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Fecha: 19971203

Título: La enseñanza de un misionero santo

Original en audio: 7 min. 29 seg.


Hoy nos alegramos con toda la Iglesia en la celebración de este misionero y maestro de misioneros, Francisco Javier, religioso y sacerdote de la Compañía de Jesús, jesuita, enviado en los orígenes mismos de esta Comunidad, a predicar el Nombre de Jesucristo al lejano oriente. Estuvo en Ceilán, en la India, en Japón, y quería llegar también hasta la China.

Francisco Javier fue uno de los primeros compañeros de ese gigante de la santidad, Ignacio de Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús. Y de Ignacio aprendió, y con Ignacio compartió, el fervor casi infinito en la oración, y la pasión por la salvación de la humanidad.

En una carta que escribió San Francisco Javier mientras se encontraba en el Japón, habla de sus años de estudio, y de sus recuerdos en la Universidad de Paris. Consumido de recelo por el Evangelio y por la salvación de las almas, tiene palabras ardorosas y vehementes, palabras verdaderamente de profeta, para decir: "¡Cuánta gente desperdicia el tiempo estudiando sólo para sí misma, envueltos en sus disquisiciones, envueltos en sus preguntas, problemas y discusiones, mientras el mundo espera el anuncio de Jesucristo!".

Y narra sus experiencias de misionero. Cuenta cómo allá en el Japón, donde hoy lamentablemente el Nombre de Cristo sigue siendo casi un extraño, y Cristo mismo un extranjero, gracias a esa unción que Dios le dio, muchos, sobre todo entre niños y jóvenes, se convertían al Nombre de Jesús.

Y dice: "Y estos niños casi no me dejan descansar, ni comer, hasta que no les enseñe una oración, o algún canto". Y cuánta gente desperdicia su existencia, pensando sólo en sí misma, envueltos en sus propios problemas, creyendo que no existen sino para su propia vida. ¡Quién tuviera más misioneros para predicar el Nombre de Jesús a estos niños, a estos jóvenes, a estas familias!

Esas cartas de San Francisco Javier, lo mismo que tantos otros testimonios de los jesuitas, y de muchas otras comunidades religiosas, desde luego, sirven para que nosotros hoy nos pongamos la mano en el corazón, y nos preguntemos: "¿Qué estamos haciendo? ¿Cómo estamos viviendo ante Dios? ¿Qué estamos haciendo de lo que Dios nos ha dado a nosotros?"