Co34004a

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Fecha: 20041121

Título: Jesucristo, Nuestro Rey

Original en audio: 31 min. 43 seg.


Queridos Hermanos:

Este año nos congregamos, como tantas veces en estas fechas, en el encuentro del Nuevo Pentecostés, porque estamos convencidos, que el don del Espíritu Santo es la vida misma de la Iglesia.

Esto significa, que cuanto más Espíritu hay en nosotros, más vida hay en la Iglesia. Y son ya veinticinco años de este encuentro. El corazón se me conmueve, porque el primer encuentro del Nuevo Pentecostés en La Mansión fue en el año 1980.

Es correcto, 1980: esa cifra, ese año significa mucho también para mi vida, porque el quince de agosto de 1980 nació mi vocación sacerdotal. Yo nací el mismo año en que nacieron los encuentros de La Mansión.

Mi vocación al sacerdocio de Jesús, que no merezco, que nadie puede merecer, nació en este mismo año. Y esta mañana en la inauguración del encuentro, los ojos se me llenaban de lágrimas y el corazón de gratitud pensando que, cuando el Padre Daniel y el Padre Cris en Santa Cruz, Bolivia, se esforzaban con amor preparando un encuentro para una gran efusión del Espíritu en esta amada tierra boliviana, a muchos kilómetros, un toque, una caricia del Espíritu, estaba transformando para siempre mi vida. Ese es el amor que desde esa época nos une.

Y ciertamente, le debo mucho a la Renovación Carismática Católica, porque he aprendido que se necesita no sólo la luz; se necesita el calor. Nuestro Padre Fundador Santo Domingo de Guzmán ha sido comparado con un perrito que lleva una antorcha. Y esa antorcha representa luz, pero también representa calor.

No se pueden cambiar las vidas sin el calor. Se necesita fuego, y ese fuego se ha hecho particularmente presente en esta experiencia de Iglesia, en esta experiencia de amor, en esta corriente de gracia, en este viento impetuoso de conversión, en este terremoto de maravillas que se llama la Renovación Carismática.

Hemos visto, hermanos, a lo largo de veinticinco años, estas paredes, este Pahuichi, ser testigos de cómo se han derrumbado orgullos, mentiras, pecados. Este lugar ha escuchado la predicación de apóstoles maravillosos y convencidos, ha escuchado alabanzas potentes que han alejado el imperio de las tinieblas, y que han atraído coros de Ángeles, para que nosotros aprendamos ya en la tierra a hacer el ejercicio de los Cielos.

Porque hay una cosa que es muy cierta, hermanos: cuando lleguemos a los Cielos, cuando lleguemos a la Casa del Padre Celestial, un ejercicio sobre todo será importante: amar, poder amar, deshacernos en amor, entregarnos en amor, derretirnos en amor, disolvernos en amor, porque el fuego nos derrite, nos transforma, nos deifica. Ese es el ejercicio que vamos haciendo cada vez que aprendemos a amar, a alabar, y a cantar; eso es lo que hacemos.

Para mí La Mansión, como tantos otros lugares de oración, que bendito sea Dios existen en el mundo, ha sido como una escuela de Cielo. Cuando vine aquí hace cinco años, porque estos queridos hermanos me invitaron también para un encuentro, eran los veinte años de estos encuentros del Nuevo Pentecostés.

Estaba nuestro querido, siempre bien recordado Padre Walter, y cuando supe que el Padre Walter había dejado esta tierra, el primer pensamiento que vino a mi mente fue: "Ese hombre iba bien entrenado para el Cielo". Porque ese hombre sabía cantar, sabía entregar toda la potencia, la altura, la fuerza, y el peso de su cuerpo y su alma, en gozosa alabanza al Señor.

Tenemos también el testimonio del Padre Cris, un hombre que supo consumirse hasta el último momento para la gloria de Dios. Son ejercicios de Cielo, es una escuela de Cielo lo que tenemos acá.

