I326001a
Fecha: 19991113
Título:
Original en audio: 18 min. 13 seg.
Ha sido proclamada la Palabra, la hemos escuchado; esto se parece al alimento que está servido y que luego llega hasta nuestra boca. Pero el alimento no nos nutre, no nos hace bien solamente con eso.
Es necesario que, masticado por nuestros dientes y digerido por nuestro cuerpo, se convierta luego en tejidos, en fuerza, en vida. Así también pasa con la Palabra: la Palabra está servida, la Palabra es proclamada, y cuando la Palabra está nuestra boca, como cuando decimos: "Recordad las maravillas que hizo el Señor" (véase Salmo 104), ahí está en nuestra boca, lo hemos dicho todos.
Pero eso no basta. Es necesario masticarla, saborearla y luego digerirla.
La Iglesia encarga al Presidente de la Eucaristía o a un diácono delegado por él para que ayude en ese proceso; al fin y al cabo todos somos un solo cuerpo. Por esta razón, como es un solo cuerpo el que se alimenta, necesitamos recibir ayuda para masticar esa Palabra, para saborear esa Palabra y para digerirla.
En las dos primeras funciones, el predicador tiene tarea: mastica la Palabra, cuando muestra sus partes, cuando la extiende, cuando la explica. El verbo explicar viene del latín, como tantísimas palabras del castellano: implicar, complicar, explicar, replicar, son muchos los verbos que tienen ese "Expli". Una plica en latín, es un pliegue; lo implicado es lo que está entre los pliegues de algo; lo complicado es lo que está revuelto en los pliegues de algo; replicar es hacer el pliegue a la Palabra que recibimos; explicar es quitar los pliegues, es abrir.
Algo parecido a los que nosotros hacemos cuando masticamos el alimento: cuando masticamos el alimento lo extendemos, por ejemplo las fibras de la carne, las separamos unas de otras.
El predicador tiene como tarea explicar, es decir, de alguna manera deshacer los pliegues hasta donde es posible, hasta donde el Espíritu lo permite; quitar los pliegues y extender las riquezas de la Palabra. Esta es tarea del predicador. Hace como de masticador; pero también invita a gustar. El explicar tiene que ver con la inteligencia; invitar a gustar tiene que ver con la voluntad; lo primero alude al entendimiento, lo segundo tiene que ver con el afecto.
Un buen predicador no solamente extiende el texto, sino que de tal manera ayuda a verlo, que sea ponderado, que sea gustado. Aquí se parece a un vendedor, como lo hemos dicho en otras ocasiones. El vendedor pondera su propuesta; también pondera es ayudar a que las cosas tengan el peso que deben tener en cada corazón, en cada vida.
Nosotros como predicadores tenemos esa labor, tenemos esa tarea: explicar y ponderar, abrir ante el entendimiento e invitar a la voluntad a que apruebe, a que guste, a que saboree, a que se enamore de la Palabra.
En esas dos cosas puede ayudar el ministerio de la predicación en la Iglesia, pero la tercera, digerir, es decir, asimilara vitalmente, tomar para sí, eso no lo puede hacer el predicador sino para sí mismo; es tarea mía digerir esta Palabra, que Dios me la envía para alimento mío, pero yo no puedo digerirla por ti; por ti lo que puedo hacer es explicarla, ponderarla, pero te corresponde a ti finalmente el asumirla, el aceptarla, o como dice San Pablo: "Te corresponde a ti la obediencia de la fe" (véase).
Obediencia de la fe es ese acto de la voluntad por el cual yo me rindo ante la Palabra, le abro espacio en mi alma y le digo: "Ven, ven y reina; ven, reina en mi vida".
Que esa Palabra llegue a nuestra vida, significa que esa Palabra nos va a juzgar. Es lo que nos ha presentado la primera lectura del día de hoy. ¡Qué imagen, qué poesía, qué fuerza la que tiene esa primera lectura! La Iglesia toma este texto y lo aplica a la noche de la Navidad. "Un silencio sincero lo envolvía todo, y al mediar la noche su carrera, tu Palabra todopoderosa se abalanzó, como paladín inexorable, desde el trono real de los cielos" (véase Sabiduría 18,14-15).
