Jesús llega hasta el extremo de la Cruz. La Cruz es un extremo de desolación, pero al mismo tiempo es una raíz de esperanza. En la Cruz encontramos toda esa tragedia del egoísmo humano, pero en la Cruz encontramos que hasta el peor de los pecadores, tiene una luz de esperanza.
Es decir, la manera de amar de Jesús es al extremo, y es al extremo, porque Él quiere tener una palabra de amor que pueda llegar a todos, una palabra de amor que no excluya a nadie, ni siquiera al que se siente feliz pecando, ni siquiera al que ha rechazado a Dios.
Para tener ese mensaje que alcance a todos, Jesús ha llegado al extremo de la Pasión. El objetivo de la Pasión es mostrar que todos pueden tener esperanza en un Dios que no se cansa de amar, en un Dios que es terco, que es obstinado en amar y salvar. Ese amor total de Jesucristo está mostrando, que todos los rincones del corazón humano pueden ser alcanzados por el poder de Dios.
Y aquí es donde el extremo de amor que Él da, se convierte en un extremo de exigencia. Si todo lo que hay en mi vida puede ser amado y salvado por Jesús, entonces Él se convierte en el Rey de todo lo que yo soy, Él se convierte en el Señor de toda mi existencia.
Y esto significa que yo ya no tengo una vida distinta de la vida que Él me da. El destino natural de todo ser humano después de Cristo, es poder decir lo que dijo San Pablo: "Ya no vivo yo, es Él quien vive en mí" ( véase Carta a los Gálatas 2,20 ).
Y esto quiere decir que hay que renunciar a los pequeños imperios que todos queremos tener, los pequeños imperios que construimos y volvemos a levantar sin cesar. Todas aquellas cosas en las que ponemos nuestro orgullo, como pueden ser nuestras cualidades, belleza, inteligencia, poder, dinero, familia, aristocracia, grupos determinados de raza o de clase social, todas esas cosas en las que suele estar nuestro orgullo, quedan desvanecidas y se vuelven inútiles frente a la potencia del mensaje que Jesús trae.
Y si todo eso es inútil, entonces Jesús viene a restaurarlo todo, pero también viene a derribar todos los imperios. Jesús se convierte al principio, en una gran noticia, pero cuando viene a derribar mis ídolos, y a decir: "Tú no vas a tener ese imperio que siempre has querido tener. Tú no vas a tener esa influencia, o ese poder que tú querías", Jesús se convierte en un obstáculo, se convierte en un estorbo para mí.
Y es ahí cuando se cumple lo que dice el evangelio: "Todos os odiarán por mi Nombre" ( véase San Mateo 10,22 ). Porque cuando tomamos el Nombre de Jesús hasta el último extremo, ese Jesús entra en conflicto con todos los imperios del mundo.