Hermanos míos, y con estos sentimientos de una gratitud inmensa por el sacerdocio, de una gratitud inmensa por la Renovación Carismática, por el ejemplo de buenos sacerdotes, buenos predicadores que yo he conocido, hoy nos hemos reunido para celebrar a Jesucristo como Rey.

¡Jesucristo como Rey! Yo voy a empezar contando una historia. Hace poco, una joven amiga me decía, que ella estaba un poco confundida en la fe católica, porque una amiguita de ella que no es católica sino evangélica, es protestante, le decía a la chica católica: "Si tú quisieras conservar una foto, por ejemplo de tu papá o de tu abuelito, tú conservarías la foto más bonita de él; tú no conservarías la foto del momento en el que está agonizando, en el que está seguramente con el rostro demacrado, pálido, los ojos hundidos. Tú conservarías la mejor foto de tu abuelito."

Con esas palabras, esta niña evangélica intentaba desanimar a la católica, para que ella no venerara la Cruz, y no venerara la imagen de Cristo Crucificado. Y entonces le comentaba mi pequeña amiga católica; le decía: "Mira, ¿cuál es el momento en el que Jesús nos ha amado más?" Y la respuesta de ella fue acertada, como podría darla cualquiera de ustedes.

¿En dónde nos amó más Cristo? En la Cruz. ¿En dónde? En la Cruz. Ahí nos amó más. La Cruz es el retrato del amor poderoso y del amor victorioso. El amor poderoso, victorioso, el amor invencible de Jesucristo nunca se mostró tanto, como se mostró en el momento y en la hora de la Cruz.

Hay que responderle a esa niña evangélica, que no tenemos ningún retrato mejor de Jesús, que no hay ningún retrato mejor del amor de Dios, que Cristo muriendo, entregando su última gota de Sangre para el perdón de nosotros.

Ese es el rostro que nos hemos encontrado precisamente en el santo evangelio que fue proclamado el día de hoy. El rostro de Cristo muriéndose, parece el rostro de un perdedor. Finalmente uno podría pensar: "Los enemigos de Jesucristo como que se salieron con la suya".

Lograron infiltrarse entre sus amigos, utilizaron la confusión, la envidia o la codicia de Judas Iscariote, y así las autoridades judías lograron su propósito: Apresar a Jesucristo, castigarlo, torturarlo, escarnecerlo, humillarlo, y finalmente llevarlo como un condenado ridículo al patíbulo de la Cruz, para que su causa, para que la causa de Jesús se acabara de una vez por todas.

Porque era tan espantoso el espectáculo de ver a un hombre crucificado, retorciéndose de dolor sobre un madero, que los romanos habían inventado o utilizado ese sistema para amedrentar a la gente.

Los peores criminales, y especialmente los esclavos rebeldes, eran llevados al patíbulo de la cruz, para que allí, a la vista de todos, el espectáculo cruel y grotesco, se convirtiera en una enseñanza de lo que nadie debe hacer si no quiere que le suceda lo mismo.

Y las autoridades de aquel tiempo, fastidiadas con la predicación profética, cargada de libertad y de ternura, cargada de amor, de cariño, de fuerza y de gracia, habían logrado lo que querían. Ahí estaba Jesús, como cualquier otro de los condenados de aquella época, en medio de dos ladrones, como jefe de ellos, como si eso fuera, retorciéndose de dolor, gimiendo, jadeando, agonizando.

La victoria de los enemigos de Jesús parecía completa. No sabían aquellos esbirros, que detrás de ellos había uno que estaba jugando con ellos, y que los convertía en marionetas. Ese que estaba a espaldas de ellos manejándolos, el príncipe de las tinieblas, era quien parecía disfrutar por encima de todo el espectáculo, ver morir a un inocente, sobre todo a un inocente que predica gracia, que predica el verdadero rostro de Dios.

