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La Iglesia nos invita contemplar el misterio de Dios mismo, El Espíritu Santo trae a nuestra vida, no solo el conocimiento de quién es Dios, sino la experiencia de su vida en nosotros, eso es lo que nos recuerda la segunda lectura del día de hoy tomado del capítulo octavo de la carta a los Romanos, nos dice San Pablo que El Espíritu Santo orando en nosotros, nos permite llamar a Dios: Padre. No es solamente utilizar una palabra, es descubrirnos hijos suyos, es descubrir que su vida es también nuestra vida.


Cristo Jesús el hijo enviado por el Padre, nos ha contado también y nos ha mostrado a éste Padre Celestial, no debemos olvidar la conversación que Él tiene con uno de sus discípulos, con Felipe, en el contexto de la última cena, le dice Cristo a Felipe: “Hace tanto tiempo que estoy con vosotros, y todavía no me conocen, el que me ha visto a mí ha visto al Padre”.


En la vida, el rostro, palabras de Jesucristo, en la acción, unción, en la presencia del Espíritu, nosotros sabemos de Dios, nosotros hemos recibido noticia de quién es Él, hemos llegado a conocerle, hemos llegado a percibir y descubrir su vida en nosotros, esto es lo que celebramos en el domingo de la Santísima Trinidad.


No es un Dios lejano, que quede únicamente para los que son capaces de grandes especulaciones filosóficas, y unos nombres teológicos tal vez muy complicados, esto no es lo más importante de esta celebración.


Lo más importante y lo más bello es ver que, enviando a su hijo y regalándonos el don del Espíritu Santo, Papá Dios nos ha permitido conocerle, Dios ya no es un extraño para nosotros, la vida Divina no es algo alejado.


Los griegos tenían el Olimpo, donde tenían sus dioses, en lo lejos es algo distante. Aristóteles hablaba de Dios, como pensamiento que solo se puede pensar a sí mismo, porque sería indigno de Dios, tener un pensamiento distinto de Él, es especie de Dios encapsulado, atrapado en si mismo, no es nuestro Dios.


El Papa Francisco diría: “nuestro Dios, es un Dios en salida que se deja conocer, esta desnudo en la cruz, que se entrega con pureza y con generosidad, Dios no se regala a pedazos, Dios se concede completo en el Espíritu, esa certeza de la presencia divina, es la enseñanza más hermosa en la fiesta de la Santísima Trinidad.