Efectivamente, en medio de la noche nació Jesucristo, que es la Palabra de Dios; en medio de la noche parece que, no sin razón, en en medio de la noche, es decir, oculto el sol, como una manera de mostrar que Él era el Sol; en medio de la noche también, porque el mundo estaba de noche, el mundo estaba en tinieblas; en medio de esa noche llega la Palabra de Dios, y aquí se le llama "paladín inexorable" (véase Sabiduría 18,15), como el soldado más valiente de todos, como el héroe que, en un arranque de audacia, de amor, de ardor y de valor, logra lo que ninguno había logrado.
"Un paladín inexorable, fue por ejemplo aquel David, que salió de en medio de los ejércitos de Israel y se plantó frente a Goliat, y lo que nadie había podido, pudo David, no por sí mismo, sino por Dios; y allá frente a Goliat, con una estrategia inusitada, la famosa honda, destruyó al enemigo del pueblo de Dios.
Ese David, que sale de en medio del pueblo y que se enfrenta con el enemigo y que lo vence, es una figura de Aquel que había de venir, es decir, Nuestro Señor Jesucristo. Así también Jesucristo, en medio de la noche, en medio de la dificultad, se adelanta como audaz guerrero y logra lo que nadie había logrado.
Nosotros tenemos gigantones, tenemos Goliats, unos Goliats adentro de nosotros: miedos, tentaciones, pecados que están ahí y que nos mantienen asustados, nos mantienen acobardados, nos mantienen humillados.
Goliat salía todas las mañanas, cuenta el Libro Sagrado, y gritaba: "¿Dónde está el Dios de ustedes?" (véase ); insultaba con altanería a Dios, decía todo lo que se le ocurría, profanaba con sus palabras la Palabra de Dios, y luego se devolvía con gran ostentación y con terrible orgullo.
Así también hay cosas en nuestra vida que nos humillan, son como ese Goliat que nos humilla, o como ese Faraón que humilla, ese Faraón que se cree dueño de vidas y haciendas, "bueno, los niños, mátenlos; las niñas, déjenlas con vida" (véase ); "ahora no les consigan la paja para hacer los adobes"; ahora que ellos vayan y busquen, pero tienen que produicir lo mismo" (véase ).
Se considera el dueño y oprime, y pone su pie sobre el cuello de Israel y oprime, y oprime, y humilla con altanería, y se ríe de Dios; ese es el Faraón, ese es Goliat.
Pero lo que nadie se había atrevido, se atreve este guerrero audaz. De pronto en una noche, una noche serena, una noche que no hacía presentir ninguna victoria, como cuando salió David tampoco se presentía una victoria, en una noche de esas, en medio de nuestra tinieblas, en medio de una penumbra, la Palabra de Dios sale delante y acaba con el enemigo; y eso es lo que nos ha contado la primera lectura.
"Llevaba como espada afilada tu orden terminante; se detuvo y lo llenó todo de muerte en el campamento egipcio" (véase ); " pisaba la tierra y pisaba el cielo" (véase ). ¡Qué belleza! Eso es lo que hace Dios en nosotros. Nosotros estamos como en medio de la noche, estamos como asustados; los pecados que se han mudado al alma de uno son ese Goliat y son ese Faraón.
¿Pecados de qué? De ingratitud, de melancolía, de impureza, de mentira, de codicia, de envidia. Esos pecados que están ahí y que le pisan a uno el cuello y lo humillan: "¿Dónde esta su Dios? ¿No dice que está muy consagrado? A ver, ¡haga algo!, ¡haga algo! Y todas las mañanas se ríen de uno, y patean, y levantan polvo, insultan, blasfeman y se largan. Hasta el día en que Jesús aparece, o, mejor, hasta la noche en que Jesús aparece.
"Una noche serena todo lo envolvía, y la Palabra como paladín inexorable, sale como un guerrero y acaba con el enemigo de uno. Y entonces uno experimenta lo que experimentaron los egipcios: "Nosotros vimos a los egipcios muertos" (véase ). ¡Qué impresión esa palabra que le dice Dios a Moisés!; poco antes del combate le dice: "Míralos, será la última vez que los veas" (véase ); ¡Qué victoria tan grande, qué victoria maravillosa! "Míralos, míralos, es la última vez que los vas a ver" (véase ).
Y así sale Dios con el poder de su Palabra y acaba con el enemigo de uno. Y uno dice: "Oiga, lo que yo no podía, Dios lo ha podido".