Ahí estaba el demonio moviendo a sus marionetas, y las marionetas repetían obedientes a su jefe de tinieblas. Y decían aquellas marionetas: "¡Que se salve, si es el Hijo de Dios!" ( véase San Lucas 23,35). Y se quedaban mirando sin una gota de compasión, porque no les interesaba compadecerse de Aquel a quien querían hundir hasta el fondo mismo del abismo, hasta el fondo mismo del dolor, el absurdo y la muerte.

Y aquella ola de maldad y de crueldad extrema, llegó incluso a uno de los que estaba crucificado con el Señor:"Si eres el Cristo, sálvate a ti" (véase San Lucas 23,39 ). Estas marionetas estaban repitiendo el estribillo que Satanás ponía en su lengua: "¡Sálvate a ti!" ( véase San Lucas 23,39 ).

Los que estaban frente a la Cruz decían a Jesús: "¡Sálvate a ti!" ( véase San Lucas 23,37). Y uno de los ladrones que estaba junto a Jesús, le decía lo mismo: "¡Sálvate a ti!" (véase San Lucas 23,39).

Pero Jesús no se salvó a sí mismo. Y este es el misterio profundo que tenemos que contemplar en la Fiesta de Cristo Rey, porque nuestra madre, la Iglesia, ha puesto estas lecturas para que nos guíen en este misterio grande.

Los enemigos de Cristo, marionetas estúpidas del demonio, decían: "¡Sálvate a ti!" ( véase San Lucas 23,35-39 ); eso le decían a Jesús. "¡Sálvate a ti!" (véase San Lucas 23,39), y Jesús no se salvó a sí mismo.

Entonces tenemos que entender, por qué le interesaba tanto al demonio que Jesús se salvara a sí mismo, pero sobre todo, tenemos que entender, por qué a Jesús le interesaba tanto no salvarse a sí mismo. Esas son las dos cosas, que con la ayuda del Espíritu Santo, debemos profundizar en este momento.

¿Qué significa "¡Sálvate a ti!"? "¡Sálvate a ti!" significa lo que dice por ahí un grupo religioso, medio cristiano, medio brujería, que nació en Brasil, y que vive propagándose por buena parte de América Latina: "¡Pare de sufrir!".

"¡Sálvate a ti!" significa "¡Para de sufrir!". Lo que el demonio le estaba diciendo al oído a Jesucristo, tratando de enloquecerlo, era: "¡Para de sufrir!" "¡No sufras más!" ¿Había una sugerencia o consejo que resultara más atractivo, más tentador para un hombre crucificado?

"¡Para de sufrir!" ¿Había algo que pudiera ser más tentación para Cristo que esa frase? "¡Para de sufrir!" Y sin embargo Jesús no paró de sufrir, y la razón por la que no paró de sufrir, es porque no paró de amar.

"¡Para de sufrir!" significa: "¡No te conviertas en Cordero!" "¡Para de sufrir!" significa:"¡Aléjate de todos los que sienten que su vida no vale nada!" Eso es lo que significa "¡Para de sufrir!"

"¡Para de sufrir!" significa: "¡Aléjate del designio que Papá Dios te ha dado, y aléjate también del hombre miserable, del hombre caido, pecador, enfermo o solo, que siente que su vida no tiene ninguna esperanza, ningún significado, ningún sentido!"

"¡Para de sufrir!" significa: "¡No te vuelvas el Cordero!" "¡No seas el Cordero!" Cuando Juan el Bautista señaló a Jesucristo a orillas del Jordán, tendió su mano, y dijo: "Este es el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo" (véase San Juan 1,29). ¡El Cordero! Y lo que Satanás le estaba diciendo a Cristo era: "¡No te vuelvas el Cordero!", que significa "¡No quites los pecados del mundo!" "¡No los quites!"; eso era lo que le estaba diciendo: "¡No seas tú el Cordero!" "¡No lo seas!" Ese es un aspecto.

