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Las lecturas de este domingo presentan ante nuestros ojos el tema de la riqueza. La primera lectura está tomada del capítulo séptimo del Libro de la Sabiduría; el Evangelio, tomado de San Marcos, nos presenta aquella escena tan conocida del joven rico que se acerca a Jesús y le dice: “¿Qué tengo que hacer para alcanzar vida eterna?” (Mc 10, 17), y cuando Jesús le propone que tome una decisión radical y que se disponga para seguirlo a Él, aquel joven prefiere su riqueza, pero con su riqueza se pierde a sí mismo; parece que ganó la riqueza, pero parece que perdió la vida (cf. Mc 10, 17-30). O sea, que siempre que hablamos de riqueza, hablamos de ganar y hablamos también de perder. ¿Qué ganamos? y ¿Qué perdemos?, es también una manera de plantear el Evangelio de hoy.

La verdad es que descubrir cuáles son las genuinas riquezas, descubrir cuáles son las que merecen el nombre de riquezas, es menos fácil, es menos sencillo de lo que uno cree. Sabemos en efecto que hay personas que más que tener cosas, son poseídos por sus cosas. De hecho, esa es la historia que encontramos en aquel joven rico que supuestamente tenía muchas cosas, pero lo que encontramos es que las cosas se habían adueñado de él, eran las cosas las que determinaban el rumbo de su vida.

¿Cómo tener cosas, sin ser poseído por las cosas?, es ahí donde necesitamos lo que nos cuenta la primera lectura, es ahí donde necesitamos sabiduría (cf. Sab 7, 7-11). La sabiduría nos muestra: qué tiene valor de instrumento o de medio, y qué tiene valor de fin. Santo Tomás de Aquino, al comienzo de la segunda parte de su “Suma Teológica”, estudia precisamente el tema de la riqueza, y nos dice que el dinero como tal, la riqueza material como tal, no es un fin, es un medio, porque el dinero tiene valor en la medida en que sirve para otra cosa más. Entonces dice Santo Tomás, que la verdadera felicidad no puede quedarse simplemente en el dinero, porque el dinero es un medio, no es un fin, pero para distinguir cuáles son los medios y cuáles son los fines, necesitamos auténtica sabiduría. Y por eso en la primera lectura, esa súplica de sabiduría, o mejor, ese testimonio sobre qué significa encontrar sabiduría.

El Evangelio, nos muestra otro aspecto: el conocimiento es importante porque nos da el discernir, pero el conocimiento, si no nos lleva al encuentro con Aquel que es la verdad misma, también es un conocimiento que se queda corto. Conocer es importante, pero todo depende de qué conozcas o a quién conozcas, y por eso la verdadera riqueza consiste en conocer a Aquel que es el sumo bien (así, no lo explica también Santo Tomás). Conocer es maravilloso, pero llegar a conocer a Aquel que es el sumo bien, al que mejor me ha amado, al que ha dado todo por mí, al que se ha entregado incluso a sí mismo, y se sigue entregando, especialmente en la Eucaristía; ahí está mi verdadera riqueza.

En síntesis, tres puntos:pPrimero, tener cuidado, no vaya a suceder que en vez de que nosotros poseamos las riquezas, las riquezas se adueñen de nosotros.

Segundo, discernimiento, y para eso necesitamos sabiduría. Las riquezas, y particularmente las riquezas materiales, tienen carácter de medio, no son un fin, son un medio, pero distinguir correctamente entre “medios” y “fines”, requiere sabiduría.

Por último, la sabiduría está bien, el conocimiento está bien, pero todo depende de a quién conocemos, y conocer a Aquel que es el sumo bien, y el que nos ha amado por encima y mejor que todos, esa sí es la verdadera bienaventuranza, ahí está la plenitud de nuestra vida.

Que el Señor nos lleve por el itinerario de sus mandamientos y de sus consejos; de sus inspiraciones y de su divina gracia, para encontrarle a Él, y en Él encontrar nuestra plenitud. Amén