El otro aspecto es: Vamos a mirar a nuestro alrededor, y vamos a recordar a tanta gente que sufre. ¡Pero tanta gente! Cuando una persona está colmada de sufrimiento; oiga la palabra que utilizo: colmada. No estoy diciendo la persona que tiene un dolor, o un problema. Estoy hablando de la persona que se siente colmada, desbordada, repleta, embriagada de dolor.

Esa persona tiene dos posibilidades: Arrojarse en las manos de Dios, o arrojarse al abismo de la nada, del absurdo, el suicidio, el odio a sí mismo y a la vida.

Cuando una persona realmente está colmada de dolor, tiene esas dos opciones: "¿Podré seguir reconociendo que Dios es Dios en este cáliz? O, ¿me arrojo a la nada?"

Esas dos actitudes las encontramos al principio del libro de Job. Job, por lo menos al principio de ese libro, dice: "Dios me lo dio, Dios me lo quitó. ¡Bendito sea el Nombre del Señor!"(véase Job 1,21). Es decir, esa es la actitud de aquel que ha perdido todo, y que sin embargo se entrega en manos de Dios.

La esposa de Job representa el otro camino: "¿Vas a seguir con esa piedad? Maldice a Dios, y muérete" (véase Job 2,9). Ese es el consejito que le da la esposa a Job: "Maldice a Dios, y muérete" (véase Job 2,9).

Cuando una persona está colmada de sufrimiento, sólo tiene esos dos caminos: o intenta seguir creyendo en un Dios, al que no puede ver, ni puede entender, o maldice a ese Dios, reniega de ese Dios, y se lanza hacia la muerte.

Jesús, movido por un amor que no cabe en ninguna palabra humana, vino pensando, cuidando, compadeciéndose de estos hombres y mujeres, que podemos ser cualquiera de nosotros el día de mañana.

Por nosotros vino Jesús, y Jesús sabía una cosa: Cuando todo se vuelve oscuridad, porque el dolor nos desborda, necesitamos una pequeña lucecita que diga: "El camino es hacia acá, hacia Dios; ese es el camino".

Las marionetas del demonio querían que esa luz no existiera. Si Jesús se salvaba a sí mismo, ¿qué pasaba? Pasaba que cuando yo esté abrumado de dolor, voy a estar además solo, y el que tiene mucho dolor y está solo, más rápidamente se lanza hacia el camino equivocado, el camino de la muerte.

Si Jesús se baja de la Cruz, deja solos a todos los que sufren lo que Él estaba sufriendo. Jesús no se bajó de la Cruz, porque quería acompañar hasta el fondo, hasta el último fondo, la tragedia, el dolor que puede abrumar a la creatura humana.

De manera que gracias a que Jesús murió en la Cruz, ningún ser humano está solo, ninguno. Gracias a que Jesús murió en la Cruz, hasta la persona que está en la peor condición, traicionada por los amigos, cargada de dolor, muerta de angustia, aterrorizada hasta el extremo, hasta esa persona puede levantar sus ojos llorosos, mirar al Crucificado, y decir: "Hay Uno, hay Uno que me muestra el camino".

Cristo en la Cruz es la gran señal, la señal irrebatible de la ruta que lleva hacia la vida. Y el demonio estaba demasiado interesado en que esa señal se destruyera, para que quedara completamente oscuro el drama del ser humano.

"¡Sálvate! ¡Sálvate! ¡Sálvate a ti mismo! ¡Sálvate! ¡Para de sufrir!" Como dice la secta esa: "¡Para de sufrir! ¡Para de sufrir!" Jesús no paró de sufrir, Jesús no paró de amar.

Hermanos, para parar de sufrir, hay que parar de amar, porque el que se dispone a amar, se dispone a sufrir. La única manera de parar de sufrir, es parar de amar. Amar es volverse vulnerable, amar es volverse débil, amar es reconocer que hay algo fuera de mí, y que tiene poder en mí. Eso es amar.

Santo Tomás de Aquino da una explicación tan hermosa sobre el amor; dice: "Cuando yo conozco, traigo las cosas hacia mí, hacia mi pensamiento. Cuando yo amo, me siento movido hacia aquello que amo. El amor me saca de mí, y por eso me vuelve débil". Esa es la razón por la que todos los que cantan al amor, cantan con dolor y con lágrimas: "¡Ay! ¡Me abandonaron!" Disponerse a amar, es disponerse a sufrir.

De manera que el consejito que el demonio le estaba dando a Dios era: "¡Para de sufrir!", que significa "¡Para de amar!". Y lo maravilloso, lo fantástico, lo hermoso, lo conmovedor, lo tierno de Jesús, es que no paró de amar. No se detuvo, siguió amando, y siguió amando, y amando, y siguió amando, y después de eso, amó más.

Y amó al que lo traicionó, y amó al que lo crucificó, amó al que no creyó en Él, amó al que lo abandonó, amó al que estaba blasfemando. No dejó de amar. Por eso lo queremos tanto. Por eso Él merece nuestro amor, porque nunca dejó de amar; y por eso Él es Nuestro Rey.

Por eso es Nuestro Rey, hermanos, porque mostró que había algo que era más fuerte que el Imperio Romano, más fuerte que la traición de un amigo, más fuerte que el dolor en el alma, más fuerte que clavos en las manos, mas fuerte que azotes, insultos y escupitajos. Mostró que había algo más fuerte.

Por eso lo llamamos Rey. Ese no es un título decorativo. Con el debido respeto a las naciones que tienen reyes, como Bélgica, Inglaterra, España, con el debido respeto para todos los países que tienen reyes, todos sabemos que esos reyes en realidad son decorativos. Nuestro Rey, Nuestro Jesús, no es un rey decorativo, no es un rey de adorno.

Jesucristo, entregando su Sangre en la Cruz, Jesucristo, entregando su Cuerpo en el altar, Jesucristo sigue mostrando la potencia de un amor que no se detiene, que no se frena. Ese es Nuestro Rey.

Hermanos, ahora comprendemos un poco más el hermoso texto del evangelio. Ahora comprendemos, por qué le llamamos Rey. Él tenía algo que no tenían sus enemigos, y que resultó más fuerte que las armas de esos enemigos.

Los enemigos tenían lanzas, azotes, clavos, insultos, injusticia, odio, traición, crueldad, amenaza, soledad, tortura, muerte. Todo eso tenían los enemigos.

Lo que tenía Jesús era unión con el Padre, y amor a los hombres. Eso era lo que Él tenía. Y resultó que las lanzas, clavos, azotes, insultos, torturas, no fueron más fuertes que las armas de Cristo. Porque las armas de Cristo salieron en victoria. Por eso le llamamos Nuestro Rey, por eso creemos que Él es Rey.

Y en los próximos días, Dios nos lo conceda, vamos a aprender cosas hermosas sobre el Reinado de Cristo, porque si las fuéramos a decir todas ahora, no alcanzaríamos. Por eso tenemos toda esta semana para celebrar a Cristo como Rey, toda esta semana para admirar el Reinado de Cristo.

Apenas estamos empezando el camino, hermanos; apenas hoy empezamos este camino. Y lo que quiero que compartamos, amadísimos de Cristo Jesús, es el banquete de un amor que resultó más fuerte que la muerte. Lo que quiero que compartamos, es la saciedad en una fuente que jamás se extingue.

Lo que quiero que compartamos, es la potencia de una alegría que nadie puede derrotar. Lo que quiero que compartamos, es el estruendo de una noticia que ha resultado más fuerte que todos los imperios, y que ha sido traducida a centenares de lenguas.

Lo que vamos a compartir, es el gozo de ser de Él, de ser bañados en su Sangre, recubiertos en su amor, ungidos en su Espíritu, renacidos de su Costado, victoriosos en su Nombre.

Él se llama Jesucristo; Él es Nuestro Rey.

